Tres años después del congreso. Dos años y medio viviendo juntos. Seis meses de casados.
Aniha se despertó antes que él, como siempre. No porque Jake durmiera más —el hombre podía funcionar con cuatro horas de sueño— sino porque a ella le gustaba verlo dormir.
Era la única vez que Jake no resolvía nada, no pensaba en trabajo, no se preocupaba por nadie. Solo era él. Y eso le gustaba.
Aniha se apoyó en el codo. Lo miró.
Jake abrió un ojo, perezoso.
—¿Cuánto llevas mirándome? —preguntó.
—Doce minutos.
—¿Los has contado?
—Necesitaba una cifra exacta para el divorcio.
—¿El divorcio tiene un límite de minutos?
—Sí. Trece minutos mirando roncar a tu cónyuge es causal suficiente.
—Menos mal que solo fueron doce.
—Por un minuto no te divorcias, Laurent. Pero estás advertido.
Él volvió a cerrar el ojo, hundiéndose un poco más en la almohada.
—¿Tengo que ir a trabajar?
—Lo sé, tampoco quiero ir —dijo acurrucándose a su lado.
—Debería levantarme.
Silencio. Ella no dijo "deberías". Él no se levantó.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Jake, todavía con los ojos cerrados.
—¿Cómo?
—Como si fuera a desaparecer.
Ella se quedó callada. Un segundo más de lo normal.
—A veces pienso que todo esto es demasiado fácil.
Jake abrió los ojos.
—¿Fácil?
—No pelearnos por dinero. No odiarnos después de tres años. No querer matarte cuando roncas.
—No ronco.
—Roncas como un camión —dijo divertida.
—¿Yo? Yo no ronco.
—Haces ruido de motor. Con la boca. Mientras duermes. Eso es roncar.
—Qué mentirosa —Jake se giró hacia ella, atrapándola por la cintura—. ¿Y tú qué haces mientras duermes?
—Nada. Duermo como una princesa.
—Hablas, princesa —la besó en los labios, con una lentitud que amenazaba con retrasar la mañana—. La semana pasada dijiste " Tenemos que comprar la comida del perro". en mitad de la noche..
Aniha se quedó callada un segundo.
—Eso es un hecho. No es hablar.
—Ni siquiera tenemos perro.
—Los hechos siguen siendo hechos, esté yo consciente o no.
—Sos insoportable.
—Y sin embargo me elegiste.
—Todavía me pregunto por qué.
—Porque soy encantadora.
—Eso tampoco está confirmado.
Aniha sonrió triunfante.
Jake la observó unos segundos, la comisura de su boca se elevó apenas.
—Claramente tomé malas decisiones.
Aniha soltó una risa.
Jake negó con la cabeza y desapareció camino al baño.
La cocina olía a café y a pan tostado. Jake le puso el plato delante con una precisión casi quirúrgica: el durazno cortado en un costado, el yogur con granola en un tazón. La fruta estrictamente separada. A ella no le gustaba mezclado; Jake insistía en que en el estómago todo se iba a entreverar igual, pero ya no discutía. Se lo preparaba como a ella le gustaba.
—Gracias —Ania estiró el cuello, pidiéndole un beso.
Él se inclinó y le robó uno rápido antes de mirar el reloj de la pared.
—Es miércoles.
—¿Y?
—Y vamos tarde.
—Mierda. Creí que era martes.
—Aún tenemos tiempo, An.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
Desapareció por el pasillo camino a la ducha.
Jake asomó la cabeza por el pasillo.
—Si no demoras dos horas en la ducha, llegamos a tiempo.
—No responderé a eso porque hoy te amo.—grito desde la puerta del baño.
Silencio breve. Luego el ruido de una puerta que se cerraba.
Jake dejó la taza.
—¿Ah sí? También te amo y quisiera llegar a tiempo al hospital.
Aniha apareció en la cocina con el cabello todavía húmedo y una expresión que indicaba que estaba a tres minutos de declararle la guerra a alguien.
—Jake ¿Viste mis llaves?
—En el bolsillo derecho de tu abrigo.
—No están.
—Entonces fíjate en el izquierdo.
—Jake.
—¿Qué?
—Las busqué en ambos. No están.
Jake levantó una ceja.
—¿Qué abrigo?
Aniha abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—El negro.
Aniha soltó un suspiro dramático y desapareció por el pasillo.
Jake cerró los ojos.
Sonrió para sí mismo.
—Las encontré. Llegó la voz de Aniha desde el fondo del pasillo.
—Vamos.
—No quiero ir.
—Yo tampoco.
—Entonces quedémonos.
Jake pareció considerarlo.
Unos minutos después salían de casa
La mañana estaba fresca. El tráfico ya comenzaba a llenar las calles.
Jake conducía con una mano sobre el volante mientras Aniha revisaba mensajes en el teléfono. Una notificación dibujo una sonrisa en su rostro.
—¿Te acordás de Leo? El niño de seis años.
Jake asintió, escuchando sin dejar de mirar el parabrisa.
—Abrió los ojos unos segundos esta mañana.
—Eso es bueno.
—Sí. Su mamá me preocupa. Está devastada.
—Lo imagino. No debe ser fácil ver a tu hijo así.
—Su madre Ema le habló todo el tiempo.Como si pudiera escucharla.
Jake desvío los ojos del camino un momento hacia Aniha
—Tal vez pueda.
Aniha sonrió.
—¿Vos creés?
—No lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero si fuera yo, me gustaría que alguien me siguiera hablando.
Aniha guardó el teléfono.
—¿Tu cirugía de hoy es complicada?
Jake asintió.
—Resección de tumor intramedular.
Ella guardó el teléfono.
—Vas a hacerlo bien.
Jake la miró. No porque necesitara escuchar esas palabras. Sino porque venían de ella. Y eso las hacía diferentes.—Gracias.
El hospital apareció unas cuadras más adelante. Enormes paredes de cristal. Movimiento constante. Ambulancias entrando y saliendo. Personas apresuradas.
Su segundo hogar. O quizás el primero.
Jake estacionó. Apagó el motor.
Durante unos segundos ninguno hizo ademán de bajar. Era algo que ocurría a menudo. Como si ambos necesitaran unos instantes antes de cruzar la puerta.
Aniha abrió la puerta.
—Nos vemos para almorzar.
—Sí —afirmó mientras acomodaba su mochila. La besó. —Te amo.
—Te amo. Nos vemos en el comedor.