Tres días después la maleta estaba hecha, y Dante le llamaba para recordarle todo de nuevo. Silas solo asintió, aunque Dante no podía verlo. Su itinerario estaba hecho por el mismo loco que llamaba hermano, Dante sonrió cuando le mando la imagen por WhatsApp. Silas pensó que la aerolínea está más loca, los asientos en clase ejecutiva eran ridículo, el vuelo no es largo, pero sí, Dante jamás salía como un simple turista, aunque lo fuera.
—Y recuerda, Casa Praga, pregunta por mis amigos.
—Lo hare. Te veo después.
—¡Lo harás!
Dante colgó.
Silas tomo su taxi y partió directo al aeropuerto. En el corto trayecto pensó en varias formas de acercase a Nikos, un hombre que realmente se ganaba su apodo, ejecutor. Si los contactos de su tío eran correctos, Nikos no solo es una cara bonita, sino también peligroso. La vida de los Andrakis crecía y perecía a partes iguales.
Silas tenía muchos huecos de la historia de como el hombre de su interés llego a estar confinado en Grecia, sabía de la traición al hermano, del amante que no se sabe mucho, una mancha en la familia Andrakis según las fuentes de su tío; Dante por otro lado decía que el amor es el amor, así que no es de ayuda.
El vuelo no duro mucho, casi una hora, Silas se la paso leyendo la carta para escoger su snack, según Dante era mejor algo salado y jugo de tomate. La chica del equipo abordo le sonrió y le menciono a Dante, según él, Silas será cuidado por ella y otros chicos. Silas solo negó internamente, no quería ser enemigo de Dante, por lo visto su amigo tiene amistades en todos lados.
Cuando bajo del avión y tomo su maleta de mano, supo que no había vuela atrás. Llamo al Auto-Card, para que le llevaran su vehículo al aeropuerto.
—Señor, en quince minutos estaremos allí.
—Está bien.
Un ping en su celular hizo que Silas lo volviera a ver, un mensaje de Dante.
Espero que llegaras con bien, recuerda Casa Praga, es la mejor, guiño, guiño.
Silas levantó una ceja, ¿Qué demonios? Por el amor de todo lo santos, él no es un niño. Negó con impaciencia.
—Señor, Brennan. —. Silas miro al hombre, alto y moreno, muy guapo con las llaves de su auto nuevo. —. Un convertible rojo, espero le guste.
Silas sonrió y sus ojos brillaron. Un convertible muy lindo, rojo, algo clásico de Dante. Su amigo tiene un elegante gusto, lástima que no conduzca.
Rápidamente se fue a la famosa Casa Praga, hermosa, detenida en el tiempo, con corredores bellos, y parecida a la hacienda.
—Casa Praga, el que da al jardín interior, habitación número ocho. —repitió Silas. Mirando la entrada. Observo como una señora de edad impreguntable. —Buenas tardes, soy amigo de Dante…
—Oh amigo de mi hijo, pasa, pasa. Es tan lindo que Dante nos dé propaganda.
Silas parpadeo, obviamente esa señora no es la madre de Dante. —Me dijo habitación ocho.
—Sí, la ocho, con el jardín interior, es la misma que él escoge cuando llega por estos lugares, él es tan lindo. Sabes que nos ayudó con el policía local, un abusivo.
—Me imagino.
—Tan lindo mi niño.
Silas se desconecto de las palabras de la señora, se notaba que amaba a su amigo de verdad, y solo podía tener la cara de Dante en su mente sonriendo con suficiencia, rayos.
—La cena es la cinco, cariño.
—Gracias. —. Silas entro a su habitación, pintoresco, fue lo primero que se le vino a la mente. No era nada rustico ni moderno, equilibrio. Algo que reconocer a su amigo. Si, Silas siempre piensa que Dante es algo inusual.
La mañana lo saludo con el hermoso sol de italiano napolitano, es el día, Silas se tomo su tiempo para arreglarse, y dejar su cabello lo mas presentable posible. Cuando llego al recibidor de Casa Praga, la señora le saludo y le dejo un desayuno hogareño mas café en una taza pequeña, el color ‘café’ de la taza decía ‘hola’ así que Silas solo siguió el ritmo de la gente.
Con la hora marcada, salió en su coche, tenía que recorrer la ciudad para poder llegar al edificio donde se haría la subasta, se miro por ultima vez en el espejo y asintió. Es el momento.
La sala de subastas olía a madera encerada y a dinero que no necesita justificarse. Silas ocupaba la penúltima fila, un ángulo suficientemente para ver los gestos de los pujadores, y lo suficientemente lejos para no ser visto si no quería.
Llevaba veinte minutos fingiendo interés en un mapa portulano del siglo XIV cuando el hombre entró. No hizo ruido. No llamó la atención. Simplemente apareció en la última fila. Traje oscuro, pero no el azul marino de los banqueros, ni el negro de los funerales. Un traje de hombre que sabe que puede permitirse no ser elegante porque ya lo es por naturaleza.
Silas no volvió la cabeza. Usó el reflejo de la vitrina que protegía el lote 12.
Nikos Andrakis.
No era más alto de lo que esperaba. Tampoco más bajo. Pero había algo en la forma de sentarse —recto, con los hombros ligeramente tensos, las manos quietas sobre el catálogo— que delataba a un hombre acostumbrado a mandar, aunque ahora no mandara sobre nada.
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Editado: 06.04.2026