10 años después...
A la orilla de un canal se encontraba un jabali dorado, este mismo estaba lleno de cortes pocos profundos y una mezcla de sangre sobre su piel. A pocos metros en los arbustos de la orilla se encontraban los tres jugadores restantes, estos portaban una lanza y una sed de sangre incontrolable.
Este juego macabro en el que participaban en contra de su voluntad era por la supervivencia de ellos mismos, no del animal.
Uno de los muchachos se abalanzó antes de que lo hagan los otros (cabe aclarar que el primero que mata al animal gana el juego), con la lanza le atravesó la pata trasera, el jabalí chillo del dolor y con una velocidad extraordinaria le arranco el brazo de un solo mordisco. Gritando de dolor el chico siguió atacándolo hasta que dio su último suspiro, el animal consagrándose ganador dejó el cuerpo mordido y ensangrentado. A estas alturas del juego ya había comido dos humanos, de seguro se encontraba lleno. Ahora solo jugaba con los cadáveres.
A los dos restantes le basto una mirada cómplice para saber cuál sería el siguiente movimiento para acabar con esa bestia. Con una sonrisa de lado uno de los muchachos comenzó con el juego, su lanza viajo a gran velocidad incrustándose en el lomo del jabalí, cuando este abrió la boca la lanza restante fue directo a su hocico. A una velocidad sobrehumana los jugadores corrieron hacia el animal, uno sacando la lanza del hocico e incrustándosela en el costado y el otro comenzó a los puños contra la cabeza del jabalí.
Minutos duró ese juego en donde el animal daba mordiscos al aire sin poder atraparlos a tiempo y ellos se divertían golpeándolo solo por goce, no pretendían matarlo, solo quería lastimarlo y demostrar quien tenía el control.
Ambos jóvenes se reían a medida que el animal se volvía más lento.
—¿Lo matamos? —miró a su compañero— ¿O mejor dejamos que sufra hasta que muera?
—El juego termina cuando muere el animal o nosotros —pasando la lengua por su dedo meñique saboreo el sabor metálico de la sangre del jabalí— y yo necesito una ducha.
—Esta vez me toca a mi —rompió con sus manos la lanza para serla más manejable— dame unos minutos —comenzó a apuñalar al animal hasta que este dejo de chillar— yo también necesito una ducha.
—Me dan miedo —se tapó los ojos con las manos— uy.
—Tú te encargaste de entrenarlos —riendo le dio un golpe juguetón con el puño— serán problema tuyo a partir de este momento.
Cuando habían llegado al campamento los dos eran muy distintos en personalidad. Uno ya parecía un soldado, sus ojos inexpresivos y su manera de imponerse ante los demás le hizo hacerse de los favoritos en muy poco tiempo. Y el otro aún era un niño, no había esperanzas de que sobreviviera, aunque fuera de familia de sangre fuerte. Ese renacuajo (así le comenzaron a llamar por ser el más pequeño de camada) lloraba a escondidas todas las noches, trataba de no golpear de más a su oponente en las clases de lucha, esquivaba matar al animal en las cacerías. Pero esa actitud de niño llorón cambio cuando se les ocurrió la brillante idea de emparejarlo con el pequeño soldado.
Desde que se les junto fueron dinamita, uno le enseñó al otro matar para sobrevivir y el otro le enseñó a controlar sus impulsos asesinos cuando la ocasión no era de vida y muerte. Ambos se complementaron, se potenciaron.
—Cree un monstruo —puso sus palmas sobre sus mejillas—. Espero que se acuerden de mi cuando sean asesinos de elites.
—¿Asesinos? —miró a su compañero con una ceja levantada y una sonrisa de lado— Nosotros formamos soldados.
—Los dos sabemos —comenzó a caminar hacia donde estaban los muchachos— que no hay diferencias.
—El fin es el mismo, ¿no?
Los alumnos miraron como su entrenador se acercaba hacia el cadáver del que era su compañero.
—¿Quién carga con el muerto? —los dos se quedaron mirando al profesor— No sean tímidos, yo no pienso cargar con eso.
—Me acabo de limpiar las manos —dijo Lars, el pequeño soldado.
—Y yo —Markoz levanto las palmas hacia el profesor Gunnar.
—Yo opino que el que mato al jabalí, debe cargar con el cadáver —agarro una rama del suelo y apunto hacia Lars— ¿Tu qué opinas mi pequeño soldadito?
—Estoy de acuerdo con la decisión, mas no con ese sobrenombre.
Gunnar hizo un mohín hacia Lars y señaló a Markoz.
—Vamos, levanta el cuerpo que ya tengo hambre.
A las doce en punto, en el campamento, comenzó el ritual por los caídos del día de hoy. Es tradición de los Monsalleros realizar cacerías de supervivencia cada seis meses para ver el progreso de sus estudiantes, muchos de los que salen no vuelven.
En este lugar la tradición pesa más que cualquier cosa.
Se encontraban todos vestidos de túnicas negras, hasta que el ritual no acabe y las capuchas sean retiradas, era imposible saber quién era quien. Los únicos reconocibles eran los cadáveres puestos en el piso, siempre que la bestia no le haya desfigurado la cara o nos los haya comido, en esos casos se les representa con imágenes.
Cada estudiante portaba una vela blanca encendida, esta simula a la persona y la llama representa la vida que tuvo. A medida que se apagaban, el portador gritaba el nombre del compañero de escuadrón que había caído, una vez culminada la última llama se daba la voz de aviso mediante una oración hacia los muertos.
Terminada la ceremonia cada uno se retira a su habitación y se le brinda una semana de descanso, donde eligen quedarse o ir a visitar a sus familias. Muchos deciden pasar el receso en el campamento debido a que no provienen de familias donde se alegren de verlos volver cada seis meses, prefieren verlos cuando ya sean consagrados como Larnos. Estos son los soldados que protegen al reino, son superiores en fuerza y agilidad a cualquier ser común y corriente. Si aprueban el rito, se consagran y salen del campamento.