La joven italiana se ríe al ver lo que la pequeña hace.
—¿Me puedes decir qué es eso? —le pregunta la chica a Melissa con una sonrisa.
—Es ropa de mis tíos: este pantalón es de tío Viktor, esa camisa de tío Román, los calcetines son de tío Dmytro y esos otros dos calzones son de tío Oleksander y el abuelito Maksim.
—¿Crees que les guste la sorpresa? —indaga la joven, aguantando la risa.
—Sí les va a gustar, a papá le decoré un saco y una corbata negra y aburrida —sonríe feliz con el calzoncillo en la mano.
—Y cuéntame un poco de tus padres —la joven le hablaba con cautela a la niña de lo que estaba sucediendo. Era experta en tratar con niños.
La pequeña Melissa hablaba tan tranquila; parecía una pequeña parlanchina.
Le contaba a ella de lo mucho que extrañaba a sus padres, pero también estaba feliz de haber conocido a su papá Mikhailo.
—Bien, creo que ahora que terminaste con tus diseños te voy a peinar —comentó la joven para luego levantarse e ir por un cepillo de la niña.
A ella le sorprendió el contraste del lugar: una mitad oscura y sin vida y la otra parecía un pedacito de Disney.
—Ya encontré el cepillo, ven —atrajo a la niña y la comenzó a peinar; sonreía en el proceso porque la pequeña era luz y risas y a ella hacía mucho le faltaba eso.
—Sabes que puedes tener una habitación aparte —comenzó a hablar con la pequeña; quería saber todo de ella y, si la veía en peligro, la sacaría de allí.
—Papá dijo lo mismo, pero le expliqué que no duermo sola... Dijo que papá era... no me acuerdo; dijo que lo quería golpear por bañarme.
La joven entrecerraba un poco los ojos para no perderse cuando mencionaba a su padre biológico y no al hombre de mechas largas.
Esa tarde ella ayudó a bañarse y la cambió con un vestido de color amarillo.
La pequeña Melissa bajó momentos más tarde con las prendas de su familia, lista.
La niñera caminaba detrás, ansiosa por ver la cara de esos monstruos al ver su ropa.
—Papi, papi —gritó Melissa con una corbata en la mano—. Mira, ¿te gusta? Combina con el saco que trae ella.
Los ojos de Mikhailo se querían salir al ver su corbata favorita y uno de sus sacos lleno de piedras, creando flores y corazones.
—Papi, ¿te gusta? —a Mikhailo le tembló el ojo antes de responder.
—Sí, mocosa, me gusta mucho... ¿Quién te ayudó? —preguntó Mikhailo, mirando a la joven que lucía divertida con la escena.
—Yo la ayudé... —levantó una ceja con desafío, y él se acercó a ella mientras la niña toma de las manos de la mujer las prendas de sus tíos.
—¿Te pareció gracioso? —inquirió el pakhan.
—Usted dijo que si la niña quería un elefante se lo diera... —sonrió—. Es lo mismo, solo que solo le decoró un saco al elefante —elevó el mentón y Mikhailo entrecerró los ojos.
Los tíos de la niña morían de risa hasta que vieron sus calcetines y calzones llenos de diamantes.
—¿Te gusta, tío Viktor? —preguntó, y él soltó una risa nerviosa; su ojo le temblaba y solo pudo sonreír.
—Me gustó, linda, pero creo que hoy no saldré a mi cita —bromeó, pero no hubo risas; los demás estaban en el mismo shock que él.
—No juegues con fuego, italiana —se le acercó él al rostro.
—Ya le dije que los hombres con mechitas no me asustan —se atrevió a ser valiente; algo le decía que, mientras le agrade a la pequeña Melissa, nadie la iba a tocar.