El hermano equivocado

Capítulo 13: Caliope

La cercanía de Cassian es peligrosa, no porque invada mi espacio ni porque me haga sentir incómoda, sino porque no hago nada por alejarlo y mi cuerpo tampoco parece querer hacerlo. Me descubro demasiado consciente de su presencia, de su perfume y del roce mínimo que basta para alterar mi respiración, y eso debería bastar para encender una alarma que no llega.

Trago saliva cuando la culpa se impone, recordándome que nunca reaccioné así frente a ningún hombre, ni siquiera frente a George, mi esposo muerto, el hombre que amé y con quien construí una vida que se cortó de golpe. Y, aun así, el que está frente a mí es su hermano, mi cuñado, una palabra que debería poner orden inmediato a lo que siento y no lo hace.

Lo aparto con cuidado, sin bajarme de la encimera, procurando que el gesto no delate nada más de lo necesario.

—Estoy bien. Voy a juntar los vidrios.

—No, yo lo hago —responde, pasándose la mano por el cabello.

Asiento sin insistir porque no quiero discutir ni arriesgarme a que se acerque más de la cuenta.

Le señalo dónde está la escoba y él se ocupa de limpiar mientras yo bajo y comienzo a acomodar los restos de la cena en el lavaplatos, una tarea innecesaria pero útil para mantener las manos ocupadas y la mente enfocada en algo concreto.

Cassian me observa de reojo cuando tira los vidrios a la basura y noto su atención incluso sin mirarlo.

—¿Qué?

—Dijiste que el lavaplatos estaba roto.

Sonrío, consciente de que el gesto es más defensivo que divertido.

—Mentí. Quería saber si serías capaz de lavar platos o si admitirías que nunca lo hiciste.

Se incorpora con una expresión divertida.

—Eso me ofende.

—¿Lo usas? —pregunto mientras cierro la puerta y lo enciendo.

—Por supuesto… a veces…

Aparto la mirada porque sostenerla se me vuelve difícil y no entiendo del todo lo que me provoca, solo sé que no debería sentirlo y que no está bien, que no es correcto, y que si él lo nota su concepto de mí no mejorará, además de que no quiero ni imaginar lo que pensarían sus padres si supieran lo que cruza por mi cabeza. No, definitivamente esto no está bien.

—Ya es tarde. Mañana trabajo todo el día.

—Creí que estabas a medio tiempo.

Niego con la cabeza mientras guardo la limonada, demorándome más de lo necesario en una acción simple.

—Hablé con Rick y acepté trabajar tiempo completo mientras el embarazo me lo permita. —cierro el refrigerador y tomo el valor para mirarlo a los ojos—. Me gusta el trabajo y necesito mantener la mente ocupada, sobre todo ahora que Iris estará fuera de la ciudad.

Frunce el ceño.

—¿No te gusta estar sola?

La pregunta me incomoda más de lo que esperaba, no por el contenido sino por el interés que percibo detrás, así que respiro antes de responder.

—Antes no me importaba, pero ahora me siento distinta. Quizás sea el embarazo.

Mis dedos buscan el anillo de casada de manera automática y lo giro lentamente, un gesto que repito cada vez que necesito anclarme a algo firme. Ese anillo no es solo un recuerdo ni una costumbre, es una barrera que me protege, una señal silenciosa que mantiene a los hombres a distancia y me ahorra explicaciones que no quiero dar, porque cuando lo ven retroceden, no se acercan más de la cuenta, y eso me permite moverme por el mundo sin tener que justificar mi duelo ni mi cansancio.

Iris insiste en que debería quitármelo cuando no trabajo, pero no quiero hacerlo, no mientras todavía me siento así de vulnerable, y no porque planee buscar a alguien, sino precisamente porque no quiero hacerlo.

—¿Tienes miedo de que le pase algo al bebé?

—No lo sé. Ni yo me entiendo —respondo con honestidad mientras salgo de la cocina y Cassian me sigue sin que se lo pida.

—Gracias por acompañarme hoy —añado—. Me gustaría que esta amistad dure, eres el tío de mi hijo y no quiero alejarte de él o ella.

Llevo la mano al vientre y Cassian baja la mirada, deteniéndose más de lo necesario, con una expresión que no logro descifrar del todo.

—Claro.

—¿Por qué me miras así?

Levanta la vista.

—¿Así cómo?

—Nostálgico.

Parpadea exageradamente.

—Pensaba en George, en cómo habría sido todo si estuviera aquí. Siempre quiso casarse y tener hijos, y no podrá conocer al suyo. También pienso en mi propia vida, en como sería estar en lugar de George… Me refiero a tener esposa y un hijo en camino.

Guardo silencio unos segundos antes de responder.

—Estoy segura de que conocerás a una buena mujer, alguien con quien formar una familia en algún momento.

Aparta la mirada y toma su chaqueta del respaldo del sofá. Yo evito que mi mente se vaya por un camino que no debe.

—Llámame si necesitas algo. Si te sientes mal…




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