El congreso de medicina duró tres días. Jakobo Laurent solo recordará uno.
Llevaba veinti y seis horas sin dormir cuando llegó a la conferencia de neuropediatría. No porque no pudiera dormir -podía hacerlo en cualquier superficie plana desde el tercer año de residencia- sino porque el vuelo desde Lyon había aterrizado a las tres de la mañana y a las siete ya estaba de pie tomando café malo en el vestíbulo del hotel.
No era su especialidad. La neuropediatría era territorio de Aniha Moreau, pero ella aún no existía en su vida. Él solo había ido porque su jefe le había dicho "oye, Laurent, te toca a ti representarnos" y Jakobo, que a los treinta y dos años ya tenía reputación de decir que sí a todo lo que no fuera completamente estúpido, había dicho que sí.
La sala de conferencias olía a perfumador de hambiente y a café recalentado. Jakobo se sentó en la última fila, junto a la puerta. Por si necesitaba huir.
La primera ponente no consiguió que nadie dejara de mirar el reloj. La segunda tampoco.En la tercera, una mujer de bata blanca subió al estrado sin portátil, sin diapositivas, sin ningún papel.
-Soy Aniha Moreau -dijo-. Y voy a hablarles de por qué estamos tratando a los niños como si fueran adultos pequeños.
Jakobo levantó la vista.
No era guapa. Tenía "presencia" Cuando hablaba, la sala se quedaba en silencio. No porque ella pidiera silencio. Sino porque lo que decía era más interesante que cualquier otra cosa que pudiera estar pasando en la habitación.
Habló veinte minutos. Sin apuntes. Con datos, con historias, con una forma de mirar al público como si estuviera contándole un secreto. Cuando terminó, la sala aplaudió. No el aplauso cortés. Un aplauso real.
Jakobo no aplaudió. Se quedó mirándola.
Y ella, en el momento exacto en que recogía su botella de agua, levantó la vista hacia la última fila.
Se miraron. Dos segundos. Nada más.
Luego ella bajó del estrado y empezó a responder preguntas.
*****
Después de la ponencia hubo un descanso para café. Jakobo no tomó café. Se quedó junto a la ventana del pasillo, con las manos en los bolsillos, fingiendo que miraba la calle.
No estaba mirando la calle.
Estaba muy cansado para sosiabilisar.
-Neurocirujano, ¿verdad?
La voz llegó desde su izquierda. Aniha Moreau estaba apoyada en la pared de al lado, con una taza de té en las manos.
Jakobo se giró.
-¿Se nota?
-Te sentaste en la última fila -dijo ella-. Junto a la puerta. Con el teléfono en la mano. Eso no es alguien que quiere aprender. Eso es alguien que quiere poder huir si la ponencia es aburrida.
Jakobo sonrió a pesar de sí mismo.
- Y por qué está en tu acreditación -dijo ella,señalando la tarjeta que colgaba de su cuello.
-¿Siempre lees así a la gente?
-No -dijo Aniha- Solo a los que se sientan en la última fila. Los de primera fila ya los tengo ganados.
-¿Y los de la última?
Aniha bebió un sorbo de té. Lo miró por encima de la taza.
-Esos hay que conquistarlos.
Jakobo no supo qué responder. Ella lo dejó flotando un segundo. Luego sonrió.
-No te preocupes. No muerdo. A menos que me lo pidas.
Jakobo se rió. No una risa cortés. Una risa de verdad.
-Eso fue...
-¿Inapropiado? -dijo ella.
-Iba a decir "inesperado".
-Las dos cosas pueden ser verdad.
Aniha se apartó de la pared. Ajustó la bata blanca sobre los hombros.
-Cenamos esta noche.
No era una pregunta.
-¿Así, sin más? -dijo Jakobo.
-Llevo tres congresos seguidos comiendo sola frente al televisor del hotel -dijo ella-. Necesito una conversación que no sea sobre protocolos de sedación.
-No sé nada de pediatría.
-Mejor -dijo Aniha-. Así tendré algo que contarte.
Y se fue antes de que él pudiera decir que sí o que no.
Jakobo se quedó junto a la ventana, con las manos todavía en los bolsillos, viéndola alejarse.
Sonrió. Y no supo por qué.
****
Cenaron en un italiano pequeño cerca de la plaza principal. Las servilletas eran de papel. Había una luz amarilla y cálida que hacía que todo pareciera menos importante de lo que era.
Aniha pidió pasta. Jakobo, ensalada.
Ella miró su plato como si acabara de descubrir una especie en extinción.
-Ensalada -dijo-. En una pizzería. ¿Eres feliz, al menos?
-La felicidad es un constructo social.
Aniha arqueó una ceja.
-Dios mío. Eres de "esos".
-¿De cuáles?
-Los que leyeron medio libro de filosofía en la facultad y nunca se recuperaron.
Jakobo se rió. Incómodo, pero genuino.
-Fue un libro entero.
-Aún peor.
Jakobo alargó el tenedor y le robó un trozo de pasta del plato. Ella lo miró. No con enfado. Con algo que parecía sorpresa y respeto al mismo tiempo.
-Acabas de cruzar una línea -dijo Aniha.
-¿Cuál?
-La línea de "no me toques la comida". Es sagrada.
-¿Más sagrada que la línea de "no me diagnoses la personalidad por lo que como"?
Aniha se quedó callada un segundo. Lo pensó.
-Sí -dijo-. Mucho más.
Jakobo le robó otro trozo. Ella no hizo nada. Solo lo miró, con una sonrisa que no terminaba de decidir si mostrarse.
-Eres valiente -dijo Aniha-. O tonto. Todavía no lo decido.
-¿Puedo ser las dos cosas?
Aniha apoyó la barbilla en la mano. Lo miró como si fuera un problema de matemáticas interesante.
-Esa es la mejor respuesta que me han dado en meses.
No fue una cita. Fue una conversación de dos personas que saben lo que hacen y deciden, sin decirlo, que esa noche no quieren estar solas.
Hablaron de trabajo. De por qué ella había elegido pediatría y él neurocirugía. Hablaron de viajes, de libros, de ciudades donde les gustaría vivir.
No hablaron de parejas anteriores. No hablaron de heridas. No hablaron de nada que pudiera romper la burbuja.
A las doce y media, el dueño del restaurante les dijo amablemente que tenían que cerrar.