Luna no apartó la mirada.
—Dime la verdad —susurró.
No fue una petición.
Fue una exigencia.
André se quedó inmóvil frente a ella.
Como si supiera que ese momento iba a llegar…
y aun así no estuviera preparado.
—La noche que me fui… —empezó.
Luna sintió el pecho tensarse.
—No me fui solo.
El mundo se detuvo.
—¿Qué…? —su voz salió más baja de lo que esperaba.
—Había alguien más.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Luna dio un paso atrás.
—¿Otra mujer?
Dolió.
Mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—No —respondió él de inmediato—. No era eso.
Pausa.
—Era alguien que sabía de nosotros.
Luna frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Entonces explícamelo.
André respiró hondo.
Como si cada palabra tuviera peso.
—Te estaban observando, Luna.
El aire se volvió frío.
—No.
Negó con la cabeza.
—No. Eso es una excusa.
—Ojalá lo fuera.
Se acercó un paso.
—No empezó ahora. Empezó antes de que yo me fuera.
Luna sintió un nudo en el estómago.
—¿Y decidiste… desaparecer?
Su voz se quebró apenas.
—¿Sin decirme nada?
—Si te lo decía… —dijo él— no me habrías dejado ir.
—¡Porque te amaba!
El grito salió sin control.
El silencio que siguió fue devastador.
—No tenías derecho a decidir por mí —añadió, más baja ahora—. No tenías derecho a desaparecer así.
André bajó la mirada.
Pero no huyó.
—No era una decisión fácil.
—No fue tuya —lo interrumpió ella—. Fue mía también. Y no me la diste.
Se acercó.
La distancia entre ellos se volvió mínima.
Peligrosa.
—¿Sabes qué hice después de que te fuiste? —preguntó ella.
Él la miró.
Y algo en su expresión cambió.
—Te busqué.
Pausa.
—Durante meses.
Su voz empezó a quebrarse.
—Fui a todos los lugares donde podías estar… hablé con gente que apenas conocías…
Respiró hondo.
—Y nadie sabía nada.
Luna sostuvo su mirada.
—Pensé que te había pasado algo.
El golpe fue directo.
—Y luego entendí… —continuó—. Que simplemente te habías ido.
André cerró los ojos un segundo.
Como si eso le doliera más de lo que podía soportar.
—No fue así.
—Entonces ¿cómo fue?
Silencio.
—Dime que no me abandonaste —susurró Luna.
Él no respondió.
Y ese silencio…
fue peor que cualquier explicación.
Luna retrocedió.
—Vete.
—No.
Eso la descolocó.
—No esta vez —añadió él.
El aire cambió.
Se volvió más denso.
Más íntimo.
Más peligroso.
—No puedes decidir eso —dijo ella.
—No pienso volver a perderte.
Eso la golpeó.
Porque no sonó a frase bonita.
Sonó a necesidad real.
Se miraron.
Muy cerca.
Demasiado.
Y por un segundo…
todo volvió.
El pasado.
La forma en que se entendían sin hablar.
La forma en que sus cuerpos recordaban incluso lo que sus mentes intentaban olvidar.
André levantó la mano.
Rozó su brazo.
Apenas.
Pero fue suficiente.
Luna cerró los ojos un instante.
No por debilidad.
Por memoria.
—Esto no cambia nada —susurró.
Pero no se apartó.
—Lo sé —respondió él.
El espacio entre ellos desapareció.
Y entonces…
el teléfono vibró.
Ambos se separaron de golpe.
Luna miró la pantalla.
El corazón le dio un vuelco.
Nuevo mensaje.
“Ya le dijiste lo suficiente.”
El aire se volvió frío.
André tensó la mandíbula.
El teléfono vibró otra vez.
“Ahora dile lo que ella olvidó.”
Luna sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso…? —susurró.
Pero ya no miraba el teléfono.
Miraba a André.
Porque algo en su rostro cambió.
No era culpa.
No era duda.
Era miedo.
—¿Qué no recuerdo…? —preguntó.
Silencio.
Y esta vez…
André no pudo sostenerle la mirada.
Luna no apartó la mirada.
—¿Qué no recuerdo…?
Su voz fue más baja.
Más vulnerable.
Como si, en el fondo, temiera la respuesta.
André tampoco se movió.
Pero algo en él cambió.
La forma en que evitó sostenerle la mirada…
no era casualidad.
Era culpa.
—No es tan simple —dijo finalmente.
Luna soltó una risa seca.
—Contigo nunca lo es.
El silencio volvió.
Pesado.
Cargado.
—Esa noche —continuó él—… no fue como tú la recuerdas.
El corazón de Luna dio un golpe fuerte.
—¿A qué te refieres?
André tragó saliva.
—Tú no solo me pediste que no me fuera.
Pausa.
—Me hiciste prometer algo.