El héroe de Kian

~17~

Sophie llegó en la tarde puntual. Tres y media. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Sencillamente impecable. Josephine miró el reloj por pura casualidad cuando escuchó el timbre y no pudo evitar sonreír con aprobación.

Estrechó la mano de Josephine con una sonrisa y cuando Kian apareció corriendo y le dio un abrazo sin previo aviso, Sophie respondió al gesto sin perder el equilibrio ni la compostura.

—¿Listo para divertirnos un rato? —preguntó ella con entusiasmo, como si estuviera inaugurando oficialmente la tarde.

—Sí, ya quiero presentarte a Rex.

Sophie sonrió, sin atisbo de molestia ni de pánico ante la perspectiva de una presentación formal con una criatura de felpa. Josephine tomó nota mental: punto extra.

Decidió entonces hacer unas aclaraciones. Un pequeño recorrido por la casa para mostrarle dónde estaba la cocina, los baños, el botiquín de emergencia, el jardín… lo más relevante. Mientras hablaba, Sophie asentía con concentración genuina. No miraba el teléfono. No rodaba los ojos. No suspiraba como adolescente resignada. Escuchaba.

Incluso sacó una libreta pequeña y comenzó a anotar.

Josephine casi se emocionó.

Apuntó la hora de la merienda de Kian, las posibles opciones que podía prepararle sin entrar en complejidades culinarias, las caricaturas favoritas y dónde estaban los vasos que no se rompían con facilidad.

Josephine estaba segura de que se pondría a estudiar todo aplicadamente apenas llegara a su casa.

—Bueno, en teoría no hay nada más que decir por ahora —dijo Josephine—. Voy a ponerme a trabajar, simplemente actúa como si yo no estuviera en casa. Obviamente si necesitas algo me puedes decir, esto es una prueba así que no temas equivocarte.

Sophie sonrió con serenidad.

—Está bien, tú relájate, trabaja y no te preocupes por nosotros.

Josephine asintió, extrañamente tranquila, y se ubicó en el sofá con el manuscrito sobre las piernas. Apenas había leído dos párrafos cuando Kian apareció con Rex en brazos y una expresión solemne.

—Mira Sophie, él es Rex, mi peluche favorito —explicó—. Pero por favor no le digas al resto que tengo un favorito.

Sophie tomó a Rex con cuidado, como si fuese un artefacto delicado de museo, lo analizó con seriedad y luego, con complicidad, dijo:

—Entiendo perfectamente por qué es tu favorito.

Kian soltó una risita conspirativa.

—¿Qué vamos a hacer?

—Bueno, tenemos cuarenta minutos de aquí a la merienda y planifiqué algunas actividades —dijo Sophie, tomando el cuaderno que había dejado sobre la mesa hace unos segundos—. Pintura.

—¿Pintura?

—Sí, con pinceles incluidos —aclaró—. Pero si no te interesa eso, podemos…

—¡Quiero pintar! —la interrumpió Kian con entusiasmo desbordado—. Dejaré a Rex con mamá.

Sophie asintió, satisfecha. Kian salió disparado hacia el sofá, donde Josephine fingió concentración absoluta en su manuscrito. Sin previo aviso, le depositó a Rex en el regazo.

—Cuídalo bien, por favor —pidió, serio.

Josephine recibió al dinosaurio de peluche como si le estuvieran confiando una reliquia nacional.

—Lo protegeré con mi vida —respondió en el mismo tono grave.

Kian asintió, conforme con el acuerdo, y regresó a toda velocidad a la mesa, listo para convertirse en artista profesional en cuestión de segundos.

—Bien —dijo Sophie, ya en modo organizadora eficiente—. Entonces vamos a preparar la mesa. Será mejor poner un cobertor para no ensuciar nada.

Josephine los miró de reojo. La verdad era que no iba a poder concentrarse en el trabajo porque quería estar atenta a todo.

Observó cómo Sophie sacaba de su mochila un mantel de plástico ya manchado, probablemente sobreviviente de múltiples batallas artísticas.

—¿Me ayudas a estirarlo? —preguntó.

—Sí —Kian tomó el otro extremo con seriedad operativa.

Ambos colocaron el mantel. Josephine sonrió discretamente cuando empezó a ver que Sophie sacaba tarro tras tarro de pintura, una amplia variedad de pinceles, esponjas y hojas.

Ella sí que había llegado preparada.

—Wow, tienes muchas cosas —dijo Kian con los ojos enormes—. ¿Puedo tocar?

—Claro que sí, puedes usar todo, pero primero hagamos algo —dijo sacando una bata manchada que parecía pertenecer a un pequeño científico creativo—. Ponte esto, así no vas a ensuciar tu ropa.

Kian obedeció sin protestar. Sophie lo ayudó con cada brazo y lo abrochó con eficiencia.

—¿Esto es tuyo?

—De mi primo, Louis —admitió—. Solemos pintar cuando va a casa así que tenemos lo necesario.

—Theodore dijo que me va a presentar a Louis.

—¿Sí? Qué bien, será genial que tengas un amigo.

Kian sonrió con esa felicidad pura que a Josephine le desarmaba el corazón.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.