Era un despacho inmenso, una estancia que exhalaba un poder antiguo y opresivo. Cayetana y el niño entraron, obedeciendo una orden dada con una autoridad tan absoluta que no admitía réplica. Ella era consciente del mobiliario de diseño, imponente y de líneas agresivas, pero su atención estaba clavada en la figura sentada tras el escritorio de nogal macizo, situado frente a un gran ventanal cuyas pesadas cortinas de terciopelo filtraban la luz de Valencia, dándole a la habitación un aire sepulcral.
Hugo le apretaba la mano con fuerza. Cayetana sintió una oleada de compasión electrizante por él; todo esto resultaba violento para un niño que solo conocía la calma del pueblo. Tuvo el impulso impulsivo de rodearlo con sus brazos y gritarle a aquel hombre, a ese "Jefe", que ni ella ni Hugo habían elegido estar allí; ambos eran víctimas de las pasiones perversas de otros.
La alfombra de seda amortiguaba sus pasos mientras se acercaban al escritorio. Rodrigo estaba sentado de perfil, recortado contra la luz del ventanal. Cayetana se fijó en su perfil aguileño, las cejas densas y oscuras, y el mechón de cabello negro azabache que caía sobre su sien. Irradiaba la misma arrogancia letal que Vicente, una belleza peligrosa... hasta que él giró lentamente la silla.
Cayetana se quedó sin aliento. El otro lado de su rostro estaba marcado, devorado por cicatrices que solo el fuego podía haber dejado.
Él la sostuvo la mirada, leyendo con una precisión cruel la sorpresa y el estremecimiento en las facciones de ella. Sus labios se curvaron en un gesto mínimo antes de ponerse de pie. Rodrigo era la definición de una elegancia sombría; su cuerpo era fibroso, destilando una personalidad arrolladora y oscura. Parecía un Mefistófeles moderno, con una cualidad hipnótica en esos ojos de halcón que la escrutaban desde aquel rostro diabólico y castigado.
Sin dejar de observarla, abrió una caja de madera antigua y extrajo un puro con movimientos lentos y deliberados. Sus manos eran largas, de una belleza masculina que debía de haber sido devastadora antes de que el fuego marcara su piel.
Mientras sus dedos de la mano derecha jugueteaban con el puro, la izquierda se desplazó hacia un timbre sobre el escritorio. Cayetana sintió cómo sus nervios vibraban bajo la piel, pero se obligó a mantenerse firme. No era una mujer débil que fuera a dejarse intimidar por aquel heredero de una estirpe implacable, por muy marcado que estuviera su rostro.
—No hace falta que llame a nadie para que me eche de aquí, señor Falcón —dijo ella, satisfecha al notar que su voz sonaba estable y gélida—. Hugo y yo no hemos venido a mendigar, ni mi intención es suplicar que lo reconozcan como un miembro de su clan. Solo estoy aquí para que lo vean y juzguen ustedes mismos si es hijo de Vicente... aunque yo no sea la esposa legítima de su hermano. El matrimonio se celebró y tengo los documentos que lo acreditan.
—Mi querida señora —la voz de Rodrigo era de una suavidad peligrosa, casi aterciopelada—. ¿De qué demonios está hablando? Invade mi propiedad privada y me habla en acertijos. ¿Quién es usted exactamente?
—Soy la mujer con la que su hermano se casó en La Mancha —respondió Cayetana, con los ojos encendidos por una cólera contenida—. Usted sabe perfectamente quién soy. Y puede ver, sin asomo de duda, que mi hijo es el vivo retrato de su hermano.
Aquellos ojos de halcón se clavaron en Hugo. El niño le sostuvo la mirada a esa figura imponente, sin un rastro de miedo, tal como Cayetana le había enseñado a enfrentar el mundo.
—Se sabe de niños que han gritado de terror al verme —una pequeña sonrisa, tensa y marcada por las cicatrices, asomó en sus labios—. Pero debo admitir que es la viva imagen de Vicente. Parece tener su misma desfachatez. ¿No te asusto, pequeño?
—Es usted muy alto —soltó Hugo con naturalidad—. ¿Se va a fumar esa cosa dorada?
Cayetana observaba a Rodrigo con una atención eléctrica. Sintió una punzada extraña, un vuelco en el pecho, cuando él arqueó una ceja hacia el niño, pareciendo por un breve segundo desarmado, sin saber qué responder. Después, bajó la vista hacia el puro entre sus dedos y retiró el papel dorado con parsimonia.
—Nada es lo que parece, pequeño —le dijo con esa voz singular y magnética; a pesar del marcado acento, su dominio del lenguaje era perfecto—. En un momento algo puede parecer magia, y al siguiente es solo un puro.
Rascó una cerilla. Al encenderlo, la llama bailó cerca de su rostro, provocando que un escalofrío recorriera la columna de Cayetana. Sí, había sido el fuego lo que había devastado aquellas facciones que una vez fueron magníficas. Por alguna razón oscura y personal, ese hombre jamás había permitido que el bisturí de un cirujano tocara su piel. Prefería exhibir sus cicatrices, y Cayetana no podía evitar preguntarse por qué.
En el preciso instante en que él exhalaba una densa nube de humo, la puerta de aquel despacho cargado de tensión se abrió. Una joven de unos dieciséis años entró en la estancia, deteniéndose al ver a los extraños. Se acercó a Rodrigo con una timidez que rozaba la reverencia.
—Ahí estás, —dijo él, dirigiendo su mirada hacia Cayetana—. Esta es mi hija, Flavia. Ella se encargará del niño mientras nosotros discutimos los detalles de su... inesperada visita. Flavia, lleva al chico al huerto y recoged algunos melocotones; buscad los más maduros. Comedlos en la gruta, allí corre el aire y podrá ver los peces del estanque.
—Sí, papá —la joven sonrió y extendió su mano hacia Hugo, pero el niño buscó la aprobación de Cayetana con la mirada.