El Heredero del Diablo

Capítulo 9

¡Ni uno solo!

Se bañó con lentitud, tratando de lavar la tensión de sus músculos, y eligió su armadura para la noche: una falda larga de terciopelo color miel oscura y una blusa de satén champaña que se adhería a su piel como una caricia. Se adornó con una cruz gótica de amatistas y recogió su cabello en un moño bajo, acentuando la vulnerabilidad de su cuello. Al verse tan pálida en el espejo, se aplicó un rojo intenso en los labios para fingir una seguridad que no sentía.

Mientras bajaba la gran escalinata, se detuvo un instante ante los retratos de los antepasados Falcón; aquellos hombres de facciones dramáticas y ojos ardientes parecían tiranos o libertinos capaces de raptar a la mujer de otro en mitad de la noche.

Llegó al comedor con la mano asiendo con fuerza la falda de su vestido. Allí estaba él, recortado contra las pesadas cortinas escarlatas que caían hasta el suelo. Llevaba un esmoquin de corte impecable y una camisa de seda blanca que acentuaba la potencia de sus hombros. Rodrigo le daba la espalda, observando la oscuridad tras el ventanal, pero Cayetana sintió su presencia como un golpe físico en el estómago.

—Buenas noches. Qué placer encontrar a una mujer puntual. ¿Deseas un jerez o prefieres un cóctel?

—Un... jerez está bien.

Cayetana lo observó cruzar la alfombra hacia el gabinete tallado. Allí, sobre una bandeja de plata, relucían licoreras de un cristal tan fino que parecía palpitar. Estar a solas con él, tras la humillante escena del vestíbulo, la hacía sentirse torpe, casi desnuda. Buscó refugio visual en el techo ricamente decorado y en las pesadas arañas que colgaban de cadenas doradas, pero el aura de Rodrigo llenaba cada rincón del salón.

Él regresó en silencio, entregándole el vino. La miraba por encima del borde de su propia copa, y Cayetana juraría haber visto una chispa burlona en sus ojos dorados, como si estuviera paladeando el recuerdo de verla arrojarle las flores a Bedelía.

—No... no puedo casarme contigo —soltó ella de repente. La frase, que llevaba horas quemándole la garganta, salió como un grito sofocado—. Es imposible y ambos lo sabemos. Hugo y yo nos quedaremos si así lo deseas, pero no puedo ser tu esposa.

—Es una lástima, pero eso no cambia nada —respondió él sin inmutarse—. En el fondo de tu corazón, sabes que mientes. Has vivido y trabajado solo por ese chico, ¿y ahora vas a rechazar el imperio que le ofrezco simplemente porque estás resentida conmigo? ¿Por qué no te di la razón frente a Bedelía? ¡Mírame y admítelo!

—Estás demasiado seguro de ti mismo —replicó ella, herida en su orgullo—. Tienes dinero, poder y estás acostumbrado a que el mundo se doblegue. Me ofreces algo que desearía no aceptar. ¿Crees que podría soportar tu cercanía si no fuera por Hugo?

—¿Y tú crees que yo te pediría que te casaras conmigo si no fuera por él? —La voz de Rodrigo bajó de tono, volviéndose suave y fría como el acero—. No habrá más vacilaciones. Mis abogados ya están redactando los documentos legales. Y yo... yo ya he buscado entre las joyas de la familia el anillo apropiado para mi esposa.

Dejó la copa sobre una mesa y se acercó a ella. Su presencia era una muralla de calor y peligro. Antes de que Cayetana pudiera reaccionar, él apresó su mano izquierda con una firmeza que la dejó hipnotizada. Deslizó un aro de oro en su dedo anular: una hilera de piedras color rojo sangre que, bajo la luz de las arañas, destellaron con el lustre violento de los rubíes auténticos.

—Tienes la mano muy fría —murmuró él, sin soltarla, mientras estudiaba el contraste de las gemas contra su piel—. Pero los rubíes se ven tibios. Hacen un juego perfecto con tus labios.

Sus ojos bajaron a la boca de Cayetana, y ella sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje contra las costillas. Rodrigo hizo una mueca cargada de ironía.

—No voy a besarte, si es eso lo que te aterra.

—No... no tengo miedo —logró articular ella, aunque su respiración la traicionaba—. Parece que te imaginas que tu rostro es un escudo que te protege de algo tan humano como un beso.

—¿Así que crees que soy inhumano? —Los ojos de Rodrigo brillaron con una luz oscura y desafiante—. ¿Tienes el valor de probarlo?

Acortó la última pulgada de distancia, y Cayetana pudo sentir el aroma a tabaco y sándalo de su piel, mezclado con la promesa de una tormenta inminente.

—Me estás retando —susurró ella, sosteniéndole la mirada con un desafío que ocultaba el hecho de que el suelo parecía desvanecerse bajo sus pies.

—Sí, eso es exactamente lo que estoy haciendo.

Se encontraban justo bajo la cascada de luz de las arañas. La claridad era despiadada, acentuando cada relieve de su rostro enjuto, la nobleza de sus pómulos marcados y el rastro rugoso que el ácido había grabado en su piel. Cayetana sentía cada latido de su corazón como un tambor de guerra en sus oídos. Dominada por un impulso eléctrico y suicida, rodeó el cuello de Rodrigo con un brazo y, alzándose de puntillas, presionó sus labios con firmeza contra la mejilla desfigurada.

Sintió cómo el cuerpo de él se volvía de piedra, una tensión vibrante que recorrió a ambos. Demasiado tarde, ella intentó retroceder, asustada de su propia osadía, pero el Jefe fue más rápido. Sus brazos la rodearon con una fuerza brutal, anclándola contra él. Cayetana soltó un jadeo de sorpresa, abriendo los labios en el aire, y fue entonces cuando él los reclamó.

Durante cinco largos años, ella había vivido en un desierto sensorial, casi como una religiosa, y de pronto, la realidad la golpeó con la violencia de una tormenta: la firmeza de una boca masculina, tibia y con ese rastro embriagador de tabaco y deseo contenido. Su cuerpo quedó aprisionado contra los potentes músculos de Rodrigo; era inútil luchar, y pronto, dejó de querer hacerlo. Sus dedos se enredaron en el cabello negro de su nuca, descubriendo la tersura de su cuello, mientras el anhelo de aquella boca se volvía más y más profundo. Una oleada de calor y una sensualidad oscura la invadieron, obligándola a cerrar los ojos para entregarse por completo a la embriaguez del momento. Sin embargo, el hechizo se rompió con una violencia gélida.




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