El Lobo del Egeo

Capítulo 7: Bajo el Cielo

El ferry atracó en Mykonos pasadas las once de la noche. Nikos suspiró. Había llegado a casa. No, a su cárcel de oro.

El día anterior, antes de tomar el ferry de vuelta, había enviado un mensaje a un número que aún no guardaba en su agenda:

Estudio la operación. Hablamos cuando vuelva.

La respuesta llegó antes de que el barco zarpara. Breve. Seca. Como todo en ese inglés.

Lo espero.

Nikos apagó el teléfono y lo guardó en el bolsillo. Miró el horizonte, hacia el este, hacia la isla blanca que lo esperaba con sus buganvillas y sus sirvientes chismosos. El viento frío de la noche lo trajo de vuelta a la realidad.

Bajó solo, con el menor ruido posible. La mochila al hombro. El astrolabio bien sujeto bajo el brazo. Caminó por el muelle sin levantar la cabeza, cruzó la callejuela donde Hermes había dejado el coche, arrancó el Fiat negro y condujo sin luces hasta el descampado.

La noche oscura y sus brillantes estrellas era todo lo que Nikos podía ver. Las luces pasar del camino. Los árboles. Las pequeñas cosas que la isla podía mostrar. Aparcó y luego, a pie, por el sendero que bordeaba los muros de la villa. La verja trasera estaba abierta. Entró por la cocina. No había nadie; todos debían estar ya dormidos. Subió las escaleras sin hacer ruido. Llegó a su habitación sin ningún problema. Cerró la puerta.

Solo entonces, a salvo, Nikos respiró hondo. Dejo su mochila oculta en el ropero de su habitación, no se extraño de ver la lampara encendida, muy probable Hermes la dejaba así para hacer parecer que él estaba ahí esos días.

Dejo el astrolabio sobre la repisa de la chimenea apagada. Su reflejo en el latón le devolvió la mirada de un hombre distinto al que se había ido siete días atrás.

Decidió tomar una ducha rápida, y sin ropa, después de secarse bien, se lanzó a su cama. Durmió mal. O sencillamente no durmió. Dio vueltas en la cama con la imagen de Silas grabada en la mente. Traje gris, su media sonrisa, la forma en que había dicho "Lo espero" como si supiera que Nikos no iba a desaparecer.

Cuando el sol empezó a colarse por las rendijas de la persiana, se rindió. A pesar de lo cansado que se sentía no pudo dormir. Se levantó. Se duchó otra vez y se afeitó, no podía levantar sospechas. Bajó a la cocina antes de que el personal despertara y preparó café solo, el mismo que tomaba en Chicago, el mismo que Hermes traía en bandeja cada mañana.

Miro la taza humeante y salió a la terraza. El viento ya menos helado le despeinó el cabello, las buganvillas se retorcían contra la fachada. El mar, allá abajo, era una mancha de tinta negra bajo un cielo que empezaba a mostrar sus bellos colores. No le quedo más que ver la pintura que se mostraba ante sí y apoyó los brazos en la barandilla. El café quemaba sus palmas a través de la taza.

Esto no es un retiro, pensó. No es una cárcel. Es una base de operaciones.

Dio media vuelta y se encamino a su despacho. Tenía mucho por hacer. Enfrascado con sus pendientes y sus tareas del día al día, apenas noto la entrada del personal, que por todo y nada pasaban a tocar su puerta. Cuando la ama de llaves apareció con su sonrisa llena de lástima, Nikos ya estaba acostumbrándose, no levanto la mirada ya que con el portátil abierto y una docena de ventanas mostrando gráficos de flotas mercantes, rutas de contenedores y movimientos portuarios. La mujer preguntó si necesitaba algo. Negó con la cabeza. Ella asintió, incómoda, y se retiró.

Que reporte a Chicago, —pensó Nikos—. Que diga que el lobo herido sigue en su jaula, dócil y derrotado.

Le restó importancia. Hermes entró al mediodía. No con el desayuno —ya era demasiado tarde para eso—, sino con una bandeja de café recién hecho y un plato de frutas que Nikos no tocó, ni miró.

—Señor —dijo, dejando la bandeja sobre la mesa—. ¿Ha dormido?

—Suficiente.

Nikos no levantó la vista. Sus dedos volaban sobre el teclado, verificando puertos, cruzando nombres, buscando cualquier grieta en el documento que Silas le había dado. El Pireo. Salerno. Marsella. Barcelona. Todo cuadraba. Todo era real.

Demasiado real.

—¿Algo más, señor? —preguntó Hermes.

Nikos levantó la vista. Lo miró. A sus manos arrugadas, a su postura recta, a sus ojos que lo habían visto nacer y caer y levantarse. Hermes su confidente de niño y ahora ya de adulto una herramienta confiable, no, una persona segura.

—Sí —dijo—. Quiero que sepa que lo que estoy haciendo no es una locura. Es un plan.

Hermes asintió.

—Nunca dudé de usted, señor.

—Petros sí. —aun el rencor se filtraba en su voz. — Así es como termine aquí, una jaula.

Hermes solo lo miro, y su voz sonó más vieja que nunca— Ha olvidado que las jaulas, señor, tienen puertas.

Nikos sonrió. Casi invisible.

—Las jaulas tienen puertas —repitió—. Y las puertas, Hermes, tienen llaves.

El resto del día lo pasó encerrado en el estudio. La ama de llaves llamó a la puerta dos veces más para preguntar si quería comer. La primera, Nikos no respondió. La segunda, gruñó algo que ella interpretó como un "no" y se fue.




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