El avión aterrizó en Atenas con un ruido de motores que imito el humor de Nikos Andrakis, que solo puede ver a través de la ventana ovalada, con los murmullos del personal del avión. Cerrando los ojos, Nikos trata de enfocarse en sus pensamientos llenos de turbulencias, que ni el mismo vuelo sufrió. Durante unos segundos, mientras el avión rodaba por la pista, Nikos se permitió la ilusión de que nada había cambiado. Que al abrir los ojos volvería a ver la ciudad de luz, cariño y poder que es Chicago, no el blanco y el azul deslumbrante del Mediterráneo. Se aferró a ese engaño infantil, como quien retiene el aliento antes de sumergirse en el agua. Cuando el cinturón se liberó y los motores callaron, supo que es hora de despertar, todo había terminado.
Se levantó de su asiento y caminó por el pasillo hasta la puerta que un miembro del personal ya mantenía abierta para él. El aire cálido y cargado de salitre, que para muchos era un abrazo de bienvenida, para él olía a una derrota. Con solo dar unos pasos fuera del avión y bajar la escalera, sintió el peso del error. Su exilio dorado era una jaula de oro con vistas al Egeo. Para ese momento, toda Europa meridional conoció su nueva estancia. Su derrota a manos del amante de Petros sería contada como un chisme para el café de la tarde, igual que las conversaciones de las señoras durante el té en Inglaterra.
Salir del aeropuerto no fue nada difícil, un auto negro estaba esperándolo con el mayor activo por el momento. Las maletas desaparecieron en la parte trasera del auto y arrancó directo a su nueva cárcel. El camino lleno de árboles y una que otra casa de campo vista cuando entraron al camino de las zonas privadas fue el golpe de realidad. Que todo es real. Que su nombre es un chiste. Su poder, ahora prestado, cubierto por la sombra de Petros.
—Señor, todo está listo para su llegada. —la voz, igual que en sus años más joven, hizo que Nikos sonriera un poco. Su nueva cárcel tenía un espía. Petros pensó que dejar a Hermes en la casa de sus padres le molestaría. Un gran ingenuo es lo que era. O posiblemente el idiota de Edmundo convenció a Petros de dejarle a Hermes, sea como sea, no estar solo en esa vieja casa es algo bueno.
Bajo del auto y la villa era, como Petros había prometido, impresionante. Blanca, cúbica como la mayoría, con una vista sobre el azul del Egeo. La briza le hizo sentir una bienvenida que no sabía a nada. El viento meltemi azotaba los setos de buganvillas, meciéndolas, dando un espectáculo hermoso que en otro momento lo hubiera amado, ahora todo lo que parecía perfecto, caro, delicado era visto desesperadamente vacío.
Entro a la casa, nadie podía negar que no cumplió su condena. Solo al entrar un desfiles de empleados de todas la edades le saludaron. Nada era suyo. Desde la mujer de más edad como la ama de llaves, como el chico que dijo que era el nuevo curador, estaban bajo su mando. Todos eran ojos y oídos para Petros, o Edmundo, cualquiera que sea el caso, nada que haga pasaría sin ser comunicado a su hermano mayor.
—La habitación de la sala este es para usted. —. Hermes tomo las llaves que la ama de llaves mostro, y dejo que Nikos subiera las escaleras.
—Vamos, Hermes. —dijo Nikos, con voz suave pero firme y grave.
Nikos miro a todos por sobre sus hombros, y se repitió que esto era momentáneo, pronto se podría ir. Pronto tendría un lugar propio.
La habitación espaciosa, con gran ventanal y completamente igual a como la dejo antes de irse a Chicago. Nikos sonrió, sus pequeñas piezas de madera, los pequeños coches, que son la réplica de sus homólogos ahora los tenía Petros bajo llave en el sala de exhibición, en la casa de la ciudad.
Los pequeños porta retratos de sus padres, aunque Nikos jamás se llevó bien con ellos, tampoco es que le guardar rencor absoluto, un padre que velaba por salvar y levantar un impero que la mayoría lo tenía los italianos, difícil. Una madre que pasaba más tiempo en salas de café, y desayunos contemporáneos para damas de la sociedad, también comprensible… o eso se decía. Su infancia en esa casa solo es él y su hermano, junto a Hermes y el viejo Lujan.
—Espero que todo esté en orden, señor. —siempre la voz con deje amable y una pizca de cariño.
—Hermes, todo está bien. —. Nikos abrió las cortinas blancas y miro el hermoso mar—. Gran vista para perderse, verdad Hermes.
—Lo es señor.
—Meditar las culpas, según mi hermano.
—Es bueno la meditación, señor. —recalcó con voz simple.
Nikos rio sardónico—. Lo que Petros llama expirar culpas, yo le llamo idiotez humana. Lástima que esta vez fui yo. Déjame solo, Hermes.
Con la salida del hombre, Nikos tomo un pequeño descanso. Esta semana es para acoplarse, ver que podía controlar en la casa y que claramente no estaba en sus manos. No paso mucho para que Nikos notara los patrones de la casa, la ama de llaves y sus horarios, la mayoría de las sirvientas y sus rotaciones, incluso Hermes salía cada tres días, por orden de la ama de llaves. Los autos de la casa no se movían si no era por la mano del chofer que Nikos sabía trabajaba para Petros. Los comestibles una lista clara y precisa que se repetía cada dos semanas, algunos eran traídos del puerto. Las telas que Nikos siempre se quejó que picaban, eran llevadas a lavar otra vez con Hermes, nunca volvían.
«Patético.»
Nikos nunca diría que la protección de Petros es irracional. Pero si su cárcel era vigilada 24/7, mínimo sería bueno sacar ventaja. Nikos pasaba las horas en la terraza con una taza de café, mirando el horizonte. La rabia no se había enfriado ni mucho menos menguado; es su combustible, la había condensado en una bola de hielo en su pecho. Cada amanecer sobre el mar era un recordatorio de que estaba lejos de casa. Cada brisa salada le susurraba el dolor y el exilio. Cada sonido de las aves llenaba su vacío y alimentaba su ira.
#5035 en Novela romántica
#1260 en Novela contemporánea
romance oscuro +18, lgbt+ romance / gay romance / mm romance, mafia romance / crimen organizado
Editado: 10.02.2026