El gran enredo

Capítulo final

Valerie

El frío de Vermont me quema los pulmones, pero se siente extrañamente purificador. Miro a través del cristal empañado de la recepción del hotel. Hace apenas unas horas, el caos era absoluto: sirenas de la policía estatal rompiendo el silencio del bosque, luces azules y rojas rebotando contra los pinos, y el rostro de Tank, ese hombre que tanto nos persiguió y hasta me envió al hospital, fue un alivio ver como era presionado para ponerle esposas. Se acabó. El peligro físico se ha disipado, dejando tras de sí un silencio mucho más pesado: el de las consecuencias.

Ethan tuvo la oportunidad de desaparecer y empezar de nuevo, lejos de los acuerdos de una mujer loca embarazada, la que lo arrastró a este pantano de mentiras.

Mis amigas están a mi lado. El juicio ha terminado. Luego de todo lo que ocurrió en la noche, esta mañana llegaron a mi habitación, no podían dejar para otro día la conversación que nos debíamos. Me sorprendió verlas en la puerta, mirándome con reticencia, pero con amor. Saben que algo va más allá de toda esta farsa.

Les cuento cada detalle de lo sucedido, de cómo Rodrigo me falló, el cómo conocí a Ethan y cómo me sentía al ocultarles la verdad.

—Tengo que decirles algo —suelto, sin mirar a Olivia, dirigiéndome directamente a Hollie y Jenni—. No fue solo el miedo a Rodrigo. Fue mi incapacidad de ser vulnerable ante ustedes. Ethan no es un error de cálculo; es el espejo donde vi lo rota que estaba mi vida. Y no quiero que se vaya.

Hollie suspira, ajustándose la bufanda. Su mirada ya no tiene el filo de hace unas horas. Jenni, con los ojos todavía rojos, me toma de la mano.

—Val, nos mentiste de la forma más cruel —dice Jenni con suavidad—. Pero verte anoche, defendiéndolo ante la policía y ante ese hombre gigante, sin importarte tu estado... esa es la Valerie que extrañábamos. La que no tiene un guion.

Olivia, la arquitecta de nuestro orden, da un paso al frente. Nos observa a cada una.

—Es una irresponsabilidad absoluta —declara con su tono legal, pero hay una grieta en su armadura—. Quedarte con un hombre que conociste por un acuerdo de avión, que está huyendo y cuya vida es un misterio... es el movimiento más estúpido que podrías hacer, Valerie.

Hace una pausa y, por primera vez en años, me sonríe de verdad.

—Pero supongo que así es como se ve el amor de verdad cuando dejas de intentar controlarlo. Si esto es lo que quieres, las Guerreras no te van a dejar sola. Entendemos la situación, nos decepciona un poco, así que por favor no nos vuelvas a mentir.

Incluso los maridos de mis amigas que saben todo lo que sus esposas les comentaron, han intervenido a la habitación y me han dado un abrazo. Diciendo que el Rodrigo del retiro era más genial que el verdadero que pudieron conocer. Mark fue uno de los secundó lo dicho por Leonard, él y Ethan tuvieron una buena comunicación en todos estos días, por lo que le duele saber que se ha ido.

—¿Sabes por qué se fue? —inquiere Jenni.

Niego con mi cabeza, hundiendo mis hombros.

—No lo sé... Quizás está abrumado de todo...

Suelto un suspiro.

—Quizás se cansó de mí.

—Si es así, es tremendo idiota —dice Olivia, meneando su cabeza.

Sabía que las Guerreras lo entenderían, que me apoyarían a pesar de todo. Saben que mis hormonas están al mil, que he tomado malas decisiones y he mentido, pero al final, somos una hermandad y estoy agradecida de tenerlas en mi vida.

*

La víspera de Año Nuevo ha llegado. Estamos en una pequeña cabaña alquilada a pocos kilómetros del hotel, una decisión de último minuto de las chicas para no terminar el año en ese resort asfixiante y lleno de lío. Hay champán, hay música suave y hay un fuego crepitando en la chimenea. Pero hay un vacío en mi costado que me duele más que cualquier desplante de Rodrigo.

Ethan no está aquí.

Más temprano, Jenni me entregó las fotografías tipo polaroid que nos había tomado durante el retiro. Cada una refleja una relación que comenzó siendo falsa, pero que al transcurrir de los días, fueron apareciendo sentimientos el uno por el otro.

—Luces feliz en cada una de ellas, Val —me dijo Jenni cuando me las entregó.

—Lo era... Él me hacía feliz, a su manera, lo hacía —le dije sonriendo.

Salgo al porche, tomando un poco de fresco. Miro las fotografías guardas en mi abrigo. El reloj de mi teléfono marca que faltan cinco minutos para ser medianoche. El mundo está en silencio, cubierto por una capa de nieve que brilla bajo la luna. Suspiro, acariciando mi vientre.

«Solo somos nosotros, bebé», susurro. «Pero vamos a estar bien».

De repente, un ruido rompe la paz. Un crujido de ramas, el sonido de alguien corriendo con dificultad.

A lo lejos, entre los árboles que rodean la cabaña, veo una figura oscura. Viene corriendo, tropezando con las raíces ocultas por la nieve.

Es Ethan.

No lleva el porte elegante del “novio perfecto” que fingía ser como el papel de Rodrigo; se ve desesperado. Se ve tan Ethan Harrison.




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