Cuando él vio su mirada, una mueca de oscura satisfacción cruzó su rostro.
—¿Por eso viniste hasta aquí? —sus ojos recorrieron centímetro a centímetro su rostro, con los párpados pesados, de manera que las pestañas tamizaban el brillo dorado de sus pupilas, proyectando una sensualidad abrasadora—. ¿Por esto te encuentro tan tentadoramente entregada en mi cama?
—No... —ella intentó incorporarse, pero las manos de él, firmes y calientes, la apresaron por los hombros, obligándola a hundirse de nuevo en la seda de la colcha—. Me... me equivoqué de cuarto. Pensé que este era el mío.
—¿Con mi bata y mi pijama al alcance de tu mano? —se burló, su voz descendiendo a un susurro ronco—. Vamos, no pierdas ese valor que mostraste ante los invitados ahora que has venido a buscarme de este modo. Te aseguro que no me disgusta en absoluto cambiar los términos de nuestro arreglo, si eso te da la tranquilidad de pagarme por el nombre y la fortuna que le he dado a tu hijo.
—¡Oh, no entenderías...! —Cayetana luchaba contra su propia debilidad. El aroma a tabaco caro y a la piel de él la mareaba más que el champán.
Rodrigo, con una lentitud deliberada, tiró del broche que sujetaba su peinado. El cabello rubio cascó sobre la almohada como oro líquido, y él enredó sus dedos en las hebras, tirando sutilmente hacia atrás para exponer la curva de su cuello. Cayetana se sintió prisionera de la pasión que veía arder en sus ojos, una llama que prometía consumirla.
—Pálida y hermosa como esas orquídeas, y un poco misteriosa, ¿no es así, mia? En verdad... espero tus favores.
—Estuviste escuchando —le reprochó ella, con la respiración entrecortada—. Oíste lo que me dijo Bedelía y ahora interpretas sus palabras como te conviene.
—Lo admito, querida. Estaba a punto de entrar tras mi cigarro en el jardín cuando las escuché en el vestíbulo. Me detuve en la sombra y te oí provocarla, preguntándole si no le daba envidia que esta noche yo te tomara en mis brazos para hacerte mi mujer. Y tras eso, entro en mi alcoba y te encuentro así, esperándome...
Al hablar, tomó con energía la mano izquierda de Cayetana y la obligó a recorrer las cicatrices de su mejilla. El contraste entre la suavidad de la piel de ella y la rugosidad de la suya disparó una corriente eléctrica que hizo que el pecho de Cayetana subiera y bajara con violencia.
—Hoy, en la capilla, acariciaste mi cara frente a todos. Pero yo, como Bedelía, creo que estabas interpretando un papel a la perfección. Ahora la función ha terminado y la noche es una realidad.
Cayetana sintió bajo su palma el latido acelerado en la mandíbula de él. El terror la invadió, pero ya no era solo el miedo a la mentira sobre Hugo; era el miedo a la intensidad del deseo que Rodrigo emanaba, una fuerza que amenazaba con derribar todas sus defensas.
—Yo creí que eras un hombre de palabra —balbuceó, sintiendo el calor del cuerpo de él sobre el suyo—. Prometiste que sería un matrimonio solo de nombre... dijiste que no habría nada más que formalidades.
—Y lo dije en serio —respondió él, acortando la distancia hasta que sus labios casi rozaron los de ella, su voz vibrando con una urgencia salvaje—. Pero tú has roto el contrato al entrar en mi santuario. ¿Qué creíste, que podías tentar a la bestia con tu belleza y después huir ilesa? Esta noche, Cayetana, vas a descubrir que un Falcon nunca deja una deuda sin cobrar.
Con un movimiento fluido, Rodrigo atrapó sus labios en un beso que no tuvo nada de la timidez de la capilla. Fue un reclamo de posesión, hambriento y profundo, mientras su mano libre empezaba a deshacer con destreza los botones de seda azul de su vestido.
Él la miraba con una intensidad que quemaba, y aquel pequeño músculo en su mandíbula palpitaba con violencia bajo el dedo de ella. Rodrigo se inclinó todavía más, invadiendo su espacio personal hasta que el calor de sus cuerpos se fundió, y deslizó la yema del pulgar por el contorno de sus pechos que vibraban en una súplica silenciosa.
—¿Qué fue lo que le escupiste a Bedelía? —su voz era un gruñido bajo, cargado de una virilidad peligrosa—. ¿Qué esperabas que yo fuera tan experto como mi hermano en el arte de poseerte? ¿Quieres que lo comprobemos ahora mismo, dona mia? ¿Quieres que te obligue a olvidar que algún otro hombre se atrevió una vez a rodearte con sus brazos?
—Por favor... —Cayetana estaba al borde del pánico absoluto. Luchó contra él en un arranque de desesperación, no por rechazo, sino por el terror paralizante de que, en la intimidad del acto, él descubriera el fraude: que su cuerpo estaba intacto, que nunca había sido de Vicente y que Hugo no era su hijo. Esa verdad la destruiría.
—Te arrepentirás de esto... —alcanzó a sollozar, intentando girar el rostro, pero él atrapó su barbilla con firmeza.
Rodrigo presionó sus labios sobre los de ella, sofocando cualquier protesta. Cuando sintió que Cayetana cedía y abría la boca bajo la presión de la suya, la rodeó con sus brazos, estrujando su delgado cuerpo contra el pecho sólido. Cayetana sintió su aliento abrasador contra la piel y la urgencia de sus besos descendiendo por su cuello, succionando y marcando su territorio.
—¡Rodrigo... no! —se sintió perdida. En un último intento de defensa, se quedó repentinamente inmóvil, fingiendo un desmayo para detener la marea.
Pero él, lejos de detenerse, soltó una risa ronca y vibrante cerca de su oído. Era una provocación puramente masculina. Sin previo aviso, sus manos desgarraron la fina seda azul del vestido con una fuerza primitiva, como los antiguos conquistadores reclamando su botín de guerra. Catalina ahogó un grito; la exposición repentina de su piel al aire frío de la alcoba la hizo estremecer, y sintió una punzada de dolor y deseo, como si el contacto de las manos de Rodrigo fuera un cuchillo de doble filo que cortaba su resistencia.
Él se detuvo un segundo, contemplando la blancura de sus hombros y el encaje que apenas cubría su pecho agitado. Sus ojos dorados se oscurecieron hasta volverse casi negros.