Eran las diez de la noche y todavía hacía calor para esa época del año.
Jake estaba tirado en el sofá con el portátil apoyado sobre las piernas.
La televisión encendida frente a él reproducía una serie que no estaba mirando. La taza de café sobre la mesa ya estaba fría. Y desde hacía aproximadamente veinte minutos comparaba hoteles, vuelos y fechas imposibles de coordinar con dos agendas médicas.
Escuchó el agua detenerse en el baño.
Unos minutos después, Aniha apareció por el pasillo.
Llevaba una camiseta enorme que probablemente era de él, el cabello húmedo y esa expresión de cansancio que intentaba disimular desde hacía semanas.
Se dejó caer a su lado.
—¿Qué hacés?
—Mirar cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
Aniha giró la cabeza lentamente.
—¿Qué tipo de cosas?
—Cosas mías.
Ella arqueó una ceja.
—¿Cosas tuyas? Desde cuándo existen las cosas tuyas, Laurent.
Jake intentó cerrar el portátil.
Aniha fue más rápida.
—Jake.
—No.
—Mostrame
—No.
—Jake.
—Aniha.
—Jake.
—No.
Ella cruzó los brazos.
—Te juro que si no me mostrás...
—¿Qué?
—Todavía no lo sé. Pero va a ser grave.
— Que amenaza poco convincente.
La sonrisa de Jake apareció antes de que pudiera evitarla.
Giró el portátil.
Aniha observó la pantalla unos segundos.
Un resort frente al mar.
Agua turquesa.
Piscina infinita.
Una habitación con ventanales enormes abiertos al horizonte.
—¿Te vas a fugar?
—Lo estoy considerando
Aniha le dio un golpe suave en el hombro.
—Qué suerte que me casé con un hombre tan romántico.
—Hago lo que puedo.
Ella volvió a mirar la pantalla.
—¿Desde cuándo organizás viajes?
—Desde que dijiste que necesitabas una semana sin ver un hospital.
Aniha soltó una risa.
—Eso fue hace meses.
—Lo sé.
Jake se giró para verla mejor.
Sus ojos recorrieron su rostro apenas un instante.
Lo suficiente.
—Solo creo que estás cansada.
La sonrisa de Aniha vaciló un poco.
—Estoy bien.
—Ajá.
—Lo estoy.
—An.
Ella soltó el aire lentamente
—Hoy fue un día difícil.
Jake no dijo nada.
Solo esperó.
Aniha bajó la vista y comenzó a enrollar el borde de la remera alrededor de un dedo.
—¿Vos creés que Ema va a poder? —preguntó Aniha en voz baja.
Jake bajó la vista hacia sus manos.
—¿Poder qué?
—Seguir. Si Leo sale adelante, seguir siendo la madre de un niño que pasó por todo esto. Y si no sale adelante... seguir viviendo.
El silencio se instaló unos segundos entre ellos.
—No lo sé —admitió Jake.
—Yo tampoco.
Aniha se acomodó mejor contra él.
—Pero la miro y pienso que puede hacerlo. Pienso que es más fuerte de lo que cree.
Jake asintió despacio.
—Probablemente.
—Y después pienso que yo no podría.
Esta vez Jake giró la cabeza para mirarla.
—No tenés por qué pasar por algo así.
Aniha soltó una risa breve.
—No es eso.
Volvió a mirar la televisión sin verla realmente.
—A veces pienso que si algún día tenemos un hijo...
La frase quedó suspendida.
Jake no respondió enseguida.
Aniha sintió cómo su cuerpo se tensaba apenas.
—¿Algún día? —repitió él.
—Sí.
—Eso sonó peligrosamente específico.
Aniha levantó una ceja.
—Estamos casados.
—Lo sé.
—Llevamos años juntos.
—También lo sé.
—Entonces dejá de actuar como si te hubiera pedido un bebé para mañana.
Jake soltó una risa por la nariz.
—¿Qué querés que diga?
—La verdad.
Él se quedó pensando.
—No sé.
Aniha lo miró.
—Eso tampoco es verdad.
—¿Qué cosa?
—Que no sepas.
Jake apoyó la nuca contra el respaldo.
—Aniha...
—No. Te conozco. Cuando no sabés algo me das una explicación de veinte minutos. Cuando decís "no sé" es porque sí sabés y no te gusta la respuesta.
Jake soltó una exhalación.
—Eso es manipulación emocional.
—Y está funcionando.
Èl se rio.
Después volvió a quedarse serio.
—Me da miedo.
La sonrisa de Aniha desapareció.
—¿Qué cosa?
Jake tardó varios segundos en responder.
—Todo.
Ella no habló.
—Me da miedo no estar. Que tenga fiebre a las tres de la mañana y yo esté operando. Perderme cosas importantes. Llegar tarde.
Aniha escuchaba.
—Y también me da miedo quererlo demasiado.
Ella parpadeó.
—¿Demasiado?
Jake asintió.
—Veo cosas todos los días que no puedo controlar. Enfermedades. Accidentes. Padres que hicieron todo bien y aun así perdieron a alguien.
Su voz bajó apenas.
—No sé si podría soportar vivir con ese nivel de miedo.
Aniha permaneció en silencio.
—¿Sabés qué creo? —dijo finalmente.
Jake la miró.
—Que nadie está listo.
—Eso no es muy tranquilizador.
—Todavía no terminé.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Creo que llega un momento en que el amor pesa más que el miedo.
Jake bajó la vista.
—¿Y si no pasa?
—Va a pasar.
—¿Cómo estás tan segura?
Aniha tomó su mano.
—Porque te conozco.
Los dedos de Jake se cerraron alrededor de los de ella.
—Yo también tengo miedo —confesó Aniha.
—¿Sí?
—Claro que sí.
Lo dijo como si fuera obvio.
—Veo a Ema y pienso que podría ser yo. Pienso en todo lo que puede salir mal.
Jake levantó la mirada.
—¿Y entonces?
Aniha sonrió.
—Entonces quiero vivir ese miedo con vos.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Y si soy un mal padre? —preguntó él.
Aniha soltó una risa suave.
—La gente que se hace esa pregunta suele preocuparse demasiado como para no intentarlo bien.
—No es una garantía.