El hombre que regresó a mí

Capítulo 2 “Lo que no se puede enterrar”

Luna no volvió a dormir.

No fue la llamada.

Fue lo que dejó después.

Ese silencio pesado que no se va cuando apagas el teléfono…

porque no viene de afuera.

Viene de adentro.

El mensaje seguía ahí.

“Te estoy viendo.”

Lo había leído tantas veces que ya no sabía si le daba miedo…

o si le dolía más de lo que estaba dispuesta a aceptar.

Se levantó antes de que amaneciera.

La casa estaba en calma, pero ella no.

Nunca después de él.

Caminó hasta la cocina con pasos lentos, como si cada movimiento tuviera que atravesar recuerdos que no había invitado.

Preparó café.

Lo dejó servido.

No lo tomó.

Se apoyó en el mesón y cerró los ojos.

Y ahí fue cuando todo volvió.

No la voz.

No las palabras.

Sino él.

Un recuerdo.

Su risa.

Esa forma de mirarla como si no hubiera nada más en el mundo.

Como si ella fuera suficiente.

Como si quedarse fuera una opción.

Luna abrió los ojos de golpe.

—No… —susurró.

Pero el cuerpo no olvida lo que el corazón no ha cerrado.

El celular vibró.

No sonó.

Vibró.

Como si supiera que no debía hacer ruido.

Luna lo miró sin tocarlo.

Su respiración cambió.

Ese mismo nudo.

El mismo de hace cinco años.

El mismo día en que él se fue.

Finalmente lo tomó.

Mensaje nuevo.

Número desconocido.

Pero no necesitaba verlo para saber.

Solo una línea:

“No era una amenaza.”

Luna frunció el ceño.

—¿Entonces qué era? —murmuró, aunque sabía que no iba a responder en voz alta.

El teléfono vibró otra vez.

Como si él pudiera escucharla.

El corazón le golpeó fuerte.

No por miedo.

Por reconocimiento.

Porque André nunca hablaba por hablar.

Siempre decía menos de lo que sentía…

Luna dejó el teléfono sobre la mesa.

Caminó hacia la ventana.

El cielo empezaba a aclarar.

Un nuevo día.

Pero ella seguía en el mismo punto.

Ese donde todo se rompió sin explicación.

Cinco años atrás.

Una despedida sin despedida.

Una puerta que se cerró.

Y él… que no volvió.

El celular volvió a vibrar.

Esta vez más largo.

Luna lo tomó sin pensar.

El mensaje la dejó sin aire.

“No vayas al evento.”

El mundo se detuvo.

Por un segundo.

—¿Qué…? —susurró.

¿Cómo sabía eso?

Nadie debía saberlo todavía.

Era una invitación reciente.

Privada.

Exclusiva.

Luna apretó el teléfono.

—No tienes derecho… —dijo en voz baja, con rabia contenida—. No tienes derecho a aparecer así y decirme qué hacer.

Silencio.

Un segundo.

Y entonces…

el teléfono sonó.

Esta vez contestó.

No por debilidad.

Por necesidad.

—¿Qué quieres, André?

Silencio al otro lado.

Esa respiración otra vez.

Inconfundible.

—Que no vayas —dijo él.

Sin rodeos.

Sin suavizar.

Como antes.

Siempre directo… cuando ya era tarde.

Luna cerró los ojos.

¿Y ahora te importa lo que me pase?

Silencio.

Pero esta vez dolía distinto.

—Siempre me importó.

Eso la quebró un poco.

No por lo que dijo.

Sino por lo que llegó cinco años tarde.

—Entonces explícame —dijo ella, ahora más firme—. ¿Por qué te fuiste?

La pregunta quedó suspendida.

Como si el tiempo también quisiera escuchar la respuesta.

Pero él no respondió de inmediato.

—No puedo hacerlo por teléfono —dijo finalmente.

Luna soltó una risa amarga.

Claro. Como tampoco pudiste hacerlo hace cinco años.

Silencio.

Y luego, más bajo:

—Si voy a decírtelo… tiene que ser mirándote.

El corazón de Luna dudó.

Y eso la enfureció.

Quería odiarlo.

Quería cerrar eso.

Pero él… seguía teniendo ese efecto.

—Ya es tarde para explicaciones —dijo ella.

Pero su voz no fue tan firme como quería.

No —respondió él—. Es tarde para ignorarlo.

Silencio.

Pesado.

Verdadero.

Luna apoyó la frente en la ventana.

El vidrio estaba frío.

Como la distancia que él había dejado.

—No voy a ese evento —dijo ella.

Pero esta vez no sonó como decisión.

Sonó como prueba.

Al otro lado, André respiró.

Sí vas a ir.

Luna apretó los dientes.

No sabes nada de mí ahora.

Sé que cuando algo te asusta… finges que no existe.

Eso fue directo.

Porque era verdad.

Y él lo sabía.

Todavía.

—No me conoces —repitió ella.

Sino como quien intenta convencerse.

Silencio.

Y entonces él dijo algo que no esperaba.

Algo que no tenía que ver con el evento.

Ni con la advertencia.

Ni con el peligro.

—Nunca dejé de buscarte.

El mundo no se rompió.

Pero algo dentro de ella sí.

Luna cerró los ojos.

Fuerte.

Como si así pudiera detener lo que estaba sintiendo.

—Entonces llegaste tarde.

Y colgó.

El teléfono quedó en su mano.

Su respiración no era estable.

Su pecho tampoco.

Se giró lentamente.

Y entonces lo sintió.

No lo vio primero.

Lo sintió.

Esa presencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.