El hermano equivocado

Capítulo 1: Caliope

Miro los análisis en mi mano que confirman mi embarazo de diez semanas y una felicidad mezclada con miedo se apodera de mí. La certeza es tan fuerte que me obliga a detenerme un instante, a respirar con cuidado, porque siento que todo acaba de cambiar y todavía no sé cómo sostenerlo. Voy a ser mamá, aunque no estaba en mis planes.

Me siento feliz porque siempre he deseado ser madre, tener la familia propia que yo no tuve tras crecer en casas de acogida. Ese deseo estuvo siempre presente, incluso cuando no lo decía en voz alta. Sin embargo, junto a la felicidad aparece la inquietud difícil de ignorar. No sé si George va a estar feliz con la noticia porque él dijo que no quería tener hijos ahora, que no era el momento porque estaba con unos asuntos importantes que resolver, y yo no quise presionarlo. Pensé que habría tiempo. Aun así, el bebé está en camino y no hay nada que se pueda hacer. Esa idea me da una extraña sensación de alivio y vértigo.

Llevo las manos a mi vientre y permanezco así unos segundos, intentando acostumbrarme a la idea, buscando una conexión que me tranquilice. Necesito creer que George va a sonreír cuando se lo diga, que todo encajará de alguna manera.

Salgo de la clínica guardando los análisis y llamo a mi esposo queriendo contarle las nuevas noticias sin esperar. Él no responde, su teléfono da apagado. Me digo que seguramente se quedó sin batería y está conduciendo. Eso le ha pasado, es más, yo suelo recordarle que cargue el teléfono.

Busco un taxi y le doy la dirección de mi casa. El trayecto se me hace largo. Repaso mentalmente cómo voy a decírselo, qué palabras usar, qué tono. Al llegar, mi mejor amiga Iris está esperándome en la puerta con una sonrisa que me observa con atención.

—¿Seré tía? Debiste dejar que te acompañara.

—¿Qué haces aquí?

Resopla.

—Me enviaste un mensaje diciendo que habías ido a confirmar el embarazo y dejaste de responderme. Como no sabía si te encontraría en la clínica, aproveché que salí temprano del trabajo para venir directamente.

Entramos juntas a la casa, dejamos las chaquetas en la entrada y caminamos directamente a la cocina. Siento el cuerpo tenso y necesito algo caliente. Como no puedo beber café y a Iris no le gusta el té, preparo chocolate caliente, concentrándome en la rutina para no pensar demasiado.

—Lamento no haberte pedido que me acompañaras.

—Bueno, ya dime.

Le brindo una sonrisa y asiento, aunque siento que la voz podría fallarme si hablo demasiado rápido.

—Serás tía.

Ella rodea la isla y me da un fuerte abrazo. Su reacción es sincera, y por un momento me permito disfrutarla sin reservas.

Iris y yo crecimos juntas en un orfanato. A pesar de que ella logró ser adoptada mientras yo andaba de casa en casa hasta cumplir la mayoría de edad, permanecimos en contacto y ha sido una amiga incondicional. Con ella no tengo que fingir fortaleza ni explicar silencios.

George no tiene mucha relación con su familia. Tuvo una pelea con sus padres por no seguir sus deseos e irse por su cuenta, y su hermano menor decidió ponerse del lado de ellos. Así que cuando nos conocimos tres años atrás, tuvimos una conexión inmediata y seis meses después ya estábamos casados. No sentí dudas entonces.

George e Iris son mi familia, y el bebé creciendo en mi vientre también lo será.

—Estoy emocionada. Eres mi hermana y es como si yo estuviera embarazada… menos mal que no. Me alegro de que seas tú, por lo menos tienes esposo. Uno que es un poco colgado con algunas cosas y que a veces dan ganas de darle unas bofetadas para que no sea tan distraído, pero te quiere.

Me río, aunque noto que el comentario toca una preocupación que intento minimizar.

—No es distraído. Solo que tiene mucho en la cabeza.

—Se olvidó de tu cumpleaños.

Ruedo los ojos, más por costumbre que por convicción.

—Y me compensó unos días después. Además, sabes que no le doy importancia a los cumpleaños.

Ella alza las manos y toma asiento mientras sirvo el chocolate caliente.

—No sé para qué hablo si lo defiendes.

—Espero que se tome bien lo del embarazo. —cambio de tema—. Cuando se lo sugerí no estaba interesado en ser padre, no ahora.

Al decirlo, siento un nudo en el estómago. La preocupación deja de ser abstracta y toma forma.

Agarro la taza y tomo asiento frente a mi mejor amiga, buscando el calor entre las manos.

—Te apoyará, y si no, es un idiota y te puedes divorciar —me río—. ¿En dónde está ahora?

Suspiro, más largo de lo necesario.

—Tuvo que viajar a Toronto por un trato.

—¿A qué se dedica él exactamente? Quiero decir, nunca me quedó claro.

—Asesor financiero. Asesora a empresas o a personas en sus inversiones o manejo de dinero.

Ella asiente.

—Tú deberías retomar tu carrera de abogada. Te esforzaste mucho para entrar a la Universidad y recibirte. Estabas trabajando en un buen estudio hasta que decidiste dejarlo para ser esposa y ama de casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.