Nikos continúa haciendo su trabajo en la casa de sus padres. Reporta los informes de ganancias —y también las pérdidas— a Petros. Sabe que debe crear alianzas, como establece el código de la familia. Pero la familia, ahora, la tiene Petros.
El informe, pero no como los otros, llegó un martes por la mañana, en un sobre de papel Kraft como si hubiera viajado en la bodega de un barco. Nikos lo reconoció antes de abrirlo. El sello de Davidson Coop era discreto, casi invisible. Un abogado que no existía en ningún directorio oficial, cuya firma ocupaba tres plantas en un edificio sin placa en el Pireo y cuya lealtad se compraba más caro que la de Petros, pero también más honesto, ellos no simulaban afecto. Crueles y directos.
Hermes dejó el sobre en la bandeja de plata junto al café y se retiró en silencio. No preguntaba desde hacía quince años. Solo dejaba los sobres y esperaba. Nikos esperó a que la puerta del estudio cerrara por completo.
Dentro veintitrés páginas estaban guardadas. No las leyó en orden. Buscó primero los nombres, como un hombre que husmea en la oscuridad tanteando paredes. Papadopoulos. Aparecía tres veces. La última, en una nota a pie de página con información detallada.
Roumellos Papadopoulos confirmado para subasta privada. Villa Doria, Nápoles. 17 de septiembre. Objetos de navegación antigua. Posible interés en lote 14 (astrolabio, s. XVI). Fuente no verificable. Discreción requerida.
Nikos dejó el papel. Miró el mar, por las ventanas grandes del despacho. Tres semanas en Mykonos. Veintitrés días de café, informes que ya no firmaba, y la mirada llena de lástima de sirvientes que reportaban a Chicago cada vez que cambiaba de habitación. Veintitrés noches despierto, contando las olas como otros cuentan ovejas, escuchando el silencio que antes, en Chicago, nunca existía.
Veintitrés días haciendo lo que Petros esperaba.
Y ahora esto.
Nápoles. No era una invitación. Era un camino, una nueva luz. Y él llevaba tres semanas ciego, tanteando paredes en una celda con vistas al paraíso.
—Hermes.
El hombre apareció en menos de diez segundos. Llevaba años anticipando órdenes, lo vio con ojos profundos.
—Dígame, señor.
Nikos no apartó la mirada del ventanal. El meltemi había vuelto, encrespando el Egeo en pequeñas crestas blancas. Las buganvillas se retorcían contra la fachada como queriendo arrancarse de raíz.
—¿Cuánto tarda un vuelo comercial de Atenas a Nápoles?
El silencio que siguió de Hermes era más elocuente que cualquier palabra.
—No lo sé, señor. ¿Desea que lo averigüe?
—No.
Nikos se volvió. Sus ojos, oscuros como el café sin leche que descansaba intacto sobre la mesa, encontraron los del mayordomo. Hermes no desvió la mirada. No lo hacía desde que Nikos tenía once años y acababa de descubrir que su padre no volvería a casa.
—Quiero saber cuánto tarda un hombre en salir de esta isla sin que nadie pregunte —dijo Nikos—. Sin jets. Sin escoltas. Sin dejar rastro.
Hermes asintió, una inclinación leve, casi imperceptible como siempre lo hace. — ¿Tiene algún armador en mente, señor?
Nikos miro directamente a Hermes y sintió algo. No era orgullo. Hacía semanas que el orgullo era un lujo que no podía permitirse. Era otra cosa. confianza, quizá. Hermes no había preguntado por qué. Sino el cómo. Esa era la diferencia entre un empleado y un hombre leal. Sonrió.
—Kostas Markopoulos —dijo Nikos—. Puerto de Rafina. Barcos de carga de medio calado. Le hice un favor en Chicago. Él lo recuerda.
Hermes asintió de nuevo. Salió sin hacer ruido, como una sombra que ha aprendido a no molestar desde hace mucho.
Nikos volvió al ventanal, el mar, pensó, no debería ser tan silencioso.
Poco menos de tres horas, Hermes volvió y dijo que Markopoulos aceptó. Nikos solo se dijo que por supuesto que aceptó. Jamás le negaban sus deudas.
En estos momentos Nikos no recordaba exactamente el favor que Markopoulos le prometió, pero si lo que hizo por él, algo sobre un cargamento retenido en el canal de San Lorenzo, aduanas canadienses con los dedos demasiado largos, y un socio local que había olvidado que la lealtad se paga antes que el dinero. Había hecho una llamada. O quizá dos. El problema desapareció. Markopoulos, a cambio, le debía una.
Once años después, la deuda seguía viva. El momento de cobrarla llegó.
El barco se llamaba Aetos. Águila. Una ironía que Nikos apreció sin sonreír. Cargaba aceite de oliva y telas hacia Salerno. Un camarote vacío en la cubierta superior, discreto, sin nombre en la puerta. La salida es el viernes a las tres de la mañana y llegada el domingo, a las seis de la tarde.
Nikos no dijo nada, salvo a Hermes. En su recamara, Hermes preparaba las ropas que usaría. Las ordenes son claras, silencio para a Petros. No dijo nada a la ama de llaves, cuyos informes sabía que viajaban a Chicago cada noche.
—Señor…
—Usted se queda —dijo Nikos la noche antes de irse, anticipando las palabras de ese hombre.
Hermes, por primera vez en quince años, dudó.
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Editado: 28.02.2026