El mafioso que aprendió a sonreír

Prologo

Hay hombres que nacen para amar.

Y hay hombres que nacen para ser temidos.

Alessandro De Luca pertenecía al segundo grupo.

A los treinta y cinco años dirigía uno de los imperios empresariales más grandes del mundo y, en las sombras, comandaba la organización mafiosa más poderosa del continente.

Su nombre bastaba para hacer temblar a políticos, empresarios y criminales.

Jamás dudaba.

Jamás perdonaba.

Jamás sonreía.

Decían que no tenía corazón.

Él nunca se preocupó por desmentirlo.

Porque era cierto.

Hasta aquella noche.

...

La lluvia caía con fuerza sobre la carretera vacía.

El motor de un automóvil seguía encendido mientras unas gotas de sangre se mezclaban con el agua del asfalto.

Dentro del vehículo, Alessandro respiraba con dificultad.

Había sobrevivido a una emboscada.

Pero apenas podía mantenerse consciente.

Escuchó unos pasos acercarse.

Pensó que eran sus enemigos.

Intentó alcanzar su arma.

No tuvo fuerzas.

Entonces una voz dulce rompió el silencio.

—¡Ay, Dios mío! ¡Señor, no se me vaya a morir!

Alessandro abrió apenas los ojos.

Frente a él había una joven completamente empapada por la lluvia.

No parecía asustada.

Parecía... preocupada.

—Espere... creo que tengo pañuelos... aunque no sé si sirven para tanta sangre.

La muchacha comenzó a rebuscar desesperadamente en su bolso.

Sacó un peine.

Un labial.

Un paquete de galletas.

Un llavero con forma de osito.

Una libreta.

—¿Dónde están los pañuelos? ¡Siempre desaparecen cuando uno los necesita!

Alessandro, a pesar del dolor, sintió algo extraño.

Ganas de reír.

Ella seguía hablando sin detenerse.

—No cierre los ojos, ¿sí? Mire... yo hablo muchísimo. Así que usted escúcheme. Si se duerme me voy a poner nerviosa.

Él obedeció.

No porque quisiera.

Sino porque aquella desconocida tenía una forma tan natural de hablar que, por un momento, logró hacerle olvidar el dolor.

Cuando por fin encontró los pañuelos, los apoyó con cuidado sobre la herida.

—Listo... No soy doctora, pero tengo mucha fe. Creo que eso ayuda un poquito.

Por primera vez en muchos años...

Alessandro dejó de pensar en la venganza.

Y comenzó a preguntarse quién era aquella chica capaz de hablarle al hombre más peligroso del país como si fuera un vecino al que acababa de conocer.

Sin saberlo, esa noche no solo había salvado una vida.

Había encontrado el único corazón capaz de enseñarle a sonreír.




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