El hermano equivocado

Capítulo 12: Cassian

Observo a Caliope moverse por la cocina con familiaridad mientras sirve la cena. Le sugerí ir a un restaurante o pedir algo, pero insistió en cocinar, diciendo que prefería estar cómoda en el departamento.

Hay algo en su manera de desplazarse por el espacio que me desconcierta, una naturalidad que me produce sensaciones que no debería y que, sin embargo, están ahí.

Quiero seguir creyendo que tiene una fachada para ocultar sus verdaderas intenciones, pero ya no puedo mentirme. O es sincera o es una actriz digna de un Oscar.

Agarro la copa de vino y doy un sorbo, necesitándolo más de lo que podría admitir en voz alta.

Ella acomoda un plato frente a mí, otro para ella y toma asiento.

—Pasta con verduras.

Se lleva la mano al estómago y hace una mueca leve, contenida.

—¿Estás bien? ¿Te sucede algo?

Me pongo de pie de inmediato, pero ella niega con la cabeza antes de que pueda acercarme.

—Estoy bien, solo acidez. Un síntoma raro, pero posible durante el embarazo. Dado que no había sufrido antes, puedo dar certeza que es el embarazo.

—Estás bajo mucho estrés.

—He estado bajo mucho estrés antes…

—No estando embarazada. El embarazo puede potenciar el estrés debido a los cambios hormonales y físicos.

—¿Cómo sabes eso?

Abro la boca y la vuelvo a cerrar. El silencio se alarga lo justo para dejarme expuesto.

—Yo… lo escuché por ahí. —enarca una ceja, claramente incrédula—. Lo leí por ahí —agrego, tomando el tenedor—. Comamos.

Llevo un bocado a la boca para no seguir hablando. No quiero que sepa que compré libros sobre embarazos y bebés solo para entender qué le pasa, qué necesita y qué puedo hacer. Si voy a brindarle apoyo, quiero hacerlo bien, aunque ella no deba saber eso.

Caliope no dice nada más y comienza a comer. El silencio se sitúa entre nosotros, pesado pero no incómodo del todo.

—Esto es raro —dice después de varios minutos.

—Tal vez —respondo, y reímos con suavidad—. Puedo preguntar cómo era vivir con mi hermano.

Se queda pensativa unos segundos antes de responder.

—No sé cómo responder a eso. Al principio me costó adaptarme porque no estaba acostumbrada a estar con otra persona, a compartir cosas, consultar y hablar para decidir juntos. Él era muy desordenado y eso nos generó algunas discusiones, nada grave que no pudiéramos solucionar —hace una pausa—. No era perfecto, pero me trataba bien, era cariñoso y divertido —sonríe—. Iris lo criticaba siempre porque solía olvidarse de cosas, traer algo que le pedí…

—O tu cumpleaños —digo sin pensar—. Iris lo mencionó —aclaro enseguida.

Bebo un poco más de vino.

—Sé que piensas que me dejé deslumbrar por el dinero o los regalos y que por eso no hice caso a las cuentas…

—No, eso…

—Está bien, lo comprendo porque no me conocías —se humedece los labios—, pero no fue así. Cuando lo conocí apenas estaba comenzando su negocio. Es verdad que debí involucrarme más, solo que él parecía tan seguro y confié. Fue la primera vez que un hombre me trató bien, que fue romántico y no me pidió nada más que fidelidad y amor. Con la única persona con quien siempre conté fue Iris y se sintió bien tener a alguien más.

—Te enfocaste en sus virtudes.

—Sí, y amé a tu hermano a pesar de todo. No sé cómo se habría tomado mi embarazo porque decía no estar listo para ese paso, pero creo que me habría apoyado y estaría feliz. Aunque Iris piensa que se olvidaría de las consultas médicas y me dejaría sola el día del parto.

Trago con fuerza. Una nostalgia incómoda me atraviesa. Si George estuviera vivo, estaría cenando con ella, acompañándola en este momento. Aunque Iris no se equivoca del todo.

Si mi hermano siguiera lidiando con las deudas, probablemente estaría enfocado en eso e ignorando a su esposa embarazada. No lo sé con certeza, pero la duda está ahí. Y Caliope merece algo mejor, alguien mejor.

Me obligo a dejar de pensar en ello; no quiero que parezca que me alegro de su muerte. No es así. Me arrepiento de haber sido tan duro con él y de que muriera cuando estábamos peleados.

—George estaría feliz con la noticia de convertirse en padre. —musito.

Asiente y seguimos comiendo en silencio un rato más.

—¿Y tú por qué no te casaste?

Vuelvo a tragar, cuidando de no atragantarme.

—No lo sé. No apareció la mujer indicada. Mi última relación no salió bien y, antes de ella, hubo alguien que creí que podría serlo, pero eligió a otro y lo acepté.

—Lo siento. Es duro cuando te gusta alguien y no muestra interés o elige a otra persona.

—No era el destino.

Otra vez silencio.

—Okay, esto es algo incómodo con silencios. —exclama ella—. Se supone que el plan es conocernos como cuñados, así que mejor no hablemos de George, a menos que tengas anécdotas graciosas, y háblame de tus gustos.




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