El mafioso es mi nuevo papá.

La niña del diablo

La tapa del contenedor se abrió de golpe y la luz entró de un solo tirón. Melissa pegó un grito que le salió del estómago, tan agudo que cortó el silencio de la noche. El hombre que había levantado la tapa retrocedió un paso sin querer. Ella estaba cubierta de bolsas negras hasta los hombros, con el teléfono apretado en la mano y los ojos abiertos de par en par.

El hombre que la miraba no era uno de los de Román. Tenía corbata y las manos limpias. Detrás de él había dos más con traje, ninguno de los tres tenía cara de haber estado disparando hacía diez minutos.

—Ahí está —dijo uno de los del fondo y el que había abierto la tapa extendió los brazos hacia la niña.

Melissa silenció a los del otro lado de la llamada y se escondió el teléfono. La ropa que tenía puesta era lo suficientemente gruesa para cubrirla del frío y para ocultar el móvil. Hizo exactamente lo que Angelina le había dicho. Mordió. No un mordisco de advertencia, uno largo, con los dientes del fondo, en la mano del tipo que intentó agarrarla. El hombre soltó un insulto en voz alta y ella aprovechó para gritar y patalear, pero los espacios del contenedor no le daban margen y el segundo hombre la agarró por la cintura sacándola de allí.

Mientras eso ocurría, Mikhailo escuchó todo. Los gritos de su hija, el golpe seco, la voz de un hombre desconocido decir en ruso que la tenían. Después escuchó a Melissa gritar de nuevo.

Maksim vio la cara de Mikhailo y supo antes de que dijera una palabra.

En la mansión todo se detuvo. Dmytro dejó de teclear. Viktor estaba, por primera vez en su vida, asustado. Oleksandr se puso de pie despacio desde el escalón donde estaba sentado y Angelina, que estaba en la cocina con un vaso de agua en la mano, escuchó el silencio y salió al pasillo.

Mikhailo tenía el teléfono apoyado en la rodilla. Se quedó petrificado, el cuerpo le temblaba y los horrores que vivió su hermano le llegaron a la cabeza. Él no quería que su mocosa se apagara como una vez lo hizo Mikhail.

—La tienen —la voz le salió completamente plana, él no le dio la orden a su boca para hablar, le salió sin querer.

Angelina soltó el vaso en la encimera de la cocina y caminó hacia él.

—¿Su acento cuál era? —fue lo único que la angustia le permitió decir.

—Era ruso.

Dmytro ya estaba llamando a los hombres de Román en Nueva York. Viktor marcaba a los propios. Maksim había desplegado de nuevo el mapa en la mesa del comedor, esta vez con muchos puntos marcados con plumón rojo.

Mikhailo se levantó lento, esa tranquilidad gritaba destrucción y ellos lo sabían. Escuchaban bajos murmullos, pero no se atrevían a cortar y quedarse en la oscuridad.

—¿Román? —dijo Oleksandr.

—Está herido. Lo están atendiendo —respondió Viktor desde el teléfono.

—¿Puede hablar?

—Está enloquecido y no quiere que lo atiendan.

Angelina conocía a su pequeña, le había dicho qué hacer. Ella fue una niña criada también en un ambiente peligroso, tenía experiencia, pero eso no dejaba de agobiarla, sus manos temblaban al igual que sus labios.

—Ella no va a estar quieta —dijo en voz alta, sin dirigírselo a nadie en particular—. Van a tener problemas con ella. Hay que actuar rápido.

Maksim giró su atención a ella.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende del tiempo que tardemos.

En Nueva York Melissa no lloró mientras iba en un auto negro, aunque las ganas estaban ahí, apretadas en la garganta. Eran personas malas y no quería que la durmieran, ella vio caer a sus padres biológicos y esperaba eso mismo. La voz de Angelina le llegó como un recuerdo y aunque no sabía qué debía hacer, haría algo.

Se quedó mirando por la ventana tratando de memorizar algo, cualquier cosa, un edificio, un letrero, la forma de una calle. Angelina le había dicho que si alguna vez la llevaban a un lugar extraño intentara recordar por dónde habían ido.

El problema era que Nueva York tenía demasiadas cosas para mirar y todas se veían iguales cuando ibas en un auto que no paraba de moverse.

El hombre al que había mordido tenía la mano vendada con un pañuelo y de vez en cuando la miraba con una expresión que no era exactamente de simpatía.

—¿Te duele la mano? —su vocecita no tembló.

—Cállate, estúpida, o te voy a matar —le mostró su arma y ella se cruzó de brazos con su frente arrugada—. No digas malas palabrotas... Además, ¿qué es matar? —continuó. No sabía qué hacía, pero se sentía segura hablando. Del otro lado su familia la escuchaba.

—¿Ves esto? Si no te calla... —comenzó el sujeto con la mano herida.

—Eso es un juguete feo, si me llevas al auto de regreso le coloco hermosos cristales...

—Que te calles, chiquilla.

—No me callo, mi boca es para hablar y mi mami dice que debo expresarme siempre —le saca la lengua y otro hombre gira hacia otro lado para no reírse—. Señor chofer, ¿a dónde vamos?

No le contestó.

Melissa apoyó la cara contra la ventana.

—Hay muchas luces... parecen televisores gigantes. —Entrecierra los ojos—. Ah, y un señor rojo enorme... ¿ese es un vaquero?

El conductor siguió manejando.

—Ese número lo conozco... cuarenta y dos... no, espera, otra vez cuarenta y dos. Qué aburrido que todos tengan el mismo número.

El hombre de la mano herida resopló.

—Cállate de una vez.

—No estoy hablando contigo. —Hizo un gesto dramático con la mano y le sacó la lengua—. Estoy hablando con la ciudad porque es muy fea y ustedes no quieren hablarme. —Jadeó levantando un dedo, se había ocurrido una gran idea—. Juguemos veo, veo.

Uno de los hombres soltó una risa corta.

Melissa siguió mirando afuera jugando sola.

—Veo, veo con mis hermosos ojos —pestañeó varias veces.

—¿Una niña molesta y malcriada? —preguntó el hombre de la mano herida.

—No, veo muchas banderas... y taxis amarillos... y una tienda gigante de M&M's. Angelina nunca me compraría tantos dulces porque dice que vomito arcoíris.




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