Le pareció una eternidad el tiempo que permaneció recostada contra la madera de la puerta, con el corazón martilleando en su pecho, hasta que logró calmarse lo suficiente para ir a la habitación de Hugo. Necesitaba asegurarse de que no se había movido ni destapado en sueños. El niño descansaba en su cama de media luna, sumido en un sueño profundo bajo la tenue y cálida luz de la lámpara de mesa; sus largas pestañas oscuras descansaban sobre sus mejillas sonrosadas. Cayetana se inclinó, devorando con la mirada su carita dormida... y allí estaba de nuevo, innegable y perturbador, ese extraño parecido con Rodrigo en las facciones cinceladas del niño. El hombre lo había advertido con esa agudeza casi animal, y ella sabía que conforme Hugo creciera, la sombra de su tío se haría más y más evidente en él.
Un heredero "de segunda mano" para el Jefe de la isla, un hombre que juraba haber desterrado el amor de su vida, viviendo casi con la austeridad de un monje, aun cuando la había besado con la pasión salvaje y el hambre desesperada de un hombre con una experiencia abrasadora.
Con sumo cuidado, cubrió al niño con las frazadas y regresó a su propia y enorme habitación. Se quedó parada en el centro, sintiéndose irremediablemente perdida en la inmensidad. Cuando el reloj de pared marcó la hora, advirtió lo tarde que era y comenzó a prepararse para ir a la cama, buscando refugio en la rutina.
Ya estaba en bata, con su larga cabellera rubia suelta cayendo en una cascada dorada hasta sus caderas, cuando el silencio sepulcral del cuarto fue interrumpido por un ligero y casi imperceptible toque en la puerta. El susto fue tal que casi deja caer el cepillo; el espejo le devolvió el reflejo de la mirada de puro terror en sus ojos violeta. Su corazón latía a una velocidad frenética. ¡Oh, Dios! ¿Sería Bedelía, que en su amargura infinita desafiaba las órdenes de Rodrigo, incapaz de contener sus comentarios venenosos antes de que terminara la noche?
Se quedó helada, tensa, observando la puerta a través del espejo, rezando en silencio para que quienquiera que estuviera allí pensara que ya se había dormido y se retirara. ¡Pero no fue así! De pronto, el pomo giró y la puerta se abrió. Una figura alta y dominante apareció en el umbral, vestida con una bata de un material oscuro, pesado y muy fino, que acentuaba la anchura de sus hombros. Cayetana lo miraba fijamente, paralizada por los nervios; aunque hubiera querido moverse o gritar, su cuerpo no respondía. Tuvo que soportar su mirada dorada e intensa, que la examinaba con lentitud, deteniéndose en su cabello que brillaba como una capa de oro líquido a su alrededor en la penumbra.
—No es bueno que las personas se despidan enojadas —dijo él, su voz sumamente ronca, vibrando con una textura peligrosa—. Podría no haber un mañana y entonces sería demasiado tarde para las disculpas. ¿Puedo pasar?
—Ya estás adentro —replicó Cayetana, forzando una sonrisa helada que se sentía clavada en su rostro, lastimándola.
—Es mejor cerrar la puerta, por si alguien pasa y me ve aquí a estas horas.
—Mi reputación ya está destrozada de todas formas —le espetó ella, recuperando algo de su fuego—. Y tú tienes poder absoluto sobre todos los que vivimos en tus tierras. No necesitas pedir permiso.
—Esa es la exageración romántica y melodramática de una mujer —dijo él mientras cerraba la puerta tras de sí con un clic definitivo. Arqueó una ceja, y Cayetana vio por la mirada en sus ojos que él podía leer sus pensamientos más oscuros—. ¿Acaso me has visto alguna vez con un látigo en la mano?
Acortó la distancia entre ellos con pasos lentos y felinos, y el aire de la habitación pareció cargarse instantáneamente de una tensión eléctrica y asfixiante.
¡—No necesitas un látigo —respondió Cayetana, con la voz temblorosa—. Una mirada tuya es suficiente para doblegar a cualquiera.
—¡Oh, sí! Es más que suficiente para que cualquiera se acobarde —coincidió él con un sarcasmo que cortaba como el cristal.
—Me refiero a tu propio poder, Rodrigo.
Cayetana apretó el mango del cepillo hasta que le dolieron los nudillos, recordando la absoluta inutilidad de sus fuerzas cuando estuvo en sus brazos. No era solo su potencia física, esos músculos tensos como cables de acero y ese cuerpo endurecido por la disciplina; era su control de hierro. Rodrigo no era un hombre que derrochara sus sentimientos como lo hacía Vicente, pero tampoco era de hielo. Era un depredador, un tigre que sabía exactamente hasta dónde llegar antes de lanzar el zarpazo final. Ella lo observaba, sintiendo esa mezcla embriagadora de terror y fascinación. El beso de la galería lo había cambiado todo: ahora ambos eran dolorosamente conscientes el uno del otro, no como extraños, sino como hombre y mujer. Cayetana aún sentía el rastro del salvajismo de sus labios en su propia boca, una marca invisible pero ardiente.
—¿Me tienes miedo? —preguntó él con una indiferencia que parecía fingida—. La habitación no está fría y, sin embargo, te veo temblar como una hoja.
—Digamos, señor, que me aterra la posición en la que me encuentro.
—¿Una mujer a solas en su dormitorio con un hombre? —Sus ojos brillaron con una burla oscura—. Uno pensaría, al verte así, que todavía eres una virgen inexperta.
—Me refiero a estar casada contigo. A que esperes que me arrodille a tus pies como una aldeana... o que tenga que pedir perdón por mi existencia. Al fin y al cabo, te casarás con alguien que no pertenece a tu mundo.
—Yo hago lo que me place, siempre —sentenció él. Con dos zancadas largas cruzó el espacio que los separaba y se plantó frente a ella, invadiendo su aire—. La opinión de los demás me importa una mierda y no soy un patán para esperar que te humilles. Tú serás la padroncina. Estarás por encima de todas las demás. Mi esposa.
Las palabras resonaron en la estancia: Su esposa. Un título cargado de cadenas, testigos y el peso de su apellido. Una extraña unida a él ante un altar de conveniencia.