El sastre es un hombre de unos sesenta años, con anteojos de montura gruesa y las manos que tienen ese temblor leve que da la edad, pero que no le impide trabajar con una atención al detalle que Mikhailo reconoce y respeta. La boutique está en una calle tranquila del centro, lejos de las tiendas que frecuentan los turistas, y tiene ese aire de lugar que no necesita anunciarse porque sus clientes lo encuentran solos o no lo encuentran. Dos asistentes esperan de pie cerca de la entrada cuando entran, y uno de ellos reconoce al pakhan de inmediato y hace ese gesto pequeño e involuntario de quien recalibra su postura sin querer.
Angelina entra caminando a su lado y mira todo con esa curiosidad suya que no intenta disimular. Se detiene frente a los rollos de tela apilados en los estantes de madera oscura, pasa los dedos por una chaqueta a medio terminar colgada en un maniquí, estudia las agujas y los alfileres ordenados sobre una mesa de trabajo. Luego continúa caminando con las manos en los bolsillos del abrigo y la cabeza levemente inclinada, la postura de alguien que está pensando en algo que no ha dicho todavía.
—¿Sueles venir aquí? —pregunta.
—Desde hace años —dice Mikhailo.
—¿Y siempre te ponen esa cara?
—¿Qué cara?
—La de que llegó alguien importante y hay que estar bien parado —lo mira con una sonrisa breve.
Mikhailo no responde, pero algo en su expresión cambia, esa línea seria de su mandíbula se suaviza apenas, que en él equivale a reírse a carcajadas.
El sastre lo recibe con un apretón de mano y los lleva al área de pruebas, una sala separada del resto con tres espejos de cuerpo entero formando un ángulo y un pedestal redondo en el centro de madera oscura. Mikhailo se para sobre él sin que nadie se lo indique porque conoce el procedimiento, y uno de los asistentes trae tres trajes en fundas negras que cuelga en un perchero lateral.
Angelina se sienta en uno de los dos sillones que hay contra la pared, cruza las piernas y lo mira con esa atención tranquila que tiene, la de alguien que no necesita llenarlo todo con palabras.
—¿Me vas a dar tu opinión o solo me vas a mirar? —pregunta Mikhailo sin voltearse, pero la ve reflejada en el espejo central.
—Depende del traje.
—¿Qué tan mala va a ser?
—Muy honesta —dice ella, y el sastre suelta un sonido que intenta ser una tos, pero que claramente es una risa controlada.
El primer traje es negro, con un corte clásico que a Mikhailo le ha funcionado durante años para eventos formales. Se lo prueba en silencio mientras el asistente ajusta los hombros y el sastre observa con los brazos cruzados. Angelina lo mira en el espejo y tuerce la boca hacia un lado sin decir nada todavía, lo cual resulta de alguna manera más elocuente que cualquier comentario.
—¿Qué? —dice él.
—Nada.
—Angelina.
—Es que pareces el jefe de la mafia —suelta.
—Soy el jefe de la mafia.
—Ya lo sé, pero el día de la boda no tienes que parecerlo tanto. Que la gente lo sepa y que lo vea son dos cosas distintas —se levanta del sillón y se acerca, lo rodea despacio con las manos todavía metidas en los bolsillos del abrigo, estudiándolo desde distintos ángulos. El sastre y los asistentes se quedan quietos como si de repente fueran parte del mobiliario.
Angelina señala la solapa con un dedo.
—¿Tienen esto en azul medianoche? No azul marino, más oscuro, con un pequeño brillo en la tela —le pregunta al sastre directamente.
El hombre la mira un segundo, asiente con la expresión de quien acaba de recibir una instrucción técnicamente correcta, y va al estante sin decir nada más.
Mikhailo la mira por el espejo.
—¿Sabes de trajes?
—Mi padre se casó tres veces y lo acompañé a todas las citas con el sastre. La segunda vez el hombre lloró cuando le expliqué lo que quería —dice con la misma naturalidad de quien cuenta algo sin mayor importancia.
—¿Lloró?
—De agradecimiento. Era un hombre muy sensible.
Mikhailo se queda mirándola un momento más de lo necesario y ella no se inmuta, sigue estudiando el corte del traje con la cabeza ladeada.
El sastre vuelve con una tela que Angelina toma entre los dedos, la gira hacia la luz, asiente. Habla en voz baja con él explicando algo que Mikhailo no alcanza a escuchar del todo, pero que implica el corte de la solapa, el forro interior y algo relacionado con los botones que al final terminan siendo tres en lugar de dos. El sastre asiente varias veces con una expresión de concentración real, no la deferencia automática que les reserva a los clientes difíciles.
El segundo traje incorpora ya algunas de las indicaciones y, aunque no es el definitivo todavía, cuando Mikhailo se lo pone y lo ve en el espejo entiende lo que Angelina estaba viendo antes. Hay una diferencia entre un hombre que lleva un traje y un hombre que parece haber nacido con él puesto, y el primero era lo que tenía hace veinte minutos.
—Mejor —dice ella desde el sillón al que volvió.
—¿Solo mejor?
—Mucho mejor. Pero falta el forro.
—¿Qué tiene el forro?
—Que no lo hemos visto todavía —dice con una paciencia que no es condescendiente, sino genuina.
El proceso tarda una hora y media. Mikhailo habla poco, el sastre habla lo necesario y Angelina interviene en tres momentos puntuales con observaciones que nadie discute porque son correctas. Cuando terminan, el sastre tiene instrucciones claras para el traje definitivo que estará listo en cuatro días, y uno de los asistentes los acompaña hasta la puerta con una inclinación breve.
En la calle, Mikhailo camina a su lado y no dice nada durante media cuadra. Angelina tampoco. El chofer está estacionado al final de la calle y los ve venir sin moverse del sitio.
—¿Dónde aprendiste eso? —dice él finalmente.
—¿Lo del traje?
—Todo. El vestido esta mañana, el traje ahora, el sastre.
Angelina mete las manos en los bolsillos del abrigo y mira hacia adelante mientras camina.