El mafioso es mi nuevo papá.

Dormir

Papeles y carpetas se mueven de un lado a otro con brusquedad. Un abogado de traje tiembla delante del pakhan que, a medida que abre la boca, rompe o tira algo; su mano empuñada golpea la madera del escritorio las veces que desea acentuar lo que dice.

—¿Ha quedado claro? —clava su vista en el hombre que tiembla frente a él.

—Señor, ¿está seguro? Esto que va a hacer puede poner en riesgo sus activos si...

—¿Es usted psicólogo, dr. Boran? —ruge, haciendo temblar el escritorio.

—No, señor —el sujeto niega con espasmos en su cuerpo.

—¿Le pago para que me dé consejos, es eso?

—No, señor, así se hará... Solo decía que eso sí era una estafa, una trampa... Algo ilegal —balbucea el sujeto, tartamudeando.

Una risa baja y amenazante sale desde el interior del pakhan.

—Es un chiste, ¿cierto? ¿Eso te parece ilegal...? ¿Y matar, asesinar..., descuartizar sin remordimientos? Dime, Boran, ¿eso no te parece ilegal? Porque es lo que hago y lo sabes muy bien.

—Perdón, señor, fue una estupidez lo que dije, no fue mi intención, perdón.

—Deja tu estupidez, que si me mojas el piso lo limpio con tu cara; ve a hacer lo que te pedí, y rápido.

Sale despavorido el hombre, chocando con Maksim, que viene entrando.

—¿Qué le pasa al doc...? —se burla ante el estado del hombre.

—No tengo idea... Dime, ¿qué más sabes de lo de Melissa? Háblame de su tío y de por qué mataron a sus padres. —Ya no hay más que seriedad en el rostro de Mikhailo... Cuando se trata de su hija es lo que ocurre.

—Dominiko era hermano del padre de Melissa, o bueno, medio hermano... Es el lavador de activos de la mafia rusa y querían que el padre de Melissa se hiciera de la vista gorda.

—Primero, el papá de la mocosa soy yo, puedes decirle difunto... Ahora continúa —Mikhailo hace ademán con su mano.

—Bien, como sea —Maksim rueda los ojos—. En fin, entregó a su hermano en bandeja de plata; solo él sabía adónde iba el juez con su familia... Con el juez muerto, Melissa hereda, a menos, claro, que no respire...

Al terminar esa frase, un vaso de cristal silba al pasar por el oído de Maksim. Se estrella en la pared y muchos entran a ver qué sucede...

—¿Qué ocurre? —Viktor, Dmytro y Román sacan sus armas decoradas y apuntan...

Melissa entra y corre a ponerse en medio de su padre y quienes lo apuntan.

—¡Basta! No le hagan nada a mi papá.

Melissa se aferra a Mikhailo y Angelina la abraza...

—Pequeña, cálmate, solo están jugando, es todo —trata de calmarla Angelina.

—Melissa... Cariño, mira a papá —Mikhailo se baja hasta quedar a su altura y con una mano les señala a los demás hombres que se retiren—. Recuerdas que son juguetes, solo están jugando.

La pequeña sujeta su cuello, aferrándose a él con intensidad, mientras las lágrimas, a causa de su preocupación, escapan.

—No quiero que me dejes como mi mamá y mi papá... Por favor, papá, yo no quiero que te duermas —solloza fuera de sí.

—Meli... Recuerda lo que hablamos... Ellos te están cuidando, pero te pusieron a tu papá Mikhailo para cuidarte... —comienza Angelina, también a la altura del pakhan y Melissa; acaricia el cabello de la menor mientras sus ojos encuentran los ojos de ese jefe forzoso.

—Ya lo sé... Pero... Me dio mucho miedo... —Melissa suelta a Mikhailo y abraza a Angelina, hipando en sus hombros, dejando que su ansiedad salga en forma líquida.

—Vamos, para que duermas, ¿te parece...? Es tarde y viniste a darle un beso a tu padre... —le recuerda a Melissa, y esta asiente, limpiando su pequeño rostro.

—Papá, buenas noches... No quise asustarte —murmura, robándole una sonrisa al enorme hombre.

—No lo hiciste, princesa... Ahora ve a descansar, voy detrás de ustedes.

Angelina sube con la dulce Melissa; la tiene cargada en brazos y la arrulla a la par que camina. Al pasar por el lado de los hombres, estos sienten culpa por haber asustado a ese angelito.

Una vez en la habitación, la italiana toma a la niña y la acuesta en su cama de princesas; está unida a la del pakhan, pero, sin embargo, tiene su propio espacio.

—Soy una cobarde, ¿cierto? —la vocecita de Melissa llena la habitación, pero la joven niega.

—No lo eres... Te contaré una historia...

Se acuesta con ella y comienza a hablar, sin dejar de acariciar la cabellera rubia de la pequeña.

—Hace un tiempo existió una joven italiana...

—¿Como tú? —pregunta Melissa, sorbiendo su nariz.

—Exacto... Ella vivía con su familia, quienes la amaban mucho, pero un lobo feo fijó su atención en la pequeña italiana —mientras narraba esa historia conocida, el pecho se le contraía—. El lobo les dijo a los padres de la chica que se la dieran para que fuese su esposa, pero la joven se negó —prosiguió, escuchando los latidos de la pequeña; ya no estaba tan alterada.

—¿Y qué más pasó, Angelina?

—Pasó que la italiana tuvo que escapar para proteger a su familia... Dejó su reino y a sus seres amados para protegerlos... —acarició la mejilla diminuta—. Sabes, esa italiana lloraba siempre, si veía a alguien extraño, si se sentía sola... Y, a veces, le parecía ver a ese lobo en todos lados...

—Pobre italiana... Pero llorar no la hace cobarde?

—No, la hace valiente; hay personas que no lloran, pero estas cosas dañan su manera de vivir, y esos son más cobardes.

—¿Y qué pasó? Quiero saber...

Angelina sonrió; al menos había calmado a la niña.

—Esa joven se fue a un lugar nuevo... Allí era maestra, tenía amiguitos de tu edad y, al llegar a casa, a pesar de estar sola, sabía que sus padres estaban mejor sin ella —le besa la frente—. No volvió a ver a su familia, pero la vida le regaló a una hermosa amiga tan bella que parecía un hada, y era feliz... A pesar de que no llegó allí porque quiso.

—¿Es todo? ¿No hay príncipe...?

—No, Meli... Hay un enorme gigante gruñón que cuidaba de la pequeña hada que ella conoció...




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