El mafioso es mi nuevo papá.

Problemas

Melissa se encuentra paseando por un parque de diversiones. Román se sube con ella en unas tazas que giran, suben y bajan.

—Mira, tío, quiero ese oso de allí —sonrió la niña mientras daba vueltas en la atracción.

—Vamos por él entonces —Román baja con ella y camina hacia un juego para dispararle a un blanco. Tres disparos dan en el centro mientras la pequeña sonríe y da saltos en el mismo lugar.

El hombre del puesto no pone buena cara, pero a él solo le interesa darle el peluche a su pequeña sobrina.

—Gracias, tío, se parece a ti, es tan guapo como tú —abraza al oso, al que le pone Romi por su tío, y se alejan del parque de atracciones hasta subir a los autos que esperan.

Uno de sus guardias le informa a Román que lo están esperando en Nueva York y él asiente mientras la pequeña se come una caja de gomitas de colores.

—Vamos directo, preparen el avión privado.

Melissa se duerme hasta que su tío Román la levanta en brazos una vez bajan del avión. Ella se aferra a su cuello y el mafioso con traje gris le acaricia el cabello con dulzura.

Otro auto los lleva directo a un edificio enorme. La pequeña camina a su lado abrazando a su nuevo amigo Romi.

—Buenos días, jefe, los socios lo están esperando —anuncia una pelirroja con una falda más corta de lo que debería—. La señorita Leticia lo espera en su oficina desde temprano, dice que usted no responde sus llamadas.

Román continúa su camino hasta la sala de juntas. Las puertas dobles de cristal se abren. Los ojos de todos van al empresario que lleva un traje gris con diamantes rosados en el bolsillo y un corazón bordado en la esquina de su saco.

Melissa se tensa ante la mirada de todos y esconde el rostro en el oso.
Su tío lo nota y la levanta en brazos, arrastra una silla y la coloca a su lado bajo la atenta mirada de los presentes.

—Juega con Romi, ¿de acuerdo? Tío te llevará a comer después de la reunión.

El rostro del hombre cambia al igual que su actitud cuando fija su atención en la gente trajeada frente a él.

—¿Qué es tan urgente que debo viajar hasta aquí? —a pesar de que no dice groserías, la pequeña a su lado lo mira de reojo.

—Señor Román, varios contratos no coinciden con lo que establecen en papel. Aparte de eso, los tailandeses quieren consolidar un negocio millonario con nosotros —explica un sujeto con apenas algunas canas en sus sienes, con una actitud que hace parecer el problema más grande de lo que es.

—Eso lo pueden hacer perfectamente ustedes, existen las videollamadas para la negociación con extranjeros —aprieta el puño y se detiene a centímetros de golpear la mesa como solía hacerlo.

—Tiene razón, señor, pero ya que está aquí queremos proponerle un nuevo modelo de diseño para las entregas y tratos futuros —una joven toma control de la reunión y comienza a explicar su idea con gráficas. Román presta atención, pero nota que la pequeña Melissa se está quedando dormida en su silla.

El hombre, sin hacer ruido, toma a Melissa y la coloca en su regazo sin dejar de prestarle atención a la joven que habla.

Todos están atónitos y les cuesta mirar a otro lado que no sea el dueño de la empresa y su mano acariciando la oreja de lo que oyeron es su sobrina.

—Me parece genial, pero baje un poco más la voz. No veo fallas en la presentación, así que la apruebo.

La mujer asiente y le cuesta hablar ahora que no sabe qué tan alto puede hacerlo; su jefe no es conocido por ser muy paciente.

—De acuerdo, señor, eso era todo lo que tenía para decir —la joven tartamudea y recoge su material.

Los socios no agregan nada más porque su jefe tiene toda la razón.

—Si no hay nada más que agregar, me retiro —se pone de pie con Melissa en sus brazos y los demás hacen lo mismo y asienten con la cabeza.

Una seña de él basta para que uno de sus hombres agarre el peluche de la nena.

—Vamos a mi apartamento, necesito que Mel descanse —todo el trayecto desde el pasillo, el ascensor y hasta llegar al estacionamiento la niña se remueve y balbucea dormida, cosa que le saca una sonrisa a Román.

Al llegar abajo, un hombre acompañado de una mujer morena y un niño se encuentran con él.

—Román, tiempo sin verte, no sabía que tenías niños —un hombre de piel bronceada le estrecha la mano sonriendo, al igual que la esposa de él.

—Es mi sobrina, otro día podríamos coincidir y hablar. Ahora quiero ir a acostar a la pequeña.

El hombre acepta, pero el niño de al menos ocho años rodea a Román y observa el rostro de Melissa.

—Su sobrina es hermosa, señor —la voz infantil del niño taladra el cerebro de Román, haciendo que su mandíbula se apriete y duela.

—Lo sé, pero tiene un virus mortal que no permite que nadie se le acerque —su mirada gélida asusta al pequeño.

El padre del niño, conociendo a su socio, se ríe con disimulo.

—¿Qué virus es ese, señor? Cuando sea grande seré un excelente doctor y voy a curar a la princesa Meli —insiste.

La madre del niño se coloca roja de tanto aguantar su risa.

El ojo derecho de Román le tiembla y, sin querer, presiona de más a la niña y se da cuenta cuando ella se remueve un poco. —Un virus letal llamado Román y no tiene cura.

Se aleja sin más, dejando al niño confundido. Mientras se aleja logra escuchar lo que el pequeño le dice a su padre:

—Cuando veas a tu amigo, ¿puedo ir contigo, papi, para ver a Meli?

—No, no puedes y se llama Melissa —comenta sin detener su paso y luego se adentra a su auto.

El niño mira mal al auto que se aleja y piensa que ese ángel no debería estar cerca de ese ogro.

En el camino los árboles desaparecen por la velocidad con la que van.
El guardia que va en el asiento del copiloto le tiende un teléfono a su jefe.

—Señor, el señor Mikhailo, Viktor, Maksim y Dmytro han llamado varias veces. El señor Oleksandr solo le ha enviado notas de voz con amenazas de muerte.




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