[***]
Tres días después de la subasta, Nikos seguía en Nápoles.
No era prudente quedarse tanto tiempo. Cada hora que pasaba aumentaba el riesgo de que Petros descubriera su ausencia. Hermes enviaba mensajes crípticos —«Todo en orden, señor»— pero la tranquilidad de su mayordomo no era suficiente. Nikos sabía que debía volver. Y, sin embargo, no podía.
No hasta saber más.
No hasta saciar su hambre de más.
El informe de Davidson Coop llegó el miércoles por la mañana, en un sobre de papel amarillo que alguien había deslizado bajo la puerta de la habitación alquilada. Nikos no pregunto a nadie como llegó, solo lo abrió con las manos temblorosas atribuidas al café recién hecho.
Trece páginas. El sobre tenía el grosor correcto para esa cantidad de páginas, blancas como la nieve con tachaduras largas de color negro como carbón.
La primera página contenía el nombre, Silas Brennan. Nacionalidad: británica. Fecha de nacimiento: 15 de noviembre de 1989, 36 años. Estado civil: soltero. Sin hijos. Sin antecedentes penales. Sin empresa registrada a su nombre. Sin propiedades conocidas. Aparece en tres transacciones offshore entre 2018 y 2021 como intermediario no verificable. Nada más.
Nada más. Sin dirección. Sin historial laboral. Sin fotografías. Sin antecedentes. Una biografía de tres líneas para un hombre que, según los datos financieros que Davidson Coop había podido rastrear, movía cantidades de dinero que harían llorar a los directores de los bancos suizos.
La segunda página enlista las Empresas vinculadas: ninguna a nombre propio. Consultoría externa para [lista de diecisiete nombres, todos ellos fondos de inversión con sede en paraísos fiscales].
La tercera: Propiedades: ninguna registrada en Reino Unido. Residencia habitual desconocida. Se le ha visto en Roma, Londres, Ginebra y París en los últimos dos años.
Las páginas cuatro a trece: Nada.
Nada. Nada. Nada.
Nikos leyó el documento dos veces. Nada. Eso era peor que un historial criminal. Un criminal tiene debilidades. Tiene enemigos. Tiene un rastro.
Un hombre sin rastro no tiene nada que perder. Y los hombres sin nada que perder eran los únicos que Nikos había aprendido a temer.
Davidson Coop, los mismos que habían encontrado la dirección del socio oculto de un cártel en menos de cuarenta y ocho horas, no habían podido reunir más que un nombre, una fecha de nacimiento y una lista de empresas fantasma.
Nikos cerró el informe. Lo dejó sobre la mesa, junto al astrolabio.
No es nadie, pensó. O es alguien que ha pagado mucho dinero para que nadie sepa quién es. Ambas posibilidades eran inquietantes. Pero una lo era más que la otra. Ocultar quien es su mundo hace una gran diferencia, y ser nada en su mundo es simplemente una perdida de tiempo y recursos.
Su teléfono vibró. Número desconocido. Con el prefijo del país romántico, Italia. No solía contestar números desconocidos. Era una regla que había aprendido— se decía a sí mismo —Los que te llaman sin estar en tu agenda o son enemigos o son estúpidos.
Ambos se evitan.
Pero esta vez, no sin saber por qué, deslizó el dedo.
—¿Dígame?
—Nikos. Qué alegría que conteste.
La voz era grave, pausada, con un acento inglés que se notaba, aunque las palabras fueran en italiano. —Silas— Nikos lo reconoció al instante. Había pasado tres días dándole vueltas a esa voz en su cabeza, y ahora estaba allí, en su oído, como si nunca se hubiera ido.
—¿Cómo consiguió mi número? —preguntó Nikos. No había sorpresa en su tono.
—Un amigo en común. Pero no se preocupe, no le he vendido a nadie. Solo lo uso para emergencias.
—¿Qué emergencia?
Silas hizo una pausa. Nikos oyó el ruido de fondo en la línea: platos, conversaciones, el bullicio de un restaurante.
—Ninguna, en realidad. Quería invitarlo a cenar. Hay un sitio cerca de la Piazza del Plebiscito que sirve pescado como los dioses. Y pensé que quizá —otra pausa, más breve— le interesaría hablar de negocios.
—¿Qué clase de negocios?
—La clase que no necesita que le vigilen.
El silencio se instaló entre ellos. Nikos apretó el teléfono con más fuerza de la necesaria.
Sabía. Él sabía.
Por supuesto que sabía. No podía ser coincidencia. El inglés sabía quién era, sabía de Petros, sabía del exilio. Y ahora lo invitaba a cenar para hablar de negocios.
—¿Por qué yo? —preguntó Nikos.
—Porque está aquí. Porque compró un astrolabio como si necesitara encontrar el norte. Porque —la voz de Silas se volvió más baja, más íntima— creo que usted y yo tenemos algo en común.
—¿El qué?
—No nos gusta que nos digan lo que podemos hacer.
Nikos no respondió, no era necesario. Pero tampoco colgó, seguir escuchando la respiración de Silas le hacía algo.
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Editado: 23.04.2026