Desde el ventanal de cristal a prueba de balas, la ciudad de Chicago se extendía como un tablero de juego iluminado, un imperio que Petros, con puño de hierro y una sonrisa gélida, confundida con hospitalidad y cortesía de su origen griego, había expandido más allá de los sueños de su padre.
El aire en la habitación del pent-house olía a cigarrillo y el humo creaba un densa atmosfera. La oficina llena con el poder tácito de dos hombres apretaba, pero todos en la estancia sabían con certeza que el poder yacía en manos de Petros Andrakis, el mayor de los hermanos, no por con su contextura, ni mucho menos por su personalidad, sino por la simple razón de ser él quién levanto el imperio Andrakis, y la quietud que tenía sumido a todos era nada para él. Su creciente ira helada se volcó a la otra persona cerca de él, su hermano.
Nikos, parado en el centro de la alfombra persa, sentía ese mismo aire como si fuera ácido. Casi una risa oscura creciendo en él, llevaba el mismo corte de pelo, el mismo traje a medida de los sastres de la familia, pero frente a su hermano mayor, siempre se sentía como un niño disfrazado.
—No es una negociación, hermano —dijo Petros, volviéndose lentamente. Su voz era suave y profunda—. Es una oportunidad. Un nuevo comienzo si lo deseas ver así.
—¿Oportunidad? —Nikos escupió la palabra, incapaz de contener el temblor de rabia que llevaba semanas sintiendo—. Me exilias. Me destierras y humillas. Llámalo como quieras. Y todo por él. —señaló con gesto violento a la otra persona que para Nikos robaba el aire del despacho y de su casa.
En el rincón, junto a la chimenea apagada, Edmundo bajó la mirada de la escultura abstracta que estaba examinando. No se defendió. Su presencia allí, silenciosa e inamovible, era la prueba viviente por la cual el hermano menor de Petros le acusaba. No podía irse y no quería irse. Así que aceptaba el gesto de odio de Nikos.
—Es por la estabilidad de esta familia —corrigió Petros, sus ojos oscuros, del color del café cargado fijos en Nikos—. Por su futuro. —. Nikos se burló, pero Petros continuo—. Tú cuestionaste una alianza. Cuestionaste mi juicio en el único asunto que no está, y nunca estará, sujeto a votación.
Nikos quiso reírse, una alianza. Así le llamaba. No «el hombre por el que mataría y moriría». No «el amor que me ha hecho ver el mundo en colores que no sabía que existían». Petros siempre encontraba las palabras que convertían el caos en destreza, la pasión en política. Nikos lo había admirado por eso. Ahora lo despreciaba. Ahora quería hacerle ver a su hermano que se equivocaba, que estaba cometiendo un error, pero sus cartas fallaron y está pagando el precio.
—Tu juicio —replicó Nikos, avanzando un poco a su hermano— nos ha hecho vulnerables. Todo Chicago sabe que ese —señalo a Edmundo— es tu punto débil. Y según las reglas, que déjame te recuerdo, tú mismo escribiste es un lujo. Y en nuestro negocio, los lujos se pagan con sangre.
Por un instante, la máscara de Petros se resquebrajó. Nikos pensó que por fin Petros entraba en razón, pero no, solo lo miro con ojos que hace mucho no veía. No era ira, sino con algo peor, una lástima profunda, casi paternal. Como si su hermano supiera lo que es el amor paternal. Nikos hizo una mueca. Padres. Claro, ni él y Petros sabían lo que eran desde hace tanto tiempo. Y odiaba esa mirada.
—Ahí está tu error, Nikos. Pensar que es una debilidad —dijo, y por primera vez, su mirada buscó a Edmundo, un movimiento privado que Nikos tuvo que ver—. Es mi mayor fortaleza. Pero tú no puedes entenderlo. Tu lealtad es al negocio. La mía ha cambiado.
Cambiado. Caramba. Ni que fuera ropa o joyas. Nikos negó. Su hermano estaba perdido, ya no podía hacer nada. Bueno, los capitanes se hunden con sus barcos. ¡Que así sea! Mas la humillación quemó como fuego en las venas de Nikos. No solo lo desplazaban; si no que lo despreciaba por no comprender, según Petros ¿el amor? Nikos rio por dentro, el pobre tipo no sabría cuando su hermano lo desechara y él estaría ahí para decirle ¡te lo dije! Aunque lo relegaban por ser demasiado… él. Demasiado del mundo que ellos mismos habían construido. Y en poco o más palabras Nikos es el resultado de la crianza dura de la vida de la ciudad.
—Mykonos —anunció Petros, como si estuviera dando la guía para un viaje de placer—. La villa frente al mar. La vista es incomparable. Tendrás un ingreso generoso, discreto. Supervisarás ciertos… envíos desde el Mediterráneo oriental. Una posición de respeto.
Un mayordomo. De un gerente glorificado, de un puesto que lucho y venció miedos y caídas. ¿Le ofrecían la rama una servil?, su hermano estaba loco si pensó que él haría algo así.
—¿Y si me niego? —El desafío sonó hueco incluso en sus propios oídos. Sabía la respuesta. Los dos hombres de seguridad, silenciosos como sombras junto a las puertas, no estaban allí por decoración.
Petros sonrió, la expresión de un hombre que ya ha ganado y puede permitirse tal amabilidad.
—No te niegas. Eres un Andrakis. Y los Andrakis entendemos el valor de la perspectiva. La distancia a veces aclara la vista. —Se acercó, poniendo una mano en el hombro de Nikos. Un gesto era firme, fraternal, una presión teñida de afecto—. Ve. Enfría esa sangre caliente. El Egeo templará tu carácter. Y recuerda… —su voz bajó a un murmullo que solo Nikos podía oír—, siempre serás mi hermano. Pero mi paciencia, como el trono de nuestro padre, no tiene copropietarios.
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Editado: 10.02.2026