El teléfono sonó en la oscuridad como si alguien hubiera abierto una herida que nunca terminó de cerrarse.
Luna tardó unos segundos en reaccionar.
No porque estuviera dormida profundamente, sino porque había aprendido a sobrevivir ignorando ciertos sonidos de la vida… esos que llegan sin aviso y cambian todo sin pedir permiso.
El cuarto estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Solo la luz tenue de la ciudad entraba por la ventana, dibujando sombras suaves sobre las paredes.
El celular vibró otra vez.
“Número desconocido”.
Luna lo miró sin moverse.
Un segundo.
Dos.
No era la primera vez que el pasado intentaba colarse en su vida disfrazado de coincidencias. Pero algo en esa llamada se sentía distinto.
Más pesado.
Más intencional.
El teléfono dejó de sonar.
Silencio.
Pero ese silencio no duró.
Volvió a vibrar.
Una vez.
Dos veces.
Como si insistiera.
Como si supiera exactamente cuándo rendirse… y cuándo atacar.
Luna se sentó en la cama lentamente.
El nudo en su pecho apareció sin permiso.
No era miedo.
Era memoria.
—No contestes… —susurró para sí misma.
Pero su mano ya se movía.
El dedo deslizó la pantalla.
—¿Hola?
Silencio.
Solo una respiración al otro lado.
No era una respiración cualquiera.
Era controlada.
Firme.
Como alguien que había esperado este momento.
El corazón de Luna cambió de ritmo.
—¿Quién es? —repitió, más dura esta vez.
Y entonces lo escuchó.
Una voz.
Baja. profunda.
Demasiado conocida.
—Sabía que ibas a contestar.
El mundo no explotó.
Se detuvo.
Luna cerró los ojos un segundo.
Como si eso pudiera borrar lo que acababa de escuchar.
No era posible.
No podía ser él.
—No… —susurró—. No puedes ser tú.
Una pausa.
Y luego, con una calma casi cruel:
—Cinco años… y sigues reconociéndome sin verme.
Luna se levantó de la cama de golpe.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, como si quisiera escapar.
—No tienes derecho a llamarme —dijo ella, intentando mantener el control—. No después de desaparecer sin explicación.
Silencio.
Pero no era vacío.
Era deliberado.
Como si él estuviera midiendo cada emoción que ella no podía esconder.
—No desaparecí —respondió él—. Solo me fui de donde no podía quedarme.
Eso la golpeó más de lo que quiso admitir.
Porque una parte de ella… todavía recordaba.
Y recordar dolía.
—No juegues conmigo, André —dijo su nombre con rabia contenida.
Al otro lado, un silencio distinto.
Más profundo.
Más humano.
—Te vi en la invitación —dijo finalmente.
Luna frunció el ceño.
—¿Qué invitación?
—La del evento.
Pausa.
—Sabía que ibas a estar ahí.
El aire en la habitación cambió.
Luna caminó hacia la ventana sin darse cuenta.
La ciudad seguía igual.
Luces. movimiento. vida.
Pero ella no.
—No voy a ir —dijo rápido.
—Ya estás yendo —respondió él.
Luna apretó los labios.
Lo odiaba.
Odiaba esa forma en la que él parecía conocerla incluso desde la distancia.