El Lago

Prologo

En otros pueblos los padres para festejar el nacimiento de sus hijos cada año los despiertan con besos y abrazos, le dan regalos, le llevan el desayuno a la cama, ¿pero en el pueblo de Taniel? Recibías un saludo de los que te apreciaban y una palmada en la espalda.

Era bien sabido que los niños de este pueblo eran entrenados por sus progenitores desde que nacían para ser luchadores. Los cumpleaños no eran más que recordatorios de que lo inevitable estaba por llegar.

Y lo inevitable le llegó a un pequeño que se encontraba sentado en el borde de su cama, con su cabeza recién afeitada sabía que había llegado el momento. A sus diez años dejaba de ser entrenado por sus padres para pasar a manos de los monsalleros. Un grupo de guerreros de élite que se encargan de preparar a los niños para su examen final.

Una última mirada a su cuarto y se dirigió hacia sus padres, estos ya le estaban esperando afuera de la casa con unos hombres, que claramente eran los mensajeros de los monsalleros. Cuando ellos aparecían era para llevar niños al campamento o dar aviso de la muerte de uno de esos niños.

—Aquí está el niño.

Un hombre de aproximadamente dos metros se inclinó hacia él y le mostró los dientes como si se tratase de un perro dispuesto a pelear, lejos de asustarse el pequeño le ignoró y miró a sus padres.

—Nos volveremos a ver en unos años.

Dicho tal despedida, se giró hacia los mensajeros y esperó pacientemente a que lo guíen hacia el campamento.

Mismo destino corrió otro niño a unas dos casas, este pequeño se encontraba sollozando en los brazos de su madre mientras esperaba a que lo vengan a buscar. Aunque todos reciben un duro entrenamiento desde bebés, había padres que demostraban amor hacia sus retoños y esa misma demostración de cariño luego se interponía en el deber que tenía todo habitante de este pueblo.

El padre de esa familia contaba con un calibre 38 en cada mano, no había mejor tirador que él en el pueblo. Con los ojos llorosos miró como su esposa lloraba abrazando a su unico hijo. Sintió impotencia al ver esas lágrimas por sus mejillas ¿de qué le servía ser un feroz guerrero si no podía proteger a su pequeño? ¿tanto luchar por el reino y no podían perdonarle la vida? era solo borrar el registro de su nacimiento.

—Esto acaba ahora.

Con determinación enfocó su mirada hacia donde estaban los mensajeros.

—No hagas una locura, por favor.

—Yo iré con ellos y me esforzaré para volver, papá.

Sin querer escuchar las suplicas de su familia salió de su propiedad hacia la calle, los mensajeros alertados de su presencia sonrieron al ver lo que tenía en las manos.

—No haga disparates, maestro.

—Recuerde que usted nos enseñó.

Con una velocidad sobrehumana uno de los hombres se puso detrás del tirador y le presiono el cañón de un arma en la parte posterior de la cabeza.

—No nos haga hacer esto. Usted sabe cómo son las reglas, si ese niño es digno hijo de usted volverá.

—Ese niño —un sutil movimiento de su mano izquierda desarmo en un segundo al mensajero— es mi vida y si tengo que matarte para salvarlo, lo haré.

Un disparo sonó y ambos luchadores se miraron desconcertados ¿en qué momento gatillaron? Un grito infantil resonó con fuerza y el maestro supo que había pasado.

En el piso yacía el cuerpo sin vida de aquella madre que lloraba por su pequeño. En su intento de salvarlo se lo llevo corriendo hacia los árboles, pero de nada sirve cuando los mensajeros que envían en busca del hijo del maestro son Monsalleros de nivel dos.

Ese niño era un diamante en bruto, al igual que el de ojos oscuros que se encontraba mirando la escena con una frialdad inigualable y una leve sonrisa.

—Lo siento, maestro, pero las ordenes son claras.



#303 en Joven Adulto
#1229 en Fantasía

En el texto hay: romance, amor, ficcion

Editado: 06.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.