Camino de un lado al otro con la sensación persistente de que la cabeza va a estallarme. Llevo días así, desde que George me llamó para pedirme dinero y contarme su situación financiera, una maraña de malas decisiones que prefirió minimizar hasta que ya no tuvo escapatoria.
Todavía me cuesta aceptar que esté muerto, que haya sido tan irresponsable como para beber de más y conducir, y aunque en algún momento mi mente intenta convencerme de que tal vez lo hizo a propósito, sé que no es verdad. George era muchas cosas, pero no alguien que buscara su propio final.
Observo las puertas blancas del hospital con una ansiedad que no consigo disimular, esperando que el médico salga y me diga algo sobre Caliope. Me repito que no debe ser nada grave, que seguramente se trata de estrés acumulado y del impacto de la información que le di, aunque una parte de mí insiste en señalar que no era el momento adecuado. Pensé en esperar unos días más antes de hablarle de la situación financiera de su esposo, pero preferí terminar con todo de una vez para que pudiera enfrentarlo cuanto antes, sin prolongar una mentira que tarde o temprano iba a salir a la luz. Aun así, el silencio del pasillo me deja claro que subestimé las consecuencias.
Mis padres todavía no saben nada. No les dije una palabra y dudo que lo haga ahora que George está muerto. A pesar de que nunca tuvo la capacidad necesaria para estar al frente de la empresa y siempre fue más propenso a gastar que a administrar, ellos lo veían como el buen hijo que atravesaba una etapa confusa, convencidos de que en algún momento volvería a casa cuando entrara en razón.
Si supieran toda la verdad, la desilusión sería inevitable y no es momento de hablar mal de mi hermano muerto, menos aún el día de su velorio.
—¿Qué fue lo que le dijiste a mi amiga? —pregunta una rubia al tiempo que me golpea el hombro y me mira con una ira contenida que no intenta disimular.
Reconozco a Iris de inmediato. Su reacción es comprensible, incluso esperable, y aun así me toma con la guardia baja.
—Tranquila —respondo, levantando las manos en un gesto de rendición—. Le dije la verdad sobre la situación financiera de George. No imaginé que se fuera a desmayar.
Mientras hablo, me doy cuenta de que mi tono suena más defensivo de lo que pretendía.
Ella niega con la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas, una mezcla de rabia y miedo que me deja claro que no se trata solo de mí.
—¿Y era el momento? Perdió a su esposo hace tres días, uno que era bastante idiota y que no la merecía, aunque ella lo quería, y además está embarazada. ¿Y si el bebé corre peligro?
La palabra embarazada se instala en mi mente con una fuerza que me deja sin aire y mi estómago se contrae de inmediato. El ruido del hospital parece amortiguarse durante un segundo.
Me acerco a Iris sin apartar la mirada de su rostro, necesitando escuchar la confirmación aunque ya sé la respuesta.
—¿Caliope está embarazada?
—Sí. Se enteró el mismo día que George murió —responde mientras niega despacio—. Es trágico. Él iba a ser padre y murió sin saberlo. Ahora ese bebé crecerá sin un padre.
La información se acomoda a la fuerza en mi cabeza, desplazando cualquier otra prioridad.
Cuando supe que Caliope había elegido a mi hermano, prometí mantenerme al margen y respetar esa decisión, aunque no fuera fácil.
Cuando me llegó la noticia de su muerte, mi única intención era ayudar a su esposa a salir de las deudas que George dejó atrás, porque ella no es responsable de los enredos financieros que él provocó y también porque esa ayuda era mi forma de compensarlo por haberme negado a prestarle el dinero que me pidió. No dejo de pensar que, si lo hubiera hecho, quizá seguiría con vida, aunque tarde o temprano hubiera repetido el mismo patrón. Saber que hay un bebé en medio de este caos, uno que comparte mi sangre, elimina cualquier opción real de alejarme.
—¿Familiares de Caliope Carson? —pregunta el médico al salir.
La voz nos saca a ambos de nuestros pensamientos.
Iris y yo nos acercamos de inmediato.
—Soy su hermana—dice ella—, y él es el hermano de su esposo.
El médico asiente antes de continuar, con la expresión neutra de quien repite este discurso a diario.
—La paciente se encuentra estable dentro de lo posible. Está deshidratada y con la tensión arterial baja, y en su estado es fundamental que permanezca tranquila, evite el exceso de estrés y mantenga una buena alimentación.
—¿El bebé está bien? —pregunta Iris con evidente preocupación.
—Sí, aunque eso no elimina el riesgo de un aborto espontáneo. Es importante que descanse y se cuide durante las próximas semanas y a lo largo del embarazo.
La advertencia se me queda grabada, más densa de lo que esperaba.
—Yo me aseguraré de eso, doctor. ¿Puedo verla?
—Claro. La estamos hidratando y estabilizando la tensión. Preferiría que pasara la noche aquí, pero se ha negado.
—Yo la convenceré —afirma Iris sin dudar.
—Yo me encargaré de la factura médica —añado, casi por reflejo.