Jake llegó a las once, más tarde de lo que había avisado.
Aniha escuchó la puerta de entrada.
Cerró el libro y sonrió para sí misma.
Por fin.
Se levantó del sofá.
—Pensé que ibas a...
La frase murió a mitad de camino.
Jake dejó las llaves sobre el mueble de la entrada.
Ni siquiera levantó la vista.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Aniha cruzó el salón.
—¿Jake?
Él alzó la cabeza e intentó sonreír. No lo consiguió.
Intentó sonreír.
No lo consiguió.
Aniha no preguntó nada.
Simplemente se acercó.
Jake apoyó una mano en su cintura y la atrajo hacia él.
Después enterró la cara en su cuello.
Y se quedó ahí.
Quieto.
Aniha sintió cómo el aire abandonaba lentamente los pulmones de él.
Como si llevara horas sosteniendolo.
Le pasó una mano por la espalda.
Despacio.
Esperó.
Un minuto.
Quizá dos.
Jake no se movió.
No habló.
Ni siquiera la soltó.
—Cariño...
Nada.
Aniha apoyó la mejilla sobre su cabello.
—Jake, ¿qué pasó?
Él cerró los ojos.
La abrazó un poco más fuerte.
Y durante un instante ella tuvo la sensación absurda de que estaba intentando sujetarse para no caerse.
—Valeria —dijo al fin.
Solo eso.
Valeria.
Y Aniha supo que el mundo acababa de cambiar un poco.
Aniha tardó un instante en ubicar el nombre.
La chica de diecinueve años.
La cirugía medular.
—¿Hubo una complicación?
—No.
—¿Entonces?
Jake apoyó los antebrazos sobre la barra.
—La cirugía fue perfecta.
La palabra sonó amarga.
—No hubo sangrado. No hubo fallas técnicas. Hice exactamente lo que tenía que hacer.
Aniha esperó.
—Hoy le retiramos la sedación.
El silencio se instaló entre ellos.
—No mueve la pierna izquierda.
El zumbido del refrigerador llenó la cocina.
—Puede ser inflamación.
Jake negó con la cabeza.
—No lo creo.
—Todavía es pronto.
—Pedí una resonancia de control.
Por fin la miró.
Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio.
—Las imágenes están limpias. No hay compresión. No hay sangrado. No hay nada.
Aniha frunció el ceño.
—¿Y qué dicen los demás?
Jake soltó una risa sin humor.
—Mala suerte biológica.
La frase quedó suspendida entre los dos.
—Jake...
—A veces pasa. Eso dicen.
Aniha dio un paso al frente y le tomó las manos.
Estaban heladas.
—Lo siento mucho.
Jake retiró las manos con suavidad.
—No quiero que lo sientas.
—¿Entonces qué querés?
—Una explicación.
La respuesta salió inmediata.
Como si llevara horas esperándola.
—Tiene que haber algo que no vi.
—Hiciste todo bien.
—Entonces ¿por qué ella no puede caminar?
Aniha no respondió.
Porque no tenía una respuesta.
Y porque él tampoco la quería.
Jake se levantó.
Fue hasta el salón.
Encendió el portátil.
La luz azul iluminó su rostro.
En la pantalla aparecieron las imágenes de la columna de Valeria.
Aniha se quedó detrás del sofá.
—Jake, llevás doce horas en el hospital.
Él no apartó la vista de la pantalla.
—Tengo que encontrar el error.
—¿Y si no lo hay?
El cursor siguió moviéndose.
—Siempre hay un error.
—No.
Jake no respondió.
—A veces hacés todo bien y aun así perdés.
El cursor se detuvo.
—No me pidas que acepte eso.
—No te pido que lo aceptes.
Aniha respiró hondo.
—Te pido que dejes de castigarte.
Jake cerró el portátil.
El golpe resonó en la sala.
—No estoy intentando resolver todo.
—Sí, Jake.
Ella sostuvo su mirada.
—Y no podés resolver todo trabajando más.
Por un segundo creyó que iba a discutir.
Que iba a levantar la voz.
Que iba a romper algo.
Pero no.
Jake simplemente bajó la mirada.
El cansancio le atravesó el rostro como una grieta.
—Voy a ducharme.
Aniha lo vio alejarse por el pasillo.
Escuchó la puerta cerrarse.
Después el sonido del agua.
Se quedó sola en la oscuridad del salón.
Mirando el portátil cerrado.
Recordó algo que Jake le había dicho semanas atrás, sentado en ese mismo sofá.
"Personas que hicieron todo bien y aun así perdieron."
Entonces había estado hablando de tener hijos.
Ahora comprendía que también estaba hablando de sí mismo.
Aniha apoyó una mano sobre la tapa del ordenador.
Todavía estaba tibia.
El miedo había llegado.
Y Jake estaba cerrando todas las puertas por dentro.