El Heredero del Diablo

Epílogo

El amanecer empezó a teñir de rosa las ruinas humeantes del ala oeste. En la penumbra de la alcoba principal, que el fuego no se había atrevido a tocar, Cayetana se acomodaba soñolienta en los brazos de Rodrigo. Con una devoción nueva, presionaba sus labios contra las cicatrices de su rostro, recorriéndolas una a una como si fueran las gemas más valiosas de su tesoro.

—Descarada... —le murmuró él con voz ronca, aunque cargada de afecto—, atreviéndote a decirme todas esas mentiras. ¿No te da vergüenza, esposa mía?

—Ya no —se acurrucó contra él, sintiendo que ningún momento en su vida podría superar la divina paz de despertar al lado del hombre amado y encontrarlo tan vivo, tan tierno... tan humano.

—Fuiste muy malo al hacerme creer que te había convencido —le sonrió ella, recostada sobre su pecho, disfrutando del contacto de su piel—. Debí haber imaginado que un hombre tan astuto como tú no cerraría un trato sin investigar primero cada detalle. Me investigaste a fondo, ¿verdad?

—Completamente —respondió él, mientras sus manos se perdían en la abundancia de su cabellera rubia, acariciándole la espalda hasta arrancarle una risa suave—. Desde el primer momento en que te vi con ese niño, supe que tus ojos no mentían sobre tu amor, pero sí sobre tu sangre. Pero para entonces, ya me importaba muy poco la verdad de los papeles... solo me importaba la verdad de tu corazón.

En la quietud de la mañana, mientras la isla despertaba bajo el sol del Mediterráneo, Rodrigo Falcon volvió a besar a su esposa, sabiendo que el incendio no solo había destruido una parte de la casa, sino que había reducido a cenizas todos los secretos que los separaban.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.