Maldigo en voz alta por no poder enfocarme en el trabajo. Y eso no me pasaba desde… no recuerdo desde cuándo, porque siempre destaqué por mi capacidad para separar la vida personal de la laboral. Ahora no logro pensar en otra cosa que no sea Caliope, en cómo me gané su desconfianza, su frialdad, y en el hecho de no saber de qué manera repararlo, lo cual resulta irritante porque no estoy acostumbrado a no tener control sobre una situación.
Sigo en modo alerta, no sé cómo apagarlo. Rick tiene razón: la mejor forma de salir de dudas es dejar de juzgarla y conocerla, aunque eso implique aceptar que ella no me quiere cerca y que esa resistencia me genera una inquietud que no logro identificar del todo.
No consigo apartar de mi cabeza lo que su amiga dijo, aquello de que Caliope no tenía que ir por miedo. ¿Miedo a qué? Iris no dijo nada cuando notó que yo estaba ahí y se marchó sin mirarme, y sé que preguntarle no es una opción porque solo cerraría más el círculo.
Miro la hora y decido irme a casa. No hay nada que pueda hacer hoy ni nada que no pueda esperar hasta mañana, aunque esa idea no me tranquiliza demasiado.
Camino por el pasillo pensando en cómo acercarme a Caliope sin que crea que la estoy juzgando o controlando, intentando convencerme de que mi interés es razonable y no va más allá de una responsabilidad familiar.
—Estar embarazada puede ser un infierno.
Me detengo al oír la frase. Proviene de una oficina con la puerta entreabierta y me acerco lo suficiente para escuchar. La mujer que habla es la jefa de recursos humanos, la otra no sé quién es y no me interesa.
—Ni que lo digas. Si mi esposo no hubiera estado para complacer mis antojos y masajearme los pies cuando el vientre avanzó demasiado, no habría sobrevivido ni deseado repetir la experiencia.
—A mí se me complica porque seré madre soltera y no tengo a nadie que me ayude. Mi madre solo me altera más.
—Eso que apenas tienes cuatro meses. Espera a llegar a los ocho.
—Acepto consejos.
—Ve a clases prenatales; ayudan más de lo que uno cree a la hora del parto, pero busca un lugar bueno. Usa cremas y aceites para el vientre, los pechos y los glúteos; masajea bien. Cuando el embarazo avance, lleva ropa interior extra y usa toallas femeninas. Te pasaré el enlace de una página donde venden cojines ergonómicos muy buenos y almohadas ideales para la última etapa. Ayudan a dormir mejor.
—Por favor. Necesito toda la ayuda posible.
La idea de interrumpir y pedir el enlace se cruza por mi mente, pero la descarto de inmediato. No socializo más de la cuenta con el personal y sé que cualquier gesto fuera de lugar terminaría generando comentarios innecesarios, algo que no deseo.
Puedo encontrar esas cosas por mi cuenta y llevárselas a Caliope, usarlas como una ofrenda de paz, demostrarle que mi intención es llevarnos bien, aunque una parte de mí sabe que hay algo más detrás de esa necesidad de acercarme y prefiero no profundizar en ello.
Salgo de la oficina con un objetivo claro y convencido de que es el único camino posible. Mostrar empatía suena razonable y, además, me permite sentir que hago algo concreto.
Subo a mi auto y me dirijo a la primera tienda donde venden artículos para embarazadas. Pido todo lo que escuché mencionar y consulto por algunas cosas más. La empleada me habla dando por hecho que entiendo cada término, lo que me obliga a asentir sin demasiada convicción.
—Esto es ideal para las embarazadas.
Miro el aparato con el ceño levemente fruncido.
—¿Un vibrador?
Ella niega de inmediato.
—No, señor. Es un masajeador de pies. También sirve para la espalda baja, que suele doler bastante durante el embarazo.
Me rasco la nuca, incómodo por el malentendido y por la sensación de estar fuera de lugar.
—Agréguelo.
Cuando confirmo que ya tengo suficientes cosas, pago y dejo que lo arreglen todo para regalo. La empleada arma una canasta grande con cada artículo.
—También podría regalarle un vale para un spa o masajes. Aunque, si sabe hacer masajes, eso ayuda mucho. Es lo que yo hubiera querido de parte de mi esposo, pero él se convirtió en un potus que dormía toda la noche después del nacimiento—suspira—. Su esposa es afortunada.
La miro sin interés en su historia personal.
—Ella no… ¿Podrían ayudarme a llevar esto al auto?
Evito aclarar la situación. No quiero repetir otro momento incómodo; ya tuve suficiente con el obstetra.
Acomodo la canasta en el maletero con la ayuda de un empleado y conduzco hasta el departamento de Caliope. Durante el trayecto pienso que quizá debería darle espacio, pero la idea no logra calmarme y, cuando estaciono frente al edificio, esa duda desaparece.
No voy a presionar. Le daré el regalo, le diré que deseo llevarme bien con ella y que quiero estar presente durante el embarazo, aunque no sea mi responsabilidad directa. Si no me cierra la puerta, lo consideraré un avance. Si lo hace, tendré que encontrar otra forma.
Dejo la canasta en el suelo y golpeo la puerta con firmeza.