La Villa Doria olía a dinero viejo, todos son de la vieja escuela, ideales, valores.
Nikos lo notó en cuanto cruzó la puerta, olor a madera encerada, a libros que nadie lee, hermosos adornos nada más. A flores cortadas que se reemplazan antes de que empiecen a marchitarse. Un olor que conocía bien. El olor de las casas donde el dinero lleva tantas generaciones que ya no se menciona.
La sala de subastas ocupaba lo que antes había sido un salón de baile. Arañas de cristal colgaban del techo artesonado, encendidas a media potencia para crear esa penumbra cómplice que hace que la gente puje de más. Sillas de terciopelo granate alineadas en semicírculo frente a un estrado. Caballetes con los lotes expuestos. Gente de traje oscuro que hablaba en susurros, como si estuvieran en una iglesia.
Nikos se situó en la última fila. No quería ser visto. No quería llamar la atención. Quería solo ver.
Buscó a Papadopoulos entre los asistentes, pero no lo encontró. Quizá llegaría tarde. Quizá la información era errónea. Quizá todo este viaje había sido una apuesta estúpida, un salto al vacío.
O quizá, pensó, el vacío es justo lo que necesitas.
—Señores, damas, bienvenidos.
El subastador había tomado posición en el estrado. Un hombre enjuto, de esmoquin impecable, con esa voz grave que parece pedir disculpas por tener que rebajarse a hablar de dinero.
La subasta comenzó.
Nikos no escuchaba. Dejaba que las palabras fluyeran a su alrededor como el rumor de un río. Mapas portulanos. Cartas náuticas del siglo XVII. Brújulas de bolsillo con las rosas de los vientos desdibujadas por la sal de siglos.
Hombres perdidos, pensó. Todos ellos. Hombres que miraron al cielo para saber dónde estaban.
El lote 14 tardó cuarenta minutos en llegar.
Cuando el subastador anunció el astrolabio, Nikos sintió un tirón en el pecho. Allí estaba. Latón envejecido. Brazos calados. La rosa de los vientos erosionada pero reconocible. No era un objeto. Era una pregunta.
—¿Quién soy? —murmuró Nikos sin darse cuenta.
—Buena pregunta.
La voz llegó desde su izquierda. Nikos giró la cabeza.
Un hombre estaba sentado dos filas más adelante, ligeramente ladeado, como si llevara toda la noche esperando a que Nikos hablara para poder responder. Traje gris, oscuro, pero no negro. Pelo claro, casi rubio, peinado hacia atrás. Perfil anguloso. Manos quietas sobre el catálogo, como si no necesitaran moverse para existir.
No lo había visto entrar.
—Perdón —dijo Nikos, cortante.
El hombre no se disculpó. Solo esbozó algo que no llegaba a sonrisa y volvió la mirada al estrado.
—Lote 14 —anunció el subastador—. Astrolabio. Venecia, siglo XVI. Base de latón. Brazos calados con motivos astrológicos. Procedencia: colección privada, familia Contarini. Pujas partiendo de quince mil euros.
Nikos levantó la mano. —Dieciséis.
Alguien al fondo gritó diecisiete.
El hombre del traje gris, sin volverse, levanto su paleta y dijo dieciocho.
Nikos frunció el ceño. No conocía a ese hombre. No recordaba haberlo visto en ninguna de las listas de asistentes que Davidson Coop le había conseguido. Y, sin embargo, allí estaba. Pujando por el mismo objeto.
—Veinte.
—Veintiuno.
—Veintidós.
—Veinticinco —dijo Nikos, en voz alta, mirando fijamente la nuca del desconocido.
El hombre no se volvió. Pero Nikos vio cómo un músculo de su mandíbula se tensaba. Casi imperceptible.
—¿Alguna puja superior? —la voz del subastador, expectante.
Silencio.
—Lote 14, vendido. Al caballero de la última fila.
Nikos no supo si sentía alivio o inquietud. El astrolabio era suyo. Pero el hombre del traje gris se había retirado justo cuando el martillo golpeaba la mesa. Sin aspavientos. Sin mirar atrás. Como si nunca hubiera estado interesado.
Como si solo hubiera querido saber si yo seguiría pujando.
No aparó la mirada hasta que ese desconocido se perdió entre la gente y las puertas de salida de la sala de subastas. Los demás artículos pasaron sin que él se diera cuenta. Cuando todo termino se acerco al podio y el maestro de ceremonias le comento los métodos pago y de envió, decidió esperar por su objeto y luego irse. Nikos no quería quedarse más de lo necesario, y si podía todo el mismo día mejor.
La terraza de la Villa Doria daba a un jardín interior, cerrado, silencioso, con una fuente de piedra que no echaba agua. Nikos salió a fumar, aunque no fumaba.
El astrolabio estaba en una caja, bajo el brazo. Pesaba más de lo que parecía.
—Felicidades.
La voz era la misma. Nikos se volvió.
El hombre del traje gris estaba apoyado en la barandilla de la terraza, a unos metros, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el jardín seco. Como si hubiera estado allí toda la vida. Como si Nikos fuera el intruso.
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Editado: 06.04.2026