—¿Qué opinas, Rick?
—Que no es ninguna aficionada. ¿Crees que esté interesada en unirse a la firma?
Exhalo con lentitud mientras paso la mano por mi cabello, procesando la idea con más atención de la que esperaba necesitar.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Redactar algo así mientras hacía el almuerzo, pocos días después de la muerte de su marido, denota inteligencia, capacidad de respuesta bajo presión y criterio práctico. Esas cualidades valen tanto como su formación académica.
Conozco a Rick desde hace años y sé que no se deja impresionar con facilidad. A sus treinta y dos años se graduó de la misma Universidad que Caliope, aunque dos años antes. Dirige el bufete que heredó de su padre junto a otros socios, y lo hace con una capacidad que incluso los fundadores respetan. Disfruta los desafíos, elige casos difíciles y no retrocede cuando las probabilidades no están a su favor; ha perdido algunos, es inevitable, pero los que ha ganado han tenido un impacto real.
Por eso no discuto su valoración.
—No tendría inconveniente en que la contrates —digo tras unos segundos—, pero está embarazada de unas diez semanas y el embarazo es de riesgo, por lo que habrá un periodo en el que no podrá ejercer con normalidad. Mi prioridad es que se cuide, porque perderlo no es una opción, y sé que aquí se trabaja bajo presión.
Rick frunce el ceño, inclina apenas la cabeza y se toma un momento antes de responder.
—¿Es tu forma de decirme que no la presione o que sería mejor no contratarla?
—Puedes hacerlo, pero como asistente legal o a tiempo parcial. Que apoye al equipo. Después del nacimiento, y solo si sigues convencido de que es tan buena como parece, podrías ofrecerle el puesto completo.
Se lleva la mano a la barbilla, pensativo.
—Dame su número, la llamaré.
—Si llego a enterarme de que la presionas de cualquier forma, tendrás que responderme a mí.
Rick se recuesta en la silla, relajado, con una sonrisa que intento descifrar.
—Te noto especialmente protector. En quince años de amistad no recuerdo haberte visto así por una mujer.
Me pongo de pie, marcando el final de la conversación antes de que tome un rumbo innecesario.
—No exageres. Es mi cuñada y la madre de mi sobrino. Para mis padres es importante.
—También es la mujer que llamó tu atención cuando la conociste y que tu hermano se llevó sin darte oportunidad.
—Me pareció atractiva y agradable —respondo con tono firme—. Su belleza no pasó inadvertida, pero eso no significa que estuviera dispuesto a enfrentar a mi hermano por ella. Parece decente, aunque no termino de confiar.
—Si tú lo dices.
Tomo el acuerdo firmado y salgo del despacho.
No me entusiasma la idea de que Caliope trabaje con Rick, aunque resulta preferible a que lo haga en un entorno donde no tenga ningún control ni información. Me repito que es una decisión práctica, razonable, lo que cualquiera haría en esta situación, aun cuando una parte de mí permanece alerta sin saber exactamente por qué.
Esta noche cenará en casa de mis padres y la observaré mientras se relaciona con ellos, atento a cada gesto y cada palabra, porque todavía no logro formarme una opinión definitiva sobre ella y esa indefinición me resulta incómoda.
Mi celular suena cuando subo al auto y el nombre de Rachel aparece en la pantalla, provocándome una presión conocida en la sien.
Terminamos hace tres meses. Fui claro desde el inicio cuando dije que no buscaba compromiso. Ella aceptó hasta que decidió querer más y asumió que yo cambiaría de opinión, y no lo hice. Desde entonces insiste, convencida de que puede revertir la situación.
No tengo tiempo ni energía para ese tipo de conflictos. Ignoro la llamada y la bloqueo, esperando que esta vez entienda el mensaje.
Si alguna vez vuelvo a estar en una relación, será con una mujer que aporte equilibrio a mi vida y me quiera a mí, no al dinero de mi familia. De lo contrario, prefiero estar solo. Una heredera con demasiado tiempo libre nunca fue una opción viable, y ahora mis prioridades están en la empresa y en asegurar que Caliope y el bebé estén bien, tanto por mis padres como por mi sobrino.
Conduzco directo a la casa familiar. Mis padres están ilusionados con la cena y con la posibilidad de que Caliope acepte vivir en la mansión. Ella ya se negó, aunque mi madre confía en que cambie de opinión al conocer el lugar y entender que no somos la familia controladora que George describía.
Apenas bajo del auto, el celular vuelve a sonar y exhalo con cansancio antes de comprobar que se trata de Caliope.
—Hola.
—Hola, Cassian. Perdona que te moleste…
—¿Quieres que pase por ti para ir a casa de mis padres? Puedo enviarte un auto.
—No, Iris me llevará.
—Si llamas por el acuerdo, ya lo revisó mi abogado y está firmado. Te lo entregaré esta noche. La deuda está pagada.
—No es por eso. ¿Podrías dejarme hablar antes de sacar conclusiones? —responde con evidente fastidio.