—Ya está todo arreglado.
Sus ojos la diseccionaban, vacíos de cualquier emoción que pudiera delatar un sentimiento íntimo. Para él era una transacción, un intercambio de activos, y Cayetana no pudo evitar pensar en lo temibles y fascinantes que serían los días por venir. Ayer era una mujer sin recursos, asfixiada por la responsabilidad de un niño; ahora era la prometida de un hombre cuya riqueza solo era igualada por su oscuridad. Un matrimonio de conveniencia, sellado en una torre de halcones.
—Ven, vamos a buscar a Hugo. Debemos darle la noticia antes de que alguien tenga la oportunidad de envenenar su mente con ideas equivocadas.
—¿Bedelía? —preguntó ella. Pronunciar ese nombre era como sentir el rastro viscoso de una víbora deslizándose desde la sombra hacia el sol—. ¡Si se atreve a tocar a mi hijo, juro que no la dejaré viva!
Rodrigo se detuvo en seco. Sus ojos, convertidos en cuchillos dorados, examinaron el rostro encendido de Cayetana.
—Cuánta pasión destilas... Eres tan fiera como una sabina defendiendo a su estirpe. Por eso los soldados romanos las raptaban: eran violentas, fieles y no estaban corrompidas por la decadencia de la vida fácil. Elegiste un buen nombre para el chico... ha heredado tu carácter.
Cayetana sintió un vuelco violento en el corazón, un temor gélido que le cerró la garganta. ¿Qué haría aquel hombre si descubriera que su futura esposa era una mentirosa? La tensión erótica de hace un momento se transformó en un pánico sordo bajo la piel.
Caminaron por la ancha terraza hacia la casa de los limones. Él abrió la puerta y llamó a Flavia; el eco de su voz rebotó en las paredes de cristal mientras la esencia cítrica, densa y casi narcótica, envolvía a Cayetana. Bajaron los escalones hacia el corazón del jardín, un laberinto de arbustos, petunias blancas y geranios de un rojo escarlata que recordaba a la sangre. Racimos de alcanfor goteaban bajo el sol ardiente, y en los declives, las rosas y azucenas luchaban por el espacio. Altos jarrones de piedra custodiaban senderos flanqueados por cipreses, cuyas ramas se retorcían en formas intrincadas y caprichosas. Entraron en un patio protegido por muros de piedra con nichos que albergaban estatuas de dioses olvidados. En el centro, un estanque rodeado por un barandal de hierro forjado. Allí estaba Flavia, sentada en los escalones absorta en un libro, mientras Hugo se inclinaba peligrosamente sobre el agua, intentando rozar a los peces con la punta de los dedos.
Rodrigo se detuvo y apresó el brazo de Cayetana. Permanecieron así, unidos por un pacto de sombras, observando a los niños que, a partir de ese instante, se convertían en los herederos de su oscuro linaje.
—Es una niña preciosa, ¿no crees? —le murmuró, su voz descendiendo a un matiz de vulnerabilidad que ella no esperaba. Sus ojos se posaron en Flavia, cuyo cabello oscuro captaba destellos de obsidiana bajo el sol—. Desea hacerse Hermana de la Caridad. Te confieso que me desgarra la idea de que elija una vida tan sacrificada. Sin embargo, si se lo prohíbo, me sentiré como un bárbaro truncando una vocación pura. Es un dilema amargo. ¿Qué debo hacer Cayetana?
El sonido de su nombre en labios de aquel hombre la dejó sin aliento. Pronunciado por él, Cayetana sonaba como una invocación antigua, cargada de una posesividad oscura que le erizó la piel. Le asombró que aquel gigante de orgullo le pidiera consejo, pero comprendía su desconcierto: era casi antinatural que una joven de dieciséis años prefiriera el cilicio y el silencio a los sueños de fuego y romance propios de su edad.
—¿Por qué no proponerle un pacto? —sugirió ella, intentando que su voz no delatara el temblor de sus nervios—. Dígale que si al cumplir los diecisiete su llama sigue viva, usted cederá. Esta mañana me habló de ese "llamado", y si en un año persiste, sería una crueldad disuadirla. Después de todo... —hizo una pausa, clavando el dardo con suavidad—, usted mismo no tiene al matrimonio en muy alta estima, ¿cierto?
De nuevo, aquellos ojos dorados se hundieron en los de ella. Eran sables fríos, despojados de cualquier rastro de ternura, que parecían querer desollarle el alma para buscar la mentira que ella ocultaba. Cayetana sintió una necesidad física de retroceder. ¿Cómo iba a compartir su vida con este extraño imprevisible? ¿Cómo podría dormir bajo el mismo techo que un hombre que irradiaba una autoridad tan aplastante?
—¿Tan terrible le parece el panorama? —le soltó él, detectando su vacilación—. ¿Considera que casarse conmigo será un infierno en la tierra? Puede ser franca. Mi piel ya ha ardido antes; sus palabras no me ofenderán.
Se acercó un paso más, lo suficiente para que el calor de su cuerpo volviera a desafiar la frialdad de su mirada. La tensión entre ambos se volvió espesa, una cuerda tensada al máximo entre el deber y una atracción oscura que ninguno se atrevía a nombrar.
—Creo que para ti el matrimonio será como un duelo —le respondió ella, sosteniéndole la mirada con una valentía que le nacía de las entrañas—. Como empuñar un espadín con el que darás golpecitos a tu mujer, sin que te importe demasiado si la punta llega a rasgar la piel.
—¿Sólo unos golpecitos? —la voz de él se volvió un susurro peligroso, cargado de una electricidad oscura—. ¿Crees que podrías soportarlo?
—Hasta cierto punto —contestó ella, irguiéndose—. Tengo sentimientos y también tengo genio, senyor. No espere que me quede de brazos cruzados si decide herirme; devolveré cada golpe.
—¡Oh, las mujeres siempre devuelven los golpes! —asintió él, con un tono agrio y una mueca que tensó sus cicatrices—. No son esas criaturas indefensas ni los ángeles encantadores que pretenden ser. Como he dicho, incluso Flavia tiene el poder de hacerme sentir como un bruto. Pero haré lo que dices; te concederé un voto de confianza a tu sentido común, sólo por ese niño.
Él señaló hacia el estanque con un gesto de la barbilla.