Capítulo 5
El helado misterioso
Al día siguiente, Marla volvió al mismo parque.
No tenía ningún plan especial.
Solo quería caminar un rato y, si el calor seguía igual, comprarse otro helado.
—Espero que hoy ningún futbolista ataque mi postre —murmuró riéndose sola.
Al llegar a la heladería, saludó a la joven que atendía.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días, Marla!
—¿Todavía les queda helado de vainilla o vine demasiado tarde?
La muchacha sonrió de una forma extraña.
—Para ti siempre habrá.
Marla frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Es... una nueva política.
—¿Una política de vainilla?
La empleada soltó una risa.
—Digamos que sí.
Marla no entendió nada, pero tampoco le dio demasiadas vueltas.
Pidió su helado y buscó su cartera.
—Son ciento cincuenta pesos.
Antes de que pudiera sacar el dinero, la joven negó con la cabeza.
—Ya está pagado.
Marla levantó la mirada.
—¿Quién lo pagó?
—No lo sé.
Solo nos dijeron que, si una chica llamada Marla Montero Lorenzo venía por un helado de vainilla, nunca debía pagar.
Marla abrió mucho los ojos.
—¿Estás segura de que no me confundes con otra Marla?
—Completamente segura.
Marla miró a ambos lados del local.
—Esto parece una cámara escondida...
La empleada volvió a reír.
—No lo es.
Marla tomó el helado con cuidado.
—Bueno... gracias.
Pero si aparece la persona que lo pagó, dile que no era necesario.
Yo sí puedo comprar mi helado.
Salió del local todavía confundida.
No muy lejos de allí, un automóvil negro permanecía estacionado.
Desde el asiento trasero, Alessandro observaba la escena.
—Rechazó el regalo —comentó Matteo.
Alessandro no apartó la vista de Marla.
—No.
Solo dijo que no era necesario.
Hay una diferencia.
Matteo sonrió para sí.
Era la primera vez que veía a su jefe analizar una conversación sobre un helado con tanta seriedad.
Mientras tanto, Marla caminó hasta su banco favorito.
Se sentó y dio la primera cucharada.
—Está igual de rico.
Un gorrión aterrizó cerca de sus pies.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Tú también vienes por helado?
El pajarito dio un pequeño salto.
—Lo siento, contigo no puedo compartir. El doctor diría que no es buena idea.
Alessandro la observó hablar con un ave como si fuera la cosa más normal del mundo.
Sin darse cuenta, una leve curva apareció en la comisura de sus labios.
Matteo lo vio por el reflejo del vidrio.
No dijo nada.
Sabía que, si lo mencionaba, ese pequeño momento desaparecería.
Marla terminó su helado y se levantó.
Antes de irse, dejó un pequeño recipiente con agua bajo un árbol.
—Hace mucho calor. Así los perritos y los pajaritos tienen dónde beber.
Luego siguió su camino.
Alessandro permaneció en silencio durante varios segundos.
Finalmente habló.
—¿Quién puso ese recipiente?
—Ella, señor.
—¿Y lo hace siempre?
—Según nuestros hombres... sí.
Alessandro apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.
Nunca había conocido a alguien que hiciera tantas cosas buenas sin esperar que nadie las viera.
Y, por primera vez en muchos años, deseó algo que no podía comprar con todo su dinero.
Quería conocer a Marla Montero Lorenzo.
No como el jefe de la mafia.
No como el empresario más poderoso del país.
Solo como un hombre que aún tenía mucho que aprender sobre la bondad.
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Editado: 01.08.2026