Ethan
El caos tiene un sonido muy específico, y suele empezar a las seis de la mañana. Es una mezcla de balbuceos entusiastas, el roce de unos calcetines pequeños contra la alfombra y el suspiro derrotado de Valerie cuando se da cuenta de que hoy tampoco vamos a dormir hasta tarde.
Ha pasado dos años desde aquella carrera desesperada por la nieve de Vermont. Hoy, el paisaje es el mismo —blanco, gélido y silencioso afuera—, pero mi vida es irreconocible. Ya no llevo una bolsa de lona lista para desaparecer; ahora llevo un portabebés ergonómico que todavía no sé ajustar bien y una bolsa de pañales que parece contener suministros para una guerra nuclear.
Miro a la pequeña Aurora, que descansa en mis brazos mientras trato de terminar de decorar el árbol de Navidad en nuestra nueva casa. Tiene los ojos de Valerie, esa chispa de desafío que me dice que mi vida nunca volverá a ser aburrida.
—Ethan, si pones esa esfera de cristal tan abajo, Aurora la va a pulverizar en menos de tres segundos —la voz de Valerie llega desde la cocina, acompañada del aroma a canela y chocolate caliente.
Me giro y la veo. Está despeinada, lleva uno de mis suéteres de lana que le queda tres tallas grandes y tiene una mancha de puré de manzana en el hombro. Nunca me ha parecido más hermosa. Vivir con ella es una montaña rusa de intensidades: es terca, organiza su agenda como si fuera a invadir un país y todavía intenta “gestionar” mis horarios, pero ahora lo hace con un beso antes de salir hacia la oficina.
Hay una carpeta en el cajón inferior del escritorio de Valerie, una de color gris neutro que desentona con sus carpetas de colores brillantes y etiquetas de “Prioridad Absoluta”. En esa carpeta descansa el acta de renuncia de patria potestad y un acuerdo de confidencialidad con tantas cláusulas que harían llorar a un abogado de la ONU. Es el rastro documental de cómo Rodrigo pasó de ser una amenaza a ser, simplemente, un fantasma.
La gente cree que los villanos desaparecen con una explosión. En el mundo de Valerie, los villanos desaparecen con una demanda de patria de potestad y una orden de alejamiento tan sólida como el granito de Vermont.
Recuerdo el día que Rodrigo intentó su último movimiento. Fue un mes antes del nacimiento de Aurora. Apareció en la oficina de Valerie, oliendo a un perfume caro que no podía permitirse y con esa sonrisa de “pobre de mí” que solía funcionar con Valerie. Intentó hablar de “derechos”, de “segundas oportunidades” y de cómo el estrés le había hecho cometer errores.
No llegó a pasar de la recepción.
Todo eso me lo contó Val junto a su amiga al llegar a casa esa noche.
Valerie no tuvo que decir ni una palabra. Olivia, que casualmente estaba allí para una auditoría, salió de su despacho como una deidad antigua sedienta de sangre. Se puso las gafas en la punta de la nariz, miró a Rodrigo como si fuera una mancha de grasa en una alfombra de seda y le entregó un sobre.
—Aquí tienes dos opciones, Rodrigo —le dijo Olivia con una voz tan fría que juraría que el aire acondicionado bajó dos grados—. Puedes firmar este documento donde renuncias a cualquier vínculo legal con el hijo de Valerie. O puedes intentar ir a juicio.
Rodrigo intentó balbucear algo sobre el honor. Olivia ni siquiera parpadeó.
—Si eliges el juicio —continuó ella—, me encargaré personalmente de que cada inversor, cada socio y cada contacto que hayas tenido en tu mediocre carrera sepa que eres un fraude. Te demandaremos por daños psicológicos, por incumplimiento de paternidad y, si me levanto de mal humor, por el simple hecho de existir en mi campo visual, te pondremos una orden de alejamiento. No te quedará ni para pagar el autobús de vuelta a casa con la manutención que pediremos.
Valerie salió entonces de su oficina con el rostro radiante, su barriga de ocho meses, y una mirada de puro acero. Dijo que miró a Rodrigo, el hombre por el que casi pierde su cordura, y no lo vio con odio. Vio algo mucho peor para el ego de un hombre como él: indiferencia.
—Firma, Rodrigo —dijo Valerie con calma—. Haz algo útil por una vez en tu vida y lárgate.
Él firmó. Su mano temblaba un poco mientras garabateaba su nombre en el papel que lo borraba de nuestra historia. Salió del edificio sin mirar atrás.
Desde entonces, su nombre es un tabú que no necesitamos mencionar. No por miedo, sino porque no tiene espacio en nuestra sala de estar. Aurora no sabe quién es él. Para ella, el concepto de “padre” empieza y termina conmigo: el hombre que le cambia los pañales, el que le canta canciones de rock de los noventa para que se duerma y el que la sostiene cuando tiene fiebre.
Rodrigo es una nota al pie de página en un contrato que ya expiró. Nosotros, en cambio, somos el texto principal, escrito en negrita y con tinta permanente.
El nacimiento de Aurora en junio fue el momento más aterrador y real de mi existencia. Recuerdo a Valerie gritándome en tres idiomas diferentes durante las contracciones mientras yo le juraba que todo saldría bien, aunque por dentro estaba tan pálido como las sábanas del hospital. Cuando finalmente la sostuve, entendí que todos los años que pasé huyendo eran solo un prólogo para este momento.
La puerta de nuestra casa se abre de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado y el estruendo de “Las Guerreras”.