Capítulo 8
Una pequeña mentira
Alessandro permaneció en silencio unos segundos.
No podía decirle que había ordenado investigar toda su vida.
Marla lo miraba con curiosidad, esperando una respuesta.
—¿Cómo sabías mi nombre?
Matteo intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.
—Cuando la ambulancia llegó aquella noche, uno de los paramédicos la llamó por su nombre. El señor Alessandro lo recordó.
Marla parpadeó un par de veces.
—¡Es verdad!
Se dio un golpecito en la frente.
—A veces mi memoria se toma vacaciones.
Matteo respiró aliviado.
Alessandro le lanzó una breve mirada de agradecimiento.
La mesera llegó con las bebidas.
Un chocolate caliente para Marla.
Un café negro para Alessandro.
Marla tomó la taza entre las manos y sonrió.
—¡Huele delicioso!
Le dio un pequeño sorbo y cerró los ojos.
—Mmm... esto sí alegra el día.
Alessandro no pudo evitar observarla.
Parecía disfrutar las cosas más simples con una intensidad que nunca había visto.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al notar que la miraba.
—Nada.
—¿Seguro?
—Sí.
Marla sonrió divertida.
—Es que pensé que tenía chocolate en la nariz.
Matteo soltó una risa que intentó convertir en tos.
Alessandro negó con la cabeza.
—No.
—Menos mal.
Porque sería muy vergonzoso.
Los tres permanecieron en silencio unos instantes.
Marla fue la primera en romperlo.
—¿Y a qué te dedicas?
Alessandro respondió con calma.
—Soy empresario.
—¡Qué interesante!
¿Y qué tipo de empresa?
—Inversiones.
La respuesta era cierta... aunque estaba muy lejos de contar toda la verdad.
—Debe ser mucho trabajo.
Yo me perdería con tantos números.
Una vez intenté hacer un presupuesto y terminé gastando más de lo que tenía.
Todavía no entiendo cómo pasó.
Alessandro dejó escapar una leve risa.
Muy baja.
Pero fue suficiente para que Marla sonriera de oreja a oreja.
—¡Otra vez!
Él levantó una ceja.
—¿Otra vez qué?
—Sonreíste.
Ya van dos.
Creo que estás mejorando.
Alessandro negó con la cabeza mientras tomaba un sorbo de café.
—No sabía que alguien llevara la cuenta.
—Yo sí.
Porque las sonrisas bonitas no se desperdician.
Por un instante, el corazón de Alessandro dio un vuelco.
Nadie le había dicho algo así en toda su vida.
---
Cuando terminaron de tomar las bebidas, salieron de la cafetería.
Marla caminaba a su lado con total naturalidad.
De repente se detuvo frente a una floristería.
En la entrada había una pequeña maceta con una margarita marchita.
La tomó con cuidado entre sus manos.
—Pobrecita...
El dueño del local salió enseguida.
—Ya iba a cambiarla.
Marla sonrió.
—No la bote.
Con un poquito de agua y cariño, a veces las flores sorprenden.
El hombre asintió.
—Lo intentaré.
Mientras seguían caminando, Alessandro preguntó:
—¿Siempre hablas con desconocidos?
Marla lo miró divertida.
—Hace cinco minutos tú también eras un desconocido.
Y míranos...
Ya hasta tomamos chocolate juntos.
Alessandro guardó silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió algo que no podía controlar.
No era obligación.
No era una deuda.
Era el deseo sincero de volver a verla.
Y esa idea comenzó a darle más miedo que cualquiera de sus enemigos.
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Editado: 01.08.2026