El gran enredo

Capítulo 20

Ethan

El silencio de la madrugada en Vermont es una condena. No es un silencio pacífico; es el tipo de vacío que zumba en los oídos, recordándote todo lo que has dejado atrás. El taxi que contraté conduce por la ruta estatal, voy apretando mis manos con tanta fuerza que los nudillos me duelen. El labio me late al ritmo de mi corazón acelerado. Todavía puedo saborear la sangre, el ponche de frutas derramado y el miedo.

Pero, sobre todo, puedo sentir el calor del cuerpo de Valerie frente al mío.

He huido muchas veces. He hecho de la huida un arte, una carrera profesional. Cuando Thorne me puso precio a la cabeza por culpa de las mentiras de su hija, no lo dudé: empaqué mi vida en una bolsa de lona y me convertí en una sombra. Pero irme ahora, después de lo que pasó bajo ese árbol de Navidad, se siente diferente. No se siente como supervivencia. Se siente como un crimen.

—Eres un cobarde, Harrison —me digo en voz alta, y mi voz suena extraña—. Un maldito cobarde.

El hombre me mira por un momento, pero no dice nada, sigue su vista en la carretera.

Ella me defendió.

Una mujer embarazada, una mujer a la que le han mentido, a la que sus amigas han dado de lado, se puso entre un arma blanca y yo.

En lugar de sostenerla cuando el peligro pasó, esperé a que el reloj marcara la medianoche para desaparecer como un fantasma. Porque tengo miedo. No de Tank, ni de Thorne, ni de la cárcel. Tengo miedo de lo que sentí cuando ella me miró a los ojos después de golpear a ese gigante con un reno de cerámica.

Me he enamorado de Valerie. Me gusta demasiado.

Y eso, para un hombre que no tiene nada que ofrecer, es la sentencia de muerte definitiva.

Antes de llegar al aeropuerto de Burlington, veo las luces azules y rojas parpadeando frente a la pequeña estación de policía del condado. Tuve que pedirle a taxista que me trajera. Sé que Tank está ahí. Sé que la policía de Vermont es eficiente y que no dejarán salir a un tipo que montó un espectáculo de gladiadores en un resort de lujo en plena velada.

El hombre se estaciona sin preguntar, le pido que me espere unos minutos.

Entro en la comisaría. El ambiente huele a café recalentado y a productos de limpieza baratos. Los oficiales están ocupados con los borrachos de las fiestas navideñas, pero cuando menciono el incidente del hotel, un sargento me conduce a una sala lateral. A través del cristal reforzado, lo veo. Tank está sentado, todavía con la chaqueta manchada de sangre (mi sangre), luciendo extrañamente pequeño bajo la luz fluorescente. Ya no es la montaña de músculo invencible; es solo un peón que ha perdido su reina.

Pido hablar con él. El oficial asiente, advirtiéndome que la conversación será grabada.

Entro y me siento frente a él. Tank levanta la vista. Tiene un hematoma violento en el hombro, cortesía de Valerie. Me dan ganas de sonreír, pero el dolor en mi labio me lo impide.

—¿Has venido a burlarte, Harrison? —gruñe. Su voz es una lija.

—No. He venido a terminar esto —respondo. Saco mi teléfono. Busco el contacto de Thorne. Mi dedo tiembla sobre la pantalla. Durante semanas, este número fue el símbolo de mi fin. Hoy, será mi liberación.

Marco. Pongo el altavoz. El sonido del tono de llamada llena la sala, pesado como el plomo.

—¿Harrison? —La voz de Thorne llega con una nitidez aterradora. Es una voz que rezuma poder, acostumbrada a que el mundo se doblegue ante sus deseos.

—Sí, Thorne —digo, manteniendo la voz firme—. Soy Ethan Harrison.

Hay un silencio al otro lado. Me imagino a Thorne en su oficina de Nueva York, rodeado de caoba y arrogancia, frunciendo el ceño ante el teléfono.

—Harrison —dice, y su tono baja una octava, volviéndose peligroso—. Tienes mucha audacia llamándome después de lo que le hiciste a mi hija. Tank está ahí para recordarte que nadie se burla de mi apellido.

—Tank está esposado en una celda de Vermont —le corto—. Y va a ir a prisión por intento de asesinato y agresión agravada. Pero eso no es lo importante, Thorne. Lo importante es que usted sabe la verdad. Lo supe en el momento en que Valerie —mi voz se suaviza al decir su nombre— mencionó a Larissa frente a toda esa gente. Ella tiene razón, ¿verdad? Larissa se lo confesó.

El silencio se prolonga. Puedo escuchar el tic-tac de un reloj al otro lado. O quizás sea el pulso de Thorne.

—Ella se quebró esta noche —admite Thorne finalmente, y por primera vez en mi vida, escucho una grieta en su armadura—. Cuando vio las noticias del caos en el hotel y supo que Tank había sido arrestado, se asustó. Me confesó que tú nunca la tocaste. Que la rechazaste... y que ella inventó la historia del acoso para castigarte por no querer estar con ella.

Cierro los ojos. Una oleada de alivio me recorre, tan intensa que me marea. No era solo mi imaginación. Yo tenía razón.

—Casi me destruye la vida por un capricho —digo, sintiendo una furia fría—. Y usted envió a un matón a perseguirme por medio país.

—Eres un buen empleado, Harrison. O lo eras. Tenías potencial. Pero ahora eres un problema de relaciones públicas —Thorne suspira, un sonido cargado de un orgullo herido—. No habrá más persecuciones. No me interesa gastar un centavo más en ti. Pero no creas que esto termina en paz. Estás despedido, por supuesto. Tu nombre está manchado en esta empresa. Si vuelves a Nueva York...




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