Siento el aire frío a pesar de estar en el interior de la casa y no logro entender de dónde proviene esa sensación que se me instala en el pecho y no me abandona. Iris permanece a mi lado en todo momento, firme, silenciosa, sosteniéndome incluso cuando no digo nada.
Sigo pensando que todo esto es una pesadilla y que en cualquier momento voy a despertar y a encontrar a George vivo a mi lado, respirando tranquilo, reclamando que apague la luz. Han pasado tres días desde que identifiqué su cuerpo y desde entonces me siento a la deriva, atrapada en una realidad que no parece mía, observando una vida que se rompió sin pedirme permiso. Me cuesta aceptar que me convertí en viuda a los veintiocho años y que mi hijo crecerá sin su padre, y esa certeza pesa más que cualquier lágrima, porque ya no tengo fuerzas para llorar ni para sostenerme en el dolor.
—Vamos a tomar un poco de aire —sugiere Iris con suavidad.
Acepto porque apenas conozco a las personas presentes en el funeral, amigos o compañeros de trabajo con los que nunca llegué a establecer un vínculo real. George prefería asistir solo a esas cenas de negocios y yo nunca se lo reproché, dejó de importarme después de la única vez que me llevó y confirmé que no era mi mundo.
Recibo el pésame sin detenerme, asintiendo por inercia, hasta que al fin el jardín me recibe con un silencio distinto y puedo inhalar con algo de calma. Exhalo despacio, intentando ordenar mis pensamientos, pero todo sigue fuera de lugar.
—Siento que nada de esto es real —le digo.
—Irá tomando forma con el tiempo —responde mi amiga—. Duele, es un golpe duro, pero lo vas a superar porque eres fuerte y has pasado por cosas peores.
La miro, buscando una respuesta que no tengo.
—Mi bebé no tendrá padre, Iris.
Ella niega con la cabeza y aprieta mis manos.
—Tendrá una madre increíble que lo llenará de amor y una tía genial que cubrirá sus travesuras. No estás sola. Recuerda nuestra promesa en el orfanato, juntas hasta que el Coco venga por nosotras.
Me río apenas.
—Teníamos ocho años.
—Y no es ilegal fingir que todavía creemos en el Coco.
La abrazo y le agradezco por estar aquí, por haber cargado con todo cuando yo apenas podía levantarme de la cama, por sostenerme cuando el mundo se volvió demasiado pesado. Solo reaccioné cuando recordé que hay una vida creciendo en mi vientre y que merece algo mejor que una madre rota.
—Gracias —repito, aunque ya no sepa cuántas veces lo he dicho.
Ella se aleja en busca de algo de beber y me acerco al rosedal que la madre de Iris plantó como regalo de boda. Pensar en ello me arranca una sonrisa involuntaria. Me hubiera gustado tener una madre así, alguien que me guiara en este camino que apenas comienza, aunque sé que podría hablar con ella y aun así no se siente correcto.
—Caliope.
Me giro al escuchar la voz masculina que no reconozco y me quedo de pie, sorprendida. Es alto, de porte seguro, vestido con un traje oscuro impecable que contrasta con la camisa blanca abierta en el cuello, la barba corta y el cabello castaño con destellos dorados peinado hacia atrás le dan un aire sobrio, y cuando sus ojos marrones se cruzan con los míos percibo una calma que me descoloca. Lo he visto dos veces antes, ambas de manera fugaz. La noche en que conocí a George, donde apenas cruzamos unas palabras, y otra en su oficina, cuando él salía apresurado hablando por teléfono.
—Cassian.
Enarca una ceja.
—Sabes quién soy.
—Sí, el hermano de George. Me sorprende verte aquí.
Da un paso al frente y se pasa la mano por el cabello antes de mirarme de nuevo.
—George era mi hermano, aunque él no quisiera saber nada de la familia. He venido con mis padres, están adentro. Mi madre está llorando frente a la foto desde que llegamos y no deja de culparse por no haber insistido más en arreglar las cosas.
—Nunca conocí a tu madre —respondo—. Es triste que haya tenido que pasar esto para replantearse todo.
—Imagino que George te dio su versión y nos hizo quedar como los malos —dice sin dureza—. No voy a defender a la familia porque entiendo que no te importe, pero mis padres quieren hablar contigo y espero que puedas ser amable con ellos.
Trago saliva, consciente de que esta conversación me incomoda más de lo que esperaba.
—No los juzgo, Cassian, y sé que hay más de una versión. No tengo nada en contra de tus padres y no tengo problemas en hablar con ellos, mientras ellos no tengan problemas conmigo.
—Es válido.
Iris regresa con un vaso de agua y me lo entrega sin notar la presencia de mi cuñado.
—Tus suegros están adentro. Se deben sentir culpables por no haber hecho las paces con su hijo… —se queda callada al notar mi cara.
—Mejor deja de hablar porque tenemos compañía.
Ella voltea y descubre a Cassian, mirándola con seriedad.
—Oye, sé que estamos en un funeral y todo eso, pero podrías haberme avisado que había un hombre guapo justo detrás de mí —dice, acercándose un poco y mirándolo con atención—. ¿Te conozco?