El hermano equivocado

Capítulo 4: Caliope

Miro la tarjeta que me dio mi cuñado mientras intento ordenar la situación en mi cabeza, aunque no es una tarea sencilla. Me siento atrapada en una montaña rusa emocional de la que no logro bajarme, con pensamientos que se superponen sin darme tregua. Ni siquiera he podido regresar a mi casa porque está cargada de recuerdos y de un silencio que me resulta insoportable. Pensar que George ya no está, que no va a volver, me provoca una incomodidad constante que no consigo disipar. Esa casa la compramos juntos con la idea de formar una familia, un proyecto que ahora queda suspendido en una realidad que no termino de aceptar.

No tengo espacio para detenerme a pensar en lo que pudo haber sido. La noticia del embarazo llega acompañada de las deudas. La cifra es considerable, demasiado alta para cubrirla solo con la venta de la casa y las joyas. Podría pagar el capital, pero no los intereses que siguen acumulándose, y mientras el tiempo corre, la situación se agrava sin darme margen para respirar. La sensación de estar siempre un paso atrás empieza a volverse familiar.

—¿A qué hora te levantaste? —la voz de Iris me saca de mis pensamientos.

Parpadeo un par de veces antes de responder.

—En cuanto la luz del amanecer comenzó a filtrarse a través de la cortina mal cerrada.

Asiente y camina hacia la cafetera, bostezando mientras se sirve café antes de sentarse frente a mí. Su naturalidad me recuerda que el mundo sigue funcionando aunque el mío esté detenido.

—Son las diez de la mañana y siento que no dormí nada a pesar de que lo hice.

—Eso es porque tomaste vino por ambas y te quedaste despierta conmigo hasta las dos de la mañana.

Ríe, sin el menor rastro de arrepentimiento, y por un segundo me permito sentir alivio de no estar sola.

—De nada.

Vuelvo a bajar la mirada hacia los papeles que el abogado me entregó el día anterior y empiezo a revisarlos una vez más, entendiendo finalmente por qué George nunca quiso que me ocupara de sus asuntos legales.

Tener una esposa abogada matriculada y aun así pagarle a otro profesional, bajo el pretexto de no querer cargarme con responsabilidades, debería haberme parecido sospechoso, pero lo acepté sin cuestionar, confiando más de la cuenta y preguntándome ahora cuántas cosas dejé pasar.

La oficina de George tiene dos meses de alquiler atrasado y, aunque algunos clientes han sido comprensivos, uno de ellos amenaza con demandar por un supuesto mal asesoramiento que le habría costado dinero. Por suerte, eso puedo manejarlo yo misma y sé que no tiene fundamentos legales sólidos, aunque para hacerlo necesito revisar toda la documentación que está en la oficina y, para acceder a ella, primero debo saldar la deuda pendiente. Todo parece depender siempre de un pago previo, de un permiso que no tengo.

Exhalo con lentitud, intentando liberar algo de la presión que siento en el pecho.

—Estoy en un momento donde creo que no conocía a mi esposo, o que eran dos personas distintas —digo en voz alta, sorprendida por lo fácil que sale la confesión.

Iris bebe café con calma y asiente.

—Nunca debiste mantenerte al margen de todo y dejarle el control. —suspiro—. En fin, eso ya no importa porque no se puede cambiar. Lo que hay que hacer ahora es solucionar.

—Ya hablé con un agente para poner la casa en venta y hoy mismo venderé las joyas. Lo que me preocupa es que la casa no se va a vender de inmediato y, aunque consiga trabajo como abogada, no alcanzará para cubrir todo.

Mientras lo digo, confirmo que no se trata solo de números, sino de la certeza de que nada será rápido ni sencillo.

—¿No pueden darte más tiempo? George es el culpable y está muerto.

—No les importa. Como su esposa, la responsabilidad es mía.

Decirlo en voz alta me hace sentir más expuesta de lo que esperaba.

Niega con la cabeza, claramente molesta.

—Sabía que tenía que haberte raptado el día de la boda y evitar que aceptaras casarte.

No puedo evitar reír. Conozco a Iris lo suficiente para saber que sus comentarios, por más bruscos que suenen, vienen de un lugar de afecto genuino.

—Esto es una mierda —digo mientras apoyo las manos en las sienes, sintiendo el cansancio acumulado.

—No tienes que preocuparte por dónde vivir porque puedes quedarte conmigo sin pagar renta. Me pagas con comida, porque cocinas increíble y yo quemo hasta el agua —me mira con intención—. Y por el bebé tampoco. Algo me dice que tu suegra va a estar más que dispuesta a ocuparse de todos sus gastos, incluso de la universidad. Son millonarios, pueden hacerlo.

La propuesta suena tentadora, demasiado fácil, y por eso mismo me incomoda.

Niego despacio.

—No. No voy a impedir que tengan contacto con el bebé porque son sus abuelos, pero no voy a depender económicamente de ellos ni permitir que tengan poder de decisión sobre mi vida o la de mi hijo.

—¿Crees que quieran controlarte?

Me encojo de hombros, consciente de que mi respuesta nace más del miedo que de certezas.

—No lo sé. No son como George los describía, pero no los conozco y las apariencias engañan. Después de lo que pasó con él, de cederle el control, y todo se viniera abajo, no quiero correr riesgos. No voy a repetir errores.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.