Nikos miró su maleta, el personal esta vez sabía que saldría, Hermes iría con él, la ventaja de salir dentro del país. Una locura que él mismo estaba haciendo.
Dos semanas de estar en casa tenía que volver a salir, pero Atenas es una ciudad grande, hermosa y llena de historia. Una excusa muy creíble. Además, no estaba preso realmente.
La ultima llamada con Petros, este lo resalto. —No te mande a casa para que te encerraras en tu caparazón, sal, eres aun joven. — Nikos quiso arrancar la pantalla de la computadora y estrellarla. Como se atrevía a decir esas tonterías.
—Señor.
—Hermes, ¿ya tienes listo tu equipaje?
—Sí, señor. También la estadía está reservada.
Nikos no contestó, y solo arrojo un suéter a la maleta.
—¿Termino su maleta por usted señor? —comentó comprensivo Hermes.
—Esta bien. —. Nikos se sentó en la cama y miro su celular. Tenía el restaurante y la hora para verse con Papadopoulos. Aunque la llamada fue corta y clara, no está preocupado por nada. Ese hombre parecía ser capaz de ver más allá de lo pasaba.
El viaje a la capital, Petros no lo tomaría a mal. Tal vez pensaría que fue por placer. Aunque él sabía que no iba solo por placer. Sino por negocios —al menos, no por los negocios que Petros aprobaría—. Saldría por la reunión con Papadopoulos y porque Silas le había enviado un mensaje con una dirección y una hora.
"Hay detalles que no pueden discutirse por teléfono. Ni por mensaje. Lo espero."
Nikos había leído el mensaje cinco veces antes de responder. Cada vez, su pulgar había dudado sobre el teclado. Cada vez, había ganado la curiosidad.
Ahora estaba allí, con las maletas en la cama, un viejo mayordomo fiel, y claramente un hermano desde lejos tratando de ver que haría en la capital de Grecia.
—Salimos hoy en la tarde noche, señor. El helipuerto tendrá todo listo.
Nikos cerró los ojos, ahora viajara mejor, trataría de descansar un poco. —Me avisas tres horas antes de irnos, Hermes.
—Si señor.
El sueño que no tuvo en toda la noche por fin le llego, navego entre la conciencia y el estupor de la vigilia, el sueño lo venció y le llevo a imágenes que no sabía que podía tener. Deseos que no sabía que podía albergar. Pero despertó cuando el sonido de la voz de Hermes le llegó a lo lejos.
Nikos vio sus maletas cerca de la puerta. La mirada seria de su mayordomo a la espera que él esté listo.
—Tres horas, señor.
Se levantó de la cama y se fue al baño, se bañó rápido cuando salió su ropa de viaje esta en la cama, lista, un traje fresco de pantalón ancho y camisa de tres botones de lino. No tardo mucho. Una hora antes de lo previsto la avioneta estaba ya en el helipuerto de la casa. El piloto un hombre que Nikos apenas había visto dos o tres veces estaba revisando la nave. Una inspección de rutina, listo para despegar.
Plaka le dio la bienvenida, con un cielo nocturno como manto, abajo los colores, la vida vibrante, las personas seguían su rutina. Se ajusto su cinturón de seguridad cuando noto a Hermes tensó, sonrió, ya estaban por descender a lo que sería su casa por unos días. Había rentado una villa privada neoclásica en Plaka, con vistas hermosas, piscinas, incluso un pequeño laberinto de cipreses.
—Llegamos, señor— la voz de Hermes fue baja, y Nikos escucho un suspiro de alivio. Parece que el viaje a su viejo empleado no le agrada mucho.
—Eso veo. Tengo que prepararme. Te encargo todo.
—Si, señor.
Nikos bajo de la avioneta y rápidamente camino hacia la entrada de la villa, la pista de aterrizaje no estaba lejos, cuando paso las puertas dobles de bambú y malla, noto atrás de ellas las puertas dobles de madera maciza. Le gustó.
El personal de la villa lo recibió y le mostro la habitación principal, Nikos asintió a todo, no prestó atención a nada, para eso estaba Hermes. Entro a su habitación amplia y con un balcón con vistas a la piscina y el pequeño laberinto atrás de ella. Miro la hora, tenia el tiempo justo para su cena con Papadopoulos. La villa contaba con autos y motos para su uso. Decidió llevar un auto pequeño e ir al lugar pactado para la cena.
El restaurante estaba en el corazón de Plaka, escondido en una callejuela que ningún turista encontraría por casualidad. Nikos llegó puntual, con un traje oscuro—Hermes lo había elegido, "para impresionar, señor"— y la certeza de que estaba a punto de sentarse frente a un hombre que podía cambiar su futuro.
O destruirlo.
Miro todo el lugar, las mesas eran redondas, pequeñas, arrinconadas contra las paredes de piedra. La iluminación temblaba en el centro, proyectando sombras hermosas sobre los manteles de lino blanco. El restaurante estaba casi vacío. Las pocas mesas ocupadas lo estaban por parejas que hablaban en susurros, como si el lugar exigiera discreción.
Y Roumellos Papadopoulos ya estaba sentado.
Nikos lo reconoció al instante, aunque nunca lo hubiera visto en persona. Las fotos —las pocas que existían— no le hacían justicia. Roumellos, era más alto de lo que Nikos esperaba. Más delgado. Había en él una calma que no transmitía tranquilidad, sino más bien despertaba el sentido de supervivencia. Como la quietud del mar, con la certeza que hay algo abajo, esperando, como un tiburón que flota en aguas profundas, ahorrando energía para el momento exacto del ataque.
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Editado: 23.04.2026