El hermano equivocado

Capítulo 5: Cassian

Observo el edificio de cinco plantas durante unos segundos antes de ingresar. No es imponente ni lujoso, pero transmite una sensación de orden y normalidad que contrasta con el estado mental en el que me encuentro.

Recorro el pasillo con paso firme, buscando el departamento de la planta baja que pertenece a Iris Odonel, repasando mentalmente la conversación que estoy a punto de tener y preguntándome hasta qué punto estoy preparado para ella.

Investigué tanto a Caliope como a Iris antes de venir. Necesitaba hacerlo, no solo por desconfianza, sino porque así funciono. Necesito información para sentir que tengo cierto control.

Descubrí que se conocieron en un orfanato cuando eran pequeñas. Iris fue adoptada a los diez años por una buena familia y hoy es una fotógrafa reconocida, con premios y un estudio propio. Una historia de ascenso clara, ordenada y casi tranquilizadora.

Caliope, en cambio, pasó de una casa de acogida a otra hasta cumplir la mayoría de edad, sin llegar a ser adoptada. Hubo un intento cuando tenía doce años, pero fracasó después de tres meses y regresó al orfanato. No sé el motivo y, aunque suene frío, no me sorprende. Muchos adoptantes se arrepienten cuando la realidad no coincide con sus expectativas.

Según los informes, era algo rebelde, lo que explicaría por qué no lograba conectar con nadie. Aun así, hay algo que no termina de cuadrar, como una chica con ese historial logró ingresar a la Universidad de Ottawa, donde el examen de admisión es exigente.

Se graduó en tiempo y forma y consiguió trabajo en una firma importante. Eso habla de disciplina, inteligencia y constancia, cualidades que no encajan del todo con la imagen de alguien problemática o superficial.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿cómo alguien tan inteligente no vio lo que ocurría con mi hermano? Tal vez estaba profundamente enamorada y eligió no ver. Incluso las personas más brillantes pueden perder criterio cuando el amor se interpone. O quizá George la mantuvo cómoda con lujos y estabilidad aparente, y a ella no le importó de dónde venía el dinero. Iris parecía notar la realidad; me cuesta creer que nunca haya intentado advertirla.

Si soy honesto conmigo mismo, no sé qué pensar de Caliope. Puede ser una mujer genuina que quiso a mi hermano de verdad o alguien que, después de una infancia marcada por la carencia, se aferró a una vida cómoda sin hacer demasiadas preguntas. Incluso su faceta de abogada podría haber sido una carta de presentación calculada. No lo sé, y esa duda es precisamente lo que me mantiene en guardia.

Por eso he evitado que mis padres se pongan en contacto con ella. Estoy seguro de que mi madre querrá llevarla a casa, rodearla de cuidados y hacerse cargo de todo. Y lo último que necesitamos es alguien con posibles intenciones ocultas instalada en el centro de nuestra familia, aunque lleve un Carson de sangre en su vientre.

Llego a la puerta y toco un par de veces con suavidad. Espero. Cuando finalmente se abre, me sorprende verla tan distinta de la imagen que había construido en mi cabeza.

Viste vaqueros, una camiseta de mangas largas y pantuflas. El cabello suelto, el rostro sin maquillaje, las ojeras marcadas y el cansancio evidente. No hay artificio ni esfuerzo por impresionar, solo una mujer claramente agotada.

—Llegaste antes.

Miro la hora por reflejo.

—Tiendo a llegar diez minutos antes para no correr el riesgo de llegar tarde. Considero que hacerlo es una falta de respeto.

Ella asiente, sin sonrisa.

—Lo sé. A mí me agarra urticaria si estoy por llegar tarde a un compromiso.

Abre la puerta y me deja pasar. Me quito el abrigo y se lo entrego, observando el gesto automático con el que lo recibe.

—¿Quieres algo de tomar?

—No, todavía no almorcé…

—Entonces puedes almorzar mientras hablamos.

—No, yo…

—Hice el almuerzo. Yo ya comí, pero puedo acompañarte mientras comes. Hice bastante para frisar.

Estoy a punto de negarme de nuevo cuando el aroma me golpea de lleno. Mi estómago traicionero reacciona antes que yo, rugiendo sin ningún pudor. Ella no dice nada, pero noto cómo registra el sonido.

La sigo hacia la pequeña cocina y observo el departamento. No es grande, pero está bien distribuido. Demasiado colorido para mi gusto, aunque las fotografías en blanco y negro en las paredes aportan equilibrio. Asumo que son de Iris. El lugar se siente vivido, real y lejos de cualquier ostentación.

—Toma —dice, y bajo la vista al plato de pasta—. Todo es casero. Desde la pasta hasta la salsa. Dime si quieres más sal. ¿Vino o agua?

Tomo asiento y elijo agua. Al probar la comida, no puedo evitar detenerme un segundo.

—Esto es delicioso. ¿Lo hiciste tú?

Asiente.

—Claro. No iba a ser una ama de casa sin hacer nada. No solo aprendí decoración, también cocina.

Asiento en silencio, reconociendo que mis prejuicios empiezan a resquebrajarse, aunque me resisto a bajar la guardia.

Se sienta frente a mí y saca un papel que extiende sobre la mesa.




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