El Lobo del Egeo

Capítulo 9: Mecanismos de Confianza

Los rayos del sol se colaron por las persianas de bambú y le golpearon los párpados de Nikos con la insistencia de un despertador que no podía aplazar. Gruñó. Se giró. Enterró la cara en la almohada. Pero la luz seguía allí, implacable, recordándole que el mundo no se detenía solo porque él quisiera seguir durmiendo.

—Son las diez de la mañana, señor.

La voz de Hermes llegó desde algún lugar de la habitación. Nikos no abrió los ojos. No quería ver el día. No quería enfrentarse a otra jornada de llamadas falsas, informes vacíos.

—Hay llamadas en espera —continuó Hermes, imperturbable—. Su hermano ha llamado dos veces. También algunos abogados. Y una muy interesante.

Nikos frunció el ceño sin levantar la cabeza.

—¿Interesante? —Su voz salió ronca, rasposa, como si llevara días sin usarla—. Hermes, todo lo dicho antes no me interesa. ¿Qué hace que la última sea un misterio?

Hermes no respondió de inmediato. Nikos imaginó su sonrisa, esa sonrisa pequeña y sabía que el viejo mayordomo se permitía cuando sabía algo que su señor no. Se incorporó de la cama. Las sábanas de hilo egipcio se enredaron en sus piernas, como si intentaran retenerlo. La habitación era grande, luminosa, con paredes encaladas y vigas de madera vistas. La cama con dosel. Un armario de roble macizo. Un balcón que daba al pequeño laberinto de cipreses y, a la piscina de agua turquesa.

Suya, pensó. Por unos días.

Hermes volvió a aparecer en el marco de la puerta con la bandeja del desayuno en las manos. Café. Tostadas. Mermelada de naranja. Un plato con frutas frescas que Nikos sabía que no tocaría.

Se levantó de la cama y caminó derecho al balcón con los brazos apoyados en la barandilla de piedra, la mirada perdida en el laberinto de cipreses.

Noto a su sirviente con una sonrisa. —. La villa está en venta, señor.

Nikos se volvió lentamente.

—¿Qué?

—La villa —repitió Hermes, imperturbable—. Esta villa. El agente inmobiliario me llamó esta mañana. Los propietarios actuales han decidido vender. Buscan a alguien que... —hizo una pausa— aprecie la propiedad.

Nikos parpadeó.

La villa. La que había alquilado por unos días porque necesitaba un lugar que no oliera a Petros, que no le recordara a su padre ni a su madre muertos. La que tenía terrazas con vistas a la Acrópolis, un laberinto de cipreses que aún no había explorado, una piscina de agua turquesa que prometía noches de verano bajo las estrellas.

—¿En serio? —preguntó, y su voz sonó más joven de lo que quería. Más esperanzada.

—El agente estará aquí a la una de la tarde para la reunión, señor. He tomado la libertad de confirmar su asistencia.

Nikos soltó una risa corta. Sorprendido. Casi feliz.

—¿Siempre tan eficaz, Hermes?

—Siempre, señor. —Hermes inclinó la cabeza—. Su café se enfría.

Nikos volvió a entrar en la habitación. Cogió la taza humeante y bebió un sorbo. El café quemó su lengua, pero no le importó.

—Una villa —murmuró, mirando el vapor que se elevaba de la taza—. En Atenas. ¿Qué diría Petros?

—Con todo respeto, señor —dijo Hermes, y su voz tenía un deje de ironía que Nikos rara vez escuchaba—, ¿le importa?

Nikos lo miró. A sus manos arrugadas. A su postura recta. A sus ojos que lo habían visto nacer y caer y levantarse.

—No —dijo, y la palabra sonó más firme de lo que esperaba—. Ya no.

Hermes asintió. No dijo nada más. Solo se quedó allí, de pie, esperando la siguiente orden.

—Prepara la reunión —dijo Nikos—. Y averigua todo lo que puedas sobre los propietarios. Quiero saber por qué venden. Quiero saber si hay trampa.

—Ya lo hice, señor. —Hermes sacó una carpeta delgada de debajo del brazo, donde la había tenido todo el tiempo—. Todo está en orden. Los propietarios son una pareja de ancianos que desea volver a su tierra natal, en Creta. No tienen deudas. No tienen problemas legales. Solo quieren vender.

Nikos cogió la carpeta. La abrió. Hojas impresas, fotografías de la villa desde ángulos que no había visto, planos, certificados de propiedad.

Todo en orden, pensó.

El resto de la mañana lo pasó en el despacho de la villa, con el portátil abierto y el teléfono pegado a la oreja.

Llamadas con abogados —los suyos, no los de Petros—, que le confirmaron que no había ningún impedimento legal para que un Andrakis comprara una propiedad en Grecia sin el permiso explícito de su hermano. Correos, y la respuesta de Davidson Coop, que le enviaron un informe actualizado sobre los Papadopoulos, lleno de datos aburridos y confirmaciones de lo que ya sabía. El ultimo que iba a recibir de ellos.

Y una videollamada con un hombre al que no veía desde Chicago. Un socio menor, de esos que Nikos había protegido cuando nadie más lo hacía. Ahora, el hombre le ofrecía un trato. Nada ilegal. Nada que Petros pudiera objetar. Solo un pequeño porcentaje de una empresa de logística en Marsella.

—Es poco, Nikos —dijo el hombre a través de la pantalla, con su acento italoamericano que Nikos había aprendido a ignorar—. Pero es tuyo. Sin ataduras. Sin condiciones.




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