Termino de revisar unos contratos legales, asegurándome de marcar lo que pienso que se debería cambiar y decido irme.
Llevo la mano al estómago, comenzando a sentir con mayor claridad las molestias del embarazo.
Me pongo de pie y comienzo a caminar hacia la salida, tomo conciencia de algo que había evitado pensar durante toda la jornada, que será la primera noche que pase completamente sola, sin George ni Iris cerca. He dormido sola otras veces, cuando George viajaba, pero ahora es distinto. Ya no existe la posibilidad de llamarlo. No habrá un mensaje tardío ni una excusa por no responder.
No es la soledad lo que me inquieta, sino enfrentarla sabiendo que esta vez es definitiva. Aun así, no tengo alternativa. Iris viaja con frecuencia por trabajo y puede ausentarse varios días cuando acepta proyectos fuera de la ciudad. Mi vida no se detendrá por eso, aunque ahora se sienta desordenada.
—¿Debo decir señora Carson o señorita Warner?
Me detengo en el pasillo y me giro hacia Rick, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.
Es evidente que llama la atención, sobre todo entre las internas más jóvenes, pero nunca se aprovecha de ello. No hay arrogancia en su actitud, solo seguridad. No dudo que haya llegado tan lejos por capacidad y constancia.
—Calíope está bien. Si está bien tutearnos.
Ríe.
—Supongo que sí. Yo detesto que me digan señor Forbes. ¿Ya te vas a tu casa?
—Sí, a menos que necesites algo más. De hecho, podría trabajar tiempo completo hasta que el embarazo me lo impida.
—¿Quieres hacerlo?
—Sí. Necesito el dinero y ocupar mi tiempo para no pensar demasiado.
Asiente sin vacilar.
—Por mí no hay problema. Los otros socios tampoco. En dos semanas los has impresionado y quieren que tomes clientes, no solo apoyo a otros abogados.
—Me gustaría, pero creo que es mejor esperar hasta después de que nazca el bebé. Si tomo clientes ahora y me necesitan durante la licencia, sería complicado. Algunos pueden ser intensos y poco comprensibles.
—De acuerdo, tienes razón. Lo iremos viendo.
Llevo la mano al estómago y contengo un eructo. Rick lo nota.
—Lo siento. Tengo acidez.
—O estrés acumulado. ¿Cómo llevas lo demás? Si puedo preguntar.
Me encojo de hombros.
—Bastante bien, en comparación con otras personas. Crecer en hogares de acogida y no depender emocionalmente de nadie me ayudó a manejar situaciones difíciles.
—Eso es una ventaja. A mí me tomó tiempo superar la muerte de mi prometida.
Abro los ojos más de la cuenta.
—Eso es fuerte.
—Ya pasaron algunos años de eso. Descansa y ven mañana en horario completo, salvo que quieras quedarte hoy.
—Tengo que firmar papeles de la casa y resolver algunas cosas, pero a partir de mañana así será.
—Perfecto. Descansa cuando lo necesites y controla esa acidez. —ríe—. No querrás una úlcera.
Entra a su oficina y continúo mi camino.
Trabajar tiempo completo me ayudará a mantener la mente ocupada y a crecer como abogada. En mi firma anterior no tuve margen para desarrollarme ni captar clientes propios. Tampoco quiero abandonar las asesorías en línea; hay personas que necesitan ayuda y puedo ofrecerla. No todo tiene que girar en torno al dinero.
George prefería que no me involucrara en esos asuntos. Decía que solo traerían problemas y que debíamos concentrarnos en nosotros, en formar una familia. Acepté porque siempre quise una familia propia. Ahora sé que no era suficiente.
Tomo un taxi y paso por la que fue mi casa para firmar los documentos. Camila me espera en la puerta con una sonrisa amable.
—Hola, Calíope. ¿Lista para firmar los papeles y despedirte?
Miro la entrada. No he vuelto desde el velorio. Iris se ocupó de retirar lo necesario, lo que quería conservar y lo que no. Aun así, el lugar sigue siendo reconocible y ajeno al mismo tiempo.
El sonido de un auto me hace girar la cabeza. Me quedo quieta al ver a Cassian bajar. No viste traje, sino ropa deportiva y la imagen me desconcierta. No es el empresario serio al que estoy acostumbrada a ver, sino alguien más cercano, más tangible, y esa percepción me irrita un poco.
—¿Llego a tiempo?
—¿Qué haces aquí, Cassian?
—Yo lo llamé —interviene Camila—. Como el dinero ingresó a su cuenta, necesito que firme los recibos para cerrar todo.
—No tengo problema —dice él—. Si ya está todo listo.
—Pasemos.
Camila entra sin detenerse. Yo me quedo en la puerta, sintiéndome insegura sin saber por qué.
—¿Estás bien? —pregunta Cassian.
Respiro hondo.
—No he venido desde… Ya no es mi casa.
Cuando toma mi mano, el gesto me sorprende. No es invasivo ni condescendiente; es firme.