El mafioso es mi nuevo papá.

Fin

Melissa llevaba despierta desde las cinco. Estaba sentada en el borde de su cama en forma de castillo, con Romi apretado contra el pecho, mirándo dormir a Angelina con los ojos entrecerrados y la nariz arrugada. Cuando el primer hilo de luz entró por la rendija de las cortinas, le puso un dedo en la mejilla.

—Mami Angelina.

No hubo respuesta. La noche anterior apenas había dormido de tanto pensar.

—Mamita —esta vez sin el susurro. Ahora era un murmullo.

—Hoy te casas.

Angelina abrió un ojo. Luego el otro. Vio a la niña sentada encima de su colcha con el cabello completamente revuelto y Romi aplastado contra su pecho, tardó tres segundos en sonreír.

—Ya lo sé, piccola.

—¿Tienes nervios?

—Un poco.

—Yo también —Melissa frunció el ceño y apretó más a Romi—. Pero mi abuela Sofia dijo que los nervios son felicidad que no sabe cómo salir. ¿Es verdad eso?

Angelina se incorporó y le metió un mechón de cabello suelto detrás de la oreja.

—La abuela Sofia tiene razón en casi todo.

—Sí —asintió la niña—. También dijo que hoy tenemos que estar muy guapas para que papi se quede sin palabras. Aunque papi casi nunca tiene palabras, así que no sé si va a funcionar.

Angelina se rio desde el pasillo, Sofia Zoretti Bonnani, que pasaba con una taza de café en la mano, se detuvo quedándose quieta un momento con los ojos cerrados antes de seguir caminando. Su hija estaba feliz y ella se lo agradecía al cielo.

Hubo un silencio de esos que pesan bien, de los que no molestan.

—Mami —habló Melissa después de un momento.

—¿Qué, piccola?

—¿Papi va a llorar?

Angelina la miró.

—No creo.

—¿Y tú?

—Tampoco creo.

Melissa apretó los labios con expresión de quien sospecha que le están mintiendo pero decide no insistir por ahora.

—Yo sí voy a llorar —anunció con total seriedad—. Pero de alegría. Como dice la abuela.

—¿Y Romi?

La niña bajó la vista hacia el oso de peluche y lo examinó con detenimiento.

—Romi no llora. Romi es valiente.

—Entonces los dos podéis ser valientes juntos.

Melissa consideró esto. Asintió una vez con la barbilla.

—Sí. Pero si tú lloras yo también lloro, ¿eh? Para acompañarte. Que no estés sola.

Angelina no supo qué responder a eso. Le besó la frente en cambio, que es a veces la única respuesta que tiene sentido.

Abajo, en la cocina, Sofia preparaba el desayuno con la radio puesta en voz muy baja, una costumbre italiana que nunca había perdido aunque llevaba años lejos. Fabián entró arrastrando los pies con el cabello sin peinar y la camisa del pijama todavía puesta.

—Buenos días —dijo Sofia sin voltearse.

—Buenos días —respondió él sentándose en un taburete.

Sofia le puso un café delante. Él lo tomó con las dos manos.

Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. La radio murmuraba algo que ninguno escuchaba de verdad.

—Está bien —suspiró Fabián al final. No era una pregunta.

—Está muy bien —confirmó Sofia—. Desde hace tiempo.

—Lo sé. —Hizo una pausa—. Me costó verlo.

Sofia se giró entonces y lo miró con esa clase de paciencia que tienen las madres cuando han visto muchas cosas y ya no les cuesta esperar.

—A los padres siempre les cuesta un poco más —murmuró—. No es un defecto. Es que queremos más tiempo.

Fabián asintió mirando el café. Luego levantó la vista.

—¿Es buena persona? Realmente.

—Es un buen hombre —Sofía no dudó—. No es sencillo. Pero bueno, sí.

Fabián asintió de nuevo. Se quedó callado.

—Ella lo eligió —añadió Sofia en voz baja, dándole la espalda otra vez—. Y Angelina no elige mal. Nunca lo ha hecho.

Él no respondió. Tomó otro sorbo de café y se quedó mirando la ventana hasta que empezó a escucharse el ruido de Melissa bajando las escaleras a toda velocidad con el peluche colgando de una mano.

Maksim había organizado todo la noche anterior y nadie le había discutido nada porque la última vez que alguien intentó contradecirlo en esas cosas terminó colocando flores durante tres horas. El salón tenía ramos blancos en cada esquina, velas por todas partes y un arco de rosas en el centro que Melissa había revisado antes del amanecer, flor por flor.

—Esta es roja —le señaló a Maksim una que era más burdeos que roja.

—Es borgoña, princesa.

—Parece roja.

—Técnicamente...

—Cámbiala, abuelito. ¿Podrías?

La cambiaron.

Maksim no la contradijo, no tenía caso. Román, que había visto la escena desde el pasillo, tampoco. Había cosas que ya no se discutían.

La niña recorrió el arco entero dos veces más después de eso, con las manos cruzadas detrás de la espalda y el ceño levemente fruncido, como hacía cuando tomaba decisiones importantes. Señaló tres cintas que no estaban exactamente a la misma altura. Maksim las ajustó. Señaló una vela que estaba demasiado cerca del borde de la mesa. La vela se movió. Al final se detuvo en el centro del arco y lo miró durante varios segundos.

—Ahora sí —dijo.

—¿Segura?

—Segura.

Maksim soltó el aire que había estado aguantando.

Los hombres llegaron al salón primero. Román con el bordado de Melissa en la solapa, una espiral de piedras plateadas que la niña había trabajado dos tardes seguidas con la lengua asomada. Viktor con una florecita de cristal en el bolsillo porque, según Melissa, Viktor necesitaba algo bonito para compensar su cara seria. Dmytro con un detalle de hilo plateado en la muñeca que Melissa le había anudado ella misma. Oleksandr con un broche discreto. Maksim con su nombre bordado en letras pequeñas en el bolsillo interior porque la niña había decidido que eso lo protegería.

Viktor había intentado negociar lo de la flor esa mañana.

—Es cristal —había dicho, sosteniéndola con dos dedos como si pudiera contagiarle algo.

—Es bonita —había respondido Melissa.

—No soy una persona de flores.




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