Dicen que con el tiempo todo pasa.
Dicen que los recuerdos se diluyen, que los nombres pierden fuerza, que las promesas rotas se olvidan.
Pero Mackenzie nunca pudo olvidar el suyo.
Justyn no fue solo un chico de instituto. Fue la sombra que arruinaba sus días, la voz que le susurraba veneno en el oído, el depredador que convertía cada pasillo en una trampa invisible. Él jugaba… y ella sobrevivía.
Cuando desapareció, creyó que era libre. Pensó que, al fin, podría respirar sin sentir su mirada en la nuca. Pero entonces llegó la carta. Una sola frase escrita con esa letra arrogante que conocía demasiado bien:
"No pienses que esto se acabó, Mackie. Un día voy a volver sólo para seguir molestándote. Es mi pasatiempo favorito. Espérame."
Ese papel se le quedó grabado en la memoria como una herida que no cicatrizaba. Juró que no lo dejaría afectarla, que, si algún día regresaba, sería diferente. Fuerte. Intocable.
Tres años después, el destino cumplió su amenaza.
Justyn volvió.
Y ya no era el mismo chico que recordaba: no solo cruel, sino magnético; no solo una sombra, sino un huracán capaz de arrasar todo lo que tocara. Ahora dormía bajo su mismo techo, respiraba su mismo aire, y cada sonrisa suya era un recordatorio de que aquella promesa nunca fue una advertencia… sino el inicio de algo más oscuro.
Mackenzie creyó que lo odiaba. Pero odiar a Justyn era como acercarse demasiado al fuego: tarde o temprano, terminaría ardiendo.