El Heredero del Diablo

Capítulo 4

El techo era una obra maestra de la decadencia: una moldura imponente donde Apolo perseguía a Dafne entre laureles de escayola. En los postes de la cama, tallados en madera oscura, unas serpientes se enroscaban con un realismo inquietante, sosteniendo pesadas cortinas de seda que parecían absorber la luz. La suite constaba de dos estancias comunicadas por un arco de piedra blanca. Los armarios estaban incrustados con cobre y nácar, y en el tocador de Cayetana, una colección de frascos de cristal italiano y cuencos de porcelana se reflejaban en un espejo tan colosal como un escudo de guerra romano.

Hugo estaba fascinado por los escalones en forma de media luna que daban acceso a la enorme cama de Cayetana. Se entretenía subiendo y bajando a la pata coja, deslizando sus dedos pegajosos de fruta por las tallas de los postes.

—Serpientes y bellotas —murmuraba el niño, ensimismado—, tulipanes y setas.

Gena observaba la escena con una sonrisa lánguida mientras se recostaba en una mecedora de mimbre, con un cigarrillo humeante entre los dedos.

—Debe ser increíble ser un crío y que todo te importe un bledo —dijo Gena, soltando una nube de humo—. No valoramos esa perfección hasta que somos demasiado viejos para resetear nuestra vida. ¿Te gustaría poder empezar de cero, Cayetana? ¿Que las cosas no fueran tan jodidamente complicadas para ti?

—A quién no —respondió ella, pasándose la servilleta por los labios. Se sentía mucho más entera tras el café cargado y los bocados de jamón ibérico que les habían servido—. Creo que todo el mundo tiene un momento en su pasado al que desearía volver para corregir errores. Borrar las cicatrices antes de que se formen.

—Supongo —Gena se inclinó hacia delante, bajando la voz a un tono confidencial—, que habrías evitado a mi hermano si pudieras borrar los últimos seis años de tu vida.

—Sí —Cayetana miró a Hugo, que ahora se acurrucaba en la cama abrazando a su viejo muñeco de madera que habían sacado de la maleta—. Pero entonces no tendría a mi hijo. No tendría nada que valiera la pena.

—Esa es la trampa, ¿verdad? —Gena sonrió con una ironía amarga—. Si borramos los desastres, perdemos los pocos momentos de gloria que logramos arañar por el camino. Por cierto, si notas que mi forma de hablar es algo directa o "americanizada", es porque viví en Nueva York unos años. Canté en un grupo. Solo en el coro, pero fue salvaje. Cuando Rodrigo tuvo su... accidente, volví a la isla para hacerle compañía y encargarme de que este lugar no se desmoronara.

Gena clavó sus ojos de topacio en Cayetana, dejando claro que, aunque parecía la aliada amable, ella también era una Falcón de pura cepa. Evitaba la palabra "accidente" como si fuera una mina activa; siempre había un titubeo cargado de tensión antes de soltarla. Cayetana moría por preguntar qué había pasado exactamente con aquel incendio, pero Gena ya estaba en otro lugar, sacudiendo la ceniza de su cigarrillo con la mirada perdida.

—No me malinterpretes. No me arrepiento de haber vuelto. Mi voz era buena, pero no lo suficiente para los papeles principales; nunca llegué a esas notas imposibles. El tema es que Rodrigo... él nunca se casará. Y cuando recuerdo lo increíblemente atractivo que era... Querida, podía tener a la mujer que quisiera con solo chasquear los dedos. Adoptó a Flavia, y aunque la niña es un ángel, está obsesionada con volver al convento para tomar los hábitos. Rodrigo la dejará ir, por supuesto. Pero, ¡por Dios! ¡Ser monja! Yo no aguantaría ni una hora.

Gena sonrió y cruzó sus piernas largas y esbeltas, con una elegancia que gritaba libertad.

—Sí, me lo pasé de miedo en Estados Unidos. He tenido amantes, Cayetana. Muchos. ¿Te asusta mi confesión?

—Soy la última persona en este mundo que podría juzgar a nadie —respondió ella con una sonrisa triste. No le extrañaba que una mujer como Gena, con esa boca generosa y esos ojos eléctricos, hubiera disfrutado de la vida. Lo que le intrigaba era su soltería... ¿Era lealtad hacia su hermano? ¿Se negaba a dejarlo solo en su oscuridad?

—¿Por qué Vicente? —Gena entrecerró los ojos, observándola a través de la neblina del humo—. ¿Por qué dejar que te dejara un hijo?

—Pasó... —Cayetana sostuvo la gran mentira. Había quemado sus naves y tenía que convencer a todo el mundo si quería que Hugo tuviera un futuro. Sabía que si Rodrigo descubría que ni siquiera había vivido con su hermano, y mucho menos parido a esa pequeña réplica de los Falcón, los lanzaría al mar sin parpadear. Ese hombre era una muralla de hierro ante el dolor ajeno.

—Vicente era un auténtico desastre —admitió Gena—. Pero los Falcón somos tercos de nacimiento. Dime, ¿qué se siente al ser madre y no tener al hombre al lado para ver cómo crece vuestro hijo?

—Sientes un miedo constante —respondió Cayetana. Y una desesperación absoluta cuando el niño ni siquiera es tuyo, pensó para sus adentros.

—¿Estabas muy colgada de él? —Gena la escaneaba, buscando una grieta en su relato.

—Al principio... supongo que era el hombre de mis sueños. Era joven, ingenua, y me dejé deslumbrar por su fachada y su encanto barato.

—Sí, sabía perfectamente cómo volver idiotas a las mujeres. ¿Sabías lo de Bedelía antes de presentarte aquí?

—¡Claro que no! Si hubiera sabido que yo era "la otra", que no había nada legal... jamás habría venido. Me engañó para que me casara con él.

—¿Y por qué no habrías de venir? —Gena se encogió de hombros con pragmatismo—. Vicente te dejó un hijo y Rodrigo tiene dinero de sobra para que no os falte de nada. Deberías haber aparecido cuando Hugo era un bebé. Debe de haber sido un infierno salir adelante tú sola.

—Tu hermano me dio a entender que vuestra madre nunca nos habría aceptado.

—Quizá no para vivir bajo el mismo techo —concedió Gena—, pero Rodrigo os habría pasado una pensión. Él es un animal complicado, pero no deja morir de hambre a los suyos.




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