El mafioso es mi nuevo papá.

Zoretti Bonnani

Dmytro no era hombre de rodeos. Cuando tenía algo que decir lo decía, y cuando tenía algo que mostrar lo ponía sobre la mesa sin preámbulo. Por eso, esa mañana entró al despacho de Mikhailo, dejó una carpeta gruesa frente a él y esperó de pie mientras el pakhan terminaba de firmar lo que tenía entre manos.

Mikhailo cerró el bolígrafo y miró la carpeta sin tocarla todavía.

—¿Cuánto tardaste en conseguir esto?

—No te quejes. Conti tiene a mucha gente tapando sus movimientos, pero nadie tapa bien cuando tiene prisa —respondió Dmytro, cruzando los brazos—. Ábrela por la mitad.

El pakhan lo hizo. Había fotografías, coordenadas, registros de pagos hechos a través de empresas fantasma en Suiza, y al final del fajo, dos fotografías de identidad: un hombre de unos cincuenta años con el pelo blanco y los ojos claros, una mujer de expresión serena que llevaba el cabello recogido. Debajo de cada foto había un nombre escrito a mano. Fabián Bonnani. Sofia Bonnani.

Mikhailo los miró un momento.

—Están vivos.

No era una pregunta.

—Están vivos —confirmó Dmytro—. Llevan años escondidos en una casa en las afueras de Lucca. Conti declaró su muerte en un accidente de bote en el Mediterráneo, pagó a suficientes funcionarios para que el papel dijera lo que él quería y asunto cerrado. Nadie los buscó porque nadie tenía razones para dudar.

—Excepto nosotros —murmuró Mikhailo, pasando la página.

—Exacto. El viejo Fabián no murió. Lo que hizo fue desaparecer antes de que Conti pudiera usarlo para presionar a la Angelina. Tenía claro que mientras él respirara, Emiliano iba a tenerle todas las de ganar —murmuró, mostrando en su teléfono la grabación de una cámara vial.

Le hizo creer a su hija que la habían desterrado para que ella no volviera. Si Angelina hubiera sabido que sus padres estaban vivos, tarde o temprano habría intentado verlos y Conti habría seguido ese rastro hasta encontrarla.

Mikhailo soltó la carpeta sobre el escritorio y se recostó en el respaldo de la silla. Miró el techo un momento con esa expresión que sus hombres conocían bien: la de alguien que está ordenando información antes de decidir.

—Conti los cree muertos, pero se apoderó de la empresa de Zoretti Bonnani.

—¿Angelina sabe algo de esto? —preguntó el pakhan.

—No. Nadie le ha dicho nada.

Mikhailo asintió despacio.

—Bien. Y no se le dice nada hasta que yo tenga a sus padres en esta casa.

Dmytro recogió la carpeta y se dirigió a la puerta.

—Todos prepárense, salimos en la madrugada. Mi italiana debe tener a sus padres para su boda.

—Los tendrá —respondió Dmytro sin girarse, y cerró la puerta al salir.

Mikhailo tardó en levantarse de la silla. Se quedó sentado unos minutos con las manos apoyadas en el escritorio, mirando el punto donde había estado la carpeta. Pensó en Angelina. En la forma en que a veces, cuando creía que nadie la miraba, se quedaba con la vista perdida en algún lugar que no existía en esa habitación. En cómo nunca hablaba de su familia sin que alguien le preguntara directamente, aun así lo hacía con pocas palabras, como si el tema fuera un territorio al que prefería no acercarse demasiado.

Había noches en que Melissa se dormía temprano y los dos se quedaban en el salón sin decirse gran cosa. Él la había visto tomar el teléfono, mirar la pantalla y volver a dejarlo sin marcar ningún número.

No era hombre dado a las deducciones sentimentales, pero tampoco era idiota.

Había personas que cargaban ausencias de una manera muy específica, con una especie de costumbre resignada. Angelina era una de ellas.

No lloraba por sus padres ni los mencionaba con dramatismo. Simplemente vivía con ese hueco como algo que había aprendido a rodear en lugar de atravesar.

Mikhailo iba a cambiar eso.

No porque fuera un hombre especialmente dado a los gestos románticos, sino porque le molestaba profundamente que Emiliano Conti hubiera tenido el descaro de entrar a su ciudad, reclamar a una mujer que vivía bajo su techo y encima haberle arrebatado años de su vida a toda una familia. Eso era lo que le molestaba. Al menos eso se dijo mientras bajaba las escaleras hacia la cocina donde Angelina y Melissa discutían acaloradamente sobre si los crepes de fresa eran superiores a los de Nutella.

—Los dos —decretó Melissa cuando lo vio entrar, señalándolo con la espátula de plástico que le había robado a Angelina—. Papi dice que los dos.

—Papi no ha dicho nada todavía —respondió él, tomando el café que alguien había dejado preparado.

—Pero lo ibas a decir —protestó la niña.

—¿Cómo sabes lo que iba a decir?

—Porque siempre me das la razón —la niña elevó ambas cejas con una lógica impecable.

Angelina soltó una risa corta y siguió moviendo la masa en el tazón. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera, un mechón suelto cayéndole sobre la frente, y tenía harina en la manga del suéter. No se había dado cuenta. Mikhailo lo notó y no dijo nada.

—¿A qué hora sale tu vuelo mañana? —preguntó ella sin levantar la vista del tazón.

—¿Quién fue el chismoso? —preguntó él, pero ella solo sonrió.

—Temprano.

—¿Cuántos días?

—Espero que no muchos —respondió él—. Dejé gente cuidándolas.

Angelina asintió. No preguntó adónde iba porque había aprendido que esa pregunta no tenía respuesta, o si la tenía era una que él no daría. Eso formaba parte del trato no escrito entre ellos: ella no preguntaba por los detalles de su trabajo y él no le pedía que fingiera que ese trabajo era otra cosa.

Melissa trepó al taburete alto y apoyó los codos en la barra de la cocina, mirando a su padre con la expresión de quien tiene algo importante que comunicar.

—Papi, cuando vuelvas, ¿me traes algo?

—¿Qué quieres?

—Trae algo con brillos.

—Todo lo que traes tiene brillos —señaló Angelina.

—Por eso —respondió Melissa, como si fuera la explicación más razonable del mundo.




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